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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
De Palenque y otras drogas
El relato de algunas aventuras adolescentes experimentando con drogas y un par de reflexiones, muchos años después.
Por Jorge Hill
8 de diciembre, 2013
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Andábamos alrededor de los 17 años. Tres de mis mejores amigos y yo decidimos ir juntos a Palenque porque las bellezas naturales parecían magníficas, las ruinas nos llamaban desde su misterioso silencio perpetuo, la abuela de uno de mis amigos tenía un hotel muy conocido cerca de las mismas y yo tenía a la tía Gina, que este año se nos adelantó, viviendo en el pueblo. Pero más que nada: íbamos convencidos de fumar mucha mariguana y probar un cocktail de la diversidad de hongos alucinógenos que crecen ahí como si fuera manda.

MEME NOIA

Ojitos pispiretos

Yo no había probado ninguna droga ilegal, pero bien sabía desde entonces que el alcohol hacía pequeñas maravillas en mi mente ¿por qué no probar con algo más?. Ya era incoherente mantener la farsa en la imagen como chico popular de la secundaria y prepa, el niño fresa y bien, clasemediero de flequito (hoy perdido, sin extrañarlo, gracias a la calvicie) que bailaba y cantaba los éxitos comerciales del momento en el antro del momento al que podía entrar gracias a mi ya instalada estatura y los muy laxos controles de mayoría de edad de entonces. Afortunadamente, eso de cumplir con las expectativas ajenas se estaba convirtiendo en un peso que ya no estaba dispuesto a seguir cargando,  ya lo estaba entendiendo: no tenía por qué chingados y no quería, así de fácil -o no-. Así empezó una larga cadena de decepciones ajenas, pero esa, mis queridos congaleros, es otra larga e intrincada historia.

Después de catorce horas infernales de viaje en camión llegamos a la selva de Palenque y desde el primer momento los ojos y oídos se me perdían, encantados, en cada rincón, en sus sonidos extraños y lo diferente de sus colores y movimientos. La sensación de descubrir algo a cada paso estaba ahí y me encantaba.

No pasó mucho tiempo. Ese mismo día fuimos guiados por nuestro amigo conocedor de Palenque y sus primos, residentes del pequeño pueblo. Un riachuelo con caídas de agua, cercano a las ruinas y arrullado al atardecer por los ruidos de la naturaleza, fue el set para mi primera experiencia con la mariguana. La reacción, inesperada para los efectos comunes de la droga, fue hacerme sentir un Indiana Jones que debía explorar el riachuelo hacia arriba, tal vez había alguna cueva, algo que nunca nadie más había encontrado, algún animal extraño y colorido al que pudiera mirar por horas. Lo único que descubrí fue a otro amigo, que siguiéndome, iba quedando rezagado, cada vez más blanco, después verdoso. La pálida lo había atacado y no quedaba más que regresar al grupo, mismo que después de nuestra temeraria y arqueológica “aventura” había quedado sólo unos escasos metros detrás.

yoda drogas

Todo terminó en lo que normalmente queda la primera y posteriores experiencias con la mariguana: sientes chistosito, el cuerpo se vuelve liviano, la atención a ratos se centra en alguna tontería y en otros, no se puede concentrar en absolutamente nada, te ríes como nunca has reído en tu vida. La “bondad” y ligereza de esta droga se hace clara desde el principio, lo peor que te puede pasar es que se te baje la presión, te dé una pálida con malviaje de quince minutos o que se te cruce con algún medicamento y te la pases más mal que la pálida común, como lo aprendí a la mala hace varios años después de no fumarla por más de una década.

toquesote

En los primeros años de mis veintes exploré un poco más, sólo un par de hongos gracias al respeto que siempre sentí por los alucinógenos naturales y sintéticos, el delicioso éxtasis cristal de los noventas ravers que me causó una cruda depresiva terrible. Y la cocaína, la peor droga que se le puede dar a un borracho respetable que invierte su noche y dinero en una pausada y estructurada borrachera, todo para que con un par de líneas se te baje como si no hubieras tomado. Qué mamada, me sentí timado, no lo volví a hacer.

De hecho, no volví a ingerir ninguna droga ilegal después de haber probado algunas por primera vez, fuera de la mariguana, a la que regresé unas pocas veces y siempre llegaba a la misma conclusión: me daba hueva y el ambiente pacheco me daba hueva. Uno prendido con alcohol y los pachecos embarrados en el sillón, clavados en la textura, lejanos, ajenos.

Crecí en una familia que podríamos llamar “tradicional”, que mira las drogas con recelo y prejuicio, aunque el tabaco y el alcohol, mucho más dañinos que la mariguana u otras drogas naturales, son vistas como en gran parte del mundo: medianamente aceptables por ser socialmente y legalmente aceptadas. Se cree, como nos dicen los medios, que el adicto lo es por “haber probado” alguna droga, no porque tenga una personalidad adictiva que bien se puede pegar sin retorno al alcohol, a la heroína, al krokodil, a los juegos en línea, a las compras por televisión o internet, a comer sin descanso, al sexo o al favorito de los “ex”adictos: al fanatismo religioso que los “saca” de vicios, llevándolos a otro vicio tan dañino para la mente, el criterio y el pensamiento crítico como lo puede ser cualquier otra droga, que en exceso, nubla completamente el pensamiento.

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Bajo la influencia de la droga conocida como “Religión”

Hoy sería difícil hablar como se hablaba en los noventas sobre drogas y “adicciones”. Ahora muchos entendemos que tantas drogas ilegales que andan por ahí son menos dañinas que las legales y que sus efectos no tienen nada que ver con las ridiculeces que nos muestran en las telenovelas y en pendejas producciones como la prácticamente paródica, colmo de colmos del prejuicio y la ignorancia moralista: “La Rosa De Guadalupe”. Hoy es raro estar en una fiesta casera grande sin que llegue el olor a que ya le andan quemando las patas al gallo o lo que para tantas personas es tan normal y cotidiano como prender un toque en la tina y relajarse, o darle un jalón al hitter en el baño de la reunión, o ya de plano en público, pos total.

Lo grave viene al etiquetar al que usa drogas de manera recreativa, pero más grave aún, cuando se le criminaliza simplemente por su uso, cuando se supone que el cuerpo es propio y lo que se hace con él es responsabilidad de cada quién. Pero esto es la utopía de un mundo sin las consecuencias permeadas en la cultura que traen los intereses económicos corruptos ante la prohibición de algunas drogas, el narco, la política, la ignorancia ante el funcionamiento de tantas sustancias y una incapacidad para ver, no el uso, sino el abuso, como un problema criminal en vez de uno de salud, dicotomía a la que en algunos países de Europa finalmente se le empieza a poner atención.

Y mientras otros esperan con ansias lo que considero inevitable y correcto, la legalización de las (otras) drogas (satanizadas), yo me abro otra chela, esperando que en un futuro no muy lejano, lo que se etiquete y se trate como enfermedad y vicio, sin criminalizarlos, sean la ignorancia, el prejuicio y el interminable mame moralista al que los grandes medios y “cultura” nos tienen acostumbrados y encajonados.

Salud.

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