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Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
De parálisis creativas y obsesivas
Por Jorge Hill
28 de junio, 2013
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Pensando sobre la parálisis que a veces aparece en las personas creativas, recordé una historia sobre Kant. Entre leyendas, mitos y diferentes versiones, se dice que el filósofo, bien conocido por ser de férreas decisiones y obsesiones perfeccionistas, tuvo durante muchos años un asistente – más bien “sirviente”-, llamado Martin Lampe, que durante los últimos años que estuvo a su servicio, abusaba cada vez más de su confianza. Un día, “con todo el dolor de su corazón”, Kant decidió que estaba hasta la madre de Lampe y lo corrió. La larga relación que tuvieron logró que Kant se sintiera desdichado por su decisión, aunque seguro y firme sobre ella. Dos años más tarde Kant moriría, no de tristeza, como perrito al que se le muere la pareja (asegún dicen que pasa), no, murió de algún mal desconocido para la época que le afectaba el estómago.

La parte que más se acerca a la mitología, pero la que me parece más interesante y llamativa, es la que narra que Kant, a partir de correr a Lampe, para olvidarlo, había escrito una nota que tenía sobre su escritorio que decía “Olvidar a Lampe”.

Con este olvido-recuerdoception partimos hacia la obsesión paralizante del creativo, el autor, el productor, como le quieran llamar. Algunos tenemos esos núcleos de personalidad que hacen que constantemente tengamos bloqueos paralizantes: la necesidad de dejar algo “perfecto”, bajo los estándares personales, puede convertirse en una pesadilla. Así algunos borramos de jalón los diez cuentos que tomaron horas y horas para reescribir, asegurándonos que no queden accesibles ni por un especialista en IT y discos duros. Otros deshacen una canción entera para quedarse otra vez con el tema original, esas tres o cuatro notas con las que habías desarrollado algo que terminó en un “A la chingada, esto es una basura”. En los casos o momentos más extremos la parálisis es total, simplemente no se puede continuar o no se puede empezar.

“Disciplina”, “oficio”, “constancia”, dicen muchos, de los cuales la mayoría piensa que el “bloqueo” es un mito, que no existe y que es sólo un pretexto para no empezar o continuar; “miedo al éxito”, “inseguridad”, otros la llaman. Hoy, en el mundo del guionismo, por ejemplo, y sobre todo en TV, se considera a un “buen guionista” a aquel que saca de un día al otro los cambios que productores, actores o directores caprichosos piden a las 2 a.m. en viernes. El guionista hoy, entonces, es más valorado cuando de la manga se puede sacar cualquier cosa que pueda ser utilizada bajo el furioso ritmo de esa industria. El contenido, su arte, su expresión y sus ideas, la mayoría de las veces son lo de menos; y como en gran parte del “arte” hoy, lo que vale ya no es tanto el resultado y la obra en sí, si no que seas un productor efectivo, que llenes los huecos, que “sirvas”, como Lampe a Kant.

Asunto complicado y que deviene desde otros grandes sistemas que obligan a este subsistema a comportarse así, a mantener la máquina de hacer dinero funcionando, bien engrasada y sin pretexto, millones de pesos y dólares penden de un hilo, segundo a segundo; cada engrane debe de rotar al ritmo necesario, no hay pretextos. Esto, en todo, no sólo en este ámbito, lo preocupante es que haya llegado hace ya muchas décadas al mundo del arte gracias al gran negocio de la vendimia del mismo, borrando las líneas entre arte de apreciación y entretenimiento, expresión y producto, persona y marketing.

Tal vez sea este renacer del DIY, Do it Yourself o “hágalo usted mismo” el que empieza a darle finalmente al traste a estas jodidas estructuras que se van apropiando de lugares donde no deberían estar. Es la apertura a maneras alternativas de hacer las cosas lo que da una luz al final del túnel en esta cerdada abusiva de maquinaria en la que casi siempre queremos pretender que no estamos insertos, sea por voluntad, sea por pasividad. No hacer es una acción, y no como juego lingüístico, la pasividad es un estado, existe, es.

Tal vez sea este mundo cada vez más digitalizado y entramado la solución a nosotros los desidiosos, los obsesivos perfeccionistas que odian de depender de los demás para hacer algo que debería poder lograrse por uno mismo.

Nota sobre mi escritorio: “Olvidar la innecesaria dependencia”.

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