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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Dos horas en Bonobo City
Supuestamente la cooperación desinteresada es algo que nos separa de los grandes simios. Leyes de la evolución que se rompen aquí, en Bonobo City.
Por Jorge Hill
19 de septiembre, 2014
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Bonobo, Lola Ya Bonobo Sanctuary, Kinshasa, DR of Congo

Taxista se lamenta de lo ajeno, la palma levantada frente a la cara, casi un facepalm: No debería haber tirado lo poco que le quedaba al cigarro, de por sí están recaros y en su taxi sí se puede fumar. Por dentro, el taxi está lleno de símbolos con un cigarro humeante aplastado por un círculo rojo cruzado. Triunfal, obligándome a la empatía, le muestro mi cigarro electrónico. Lo mira con decepción, después con un intento poco exitoso de ocultar una sonrisa burlona. Opina que esas cosas ni saben a cigarro, no calan, no pegan, no raspan. Para lapidar, utiliza el mismo tono que todo mexicano suele utilizar cuando alguien no le está poniendo suficiente chile a su comida o cuando se hacen gestos por el raspón de un tequila en la garganta; no se ha sido suficientemente macho, suficientemente hombre, suficientemente mexicano. Hay que aguantar, hay que chingarse, chingarse con gusto, chingarse con orgullo. Chingarse dignifica en este universo paralelo al que se debe entrar más seguido de lo que quisiera.

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Pues ya qué…

Vaya, Taxista casi no ha hablado en el camino lleno de tráfico. Bien, sólo he tenido que utilizar una pequeña porción de los “Pues sí” diarios que todos tenemos en ese inventario de sonrisas y risas falsas, comentarios sobre el clima, jugueteos con el celular y miradas hacia el piso en el elevador.

Los autos no avanzan en una pequeña calle de la Del Valle, ese monstruo irreconocible que tenía otra cara cuando me vio crecer. Avanzamos un poco y se revela el secreto, tremenda camioneta parada en doble fila, eso sí, con las intermitentes puestas, debe uno tener la gentileza de avisar que estás siendo un hijo de la chingada. La señora sube a su fortaleza andante entre rechiflas y claxonazos, Taxista opina que claro, tendría que ser una pinche vieja ricachona pendeja con su camionetota. El tirabuzón macho me pone medianamente incómodo, le quito en la mente el “pinche vieja” y me hace más sentido. Todos nos quejamos de los estereotipos, pero todos sabemos que por algo existen, hay quienes hacen que existan para que otros abusen de ellos y los conviertan en generalización arbitraria, supongo. Unos segundos después el símbolo me hace menos sentido: Señora De La Camioneta hace lo que casi todos hacen.

Con el cigarro electrónico no habría tanta necesidad de comprar cigarros, el de después de la comida, el de la caminadita. Pero seguramente Taxista X o Y no traería cambio, nunca nadie trae cambio aunque traiga. Así que hay que ir por unos cigarros para cambiar el billete, no vaya a ser y qué hueva pasar el teatrito del cambio mientras el caos se nutre alrededor.

Taxista no trae cambio del billete ya cambiado, no trae un centavo. Y es que acaba de empezar y es que ahorita vemos, pero es que ya llegamos, pero es que el taxista de al lado tampoco trae cambio. Una sonrisita que busca la oportunidad de la piedad del cliente se asoma por el retrovisor, la rápida manera en la que es retirada me hace pensar que entendió, que no: está perfectamente imbécil si cree que le voy a dejar los pesos que no le tocan, así porque sí, porque es mucho pedo y oh, cuánto se sufre cuando anda uno esperando milagritos. ¿Cuántos tenderos abrirán la miscelánea sin tener un poco de cambio para las primeras transacciones? No entiendo y mejor me olvido del asunto, me bajo, compraré en la esquina un agua de mandarina que no se me antoja y que no tengo por qué comprar. Un par de mirreyes están ahí, parados, nada, sólo invistiendo la medianamente reciente monstruidad actual de la colonia. No traen cambio, señora tampoco, señor tampoco, Paula tampoco ¿pero ella qué chingada culpa tiene en esto? Nada, relájome, compremos un agua de coco para ella y una de mandarina para mí. Hay cola, somos el número 488 y van en el 484. No es tanto, relájate, no pasa nada, relájome.

Taxista pudo haber dejado el coche bien esquinado, pero ahora está parado al lado del auto, con la puerta abierta, viéndome desde lejos con una mirada medio impaciente pero sonriente, aceptando cierta culpa e incomodidad sobre el asunto del cambio. ¿Culpa al estar en doble fila y generando tráfico mientras la esquina vacía lo espera? nah, sobre eso parece no existir ni siquiera consciencia. Es la señora de la camioneta y no lo sabe. Casi nadie lo sabe, la señora de la camioneta sólo es la señora de la camioneta cuando está allá afuera, adentro sólo hay chingones, chingones y chingados, orgullosos y dignos.

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Un intercambio torpe de dinero por parte de los dos hace que regrese y me toque la espalda, faltan diez pesos. Toma los diez pesos que faltaron, Señora De La Camioneta II.

Demasiadas carnitas en el menú típico, hay que ir por barbacoa. Ya llueve y el mercado de Tlaco está a reventar, pero el segundo puesto de barbacoa tiene un par de lugares. Han formado un rectángulo juntando mesas para que la gente se siente en la periferia y también en la parte interior, buen uso del espacio y tienen a José José en la grabadora. ¿No se había suicidado ayer? Pues no, que era un típico rumor de internet. Parecía muy coherente: “José Jose se suicidó”. Te lo esperarías tanto como un “Emile Cioran se suicidó”, cosa que no pasó pero a algunos les sirve como detalle melomadramático cuando hablan de la voz filosófica del absurdo, la desesperanza y el exilio voluntario como consecuencia de una sensación incontrolable de asco ante la humanidad. En fin, que todos tenemos nuestros detallitos y nuestras incoherencias.

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I know that feel bro

La mesera grita a un lado de nosotros, se hace bromas con otra en voz alta, busca materializar un pequeño escenario barbacóico en el que algunos sonríen, mi tímpano no vibra con gusto ante la puesta en escena. “Linda” le dice a la chica que está frente a mí, después le dice “linda” a todas las demás clientas. La verdad es que ninguna está “linda”, sólo Paula, que ya se está zampando uno de panza y otro de espaldilla mientras me mira mirando a “Linda I”, que habla por celular, exprime limones y así los deja de vuelta en el recipiente. Linda I se da cuenta que la miro y baja la mirada, me incomoda y yo bajo la mirada también, no sé qué expresión habré tenido para intimidarla. Me molesta intimidarla. Linda I acerca a mí el recipiente de limones con un gesto casi primitivo y me doy cuenta que lo mantenía demasiado cerca, pensó que mi gesto era molestia porque se estaba apropiando de ellos. Ahora tengo muy cerca de mí el tributo, un recipiente con limones exprimidos. Gracias Linda I a.k.a. Señora de la camioneta III.

Nos enchilamos, pagamos, llueve, graniza, señores taxistas no se paran, no quieren mi dinero o sólo tienen hueva, tal vez Taxista I Señora De La Camioneta II ya pasó la voz entre los de gremio de que el pelón alto no trae el cambio justo y que aparte casi ni platica.

Taxista II finalmente se detiene y me lleva, tiene un bigotillo extraño con una cana por aquí, otra por allá y nada más. Se burla de un tal estúpido chofer de un camión que se fue por otro camino que seguramente estará igual de atascado que el nuestro, un imbécil que se quiere pasar de listo. pero jajajaja, no sabe del destino como mi taxista, como Taxista II, como Taxista Bigotillos Bigglesworth, chofer de camión es un idiota que creyendo burlar a la madre fortuna terminará peor que nosotros: no sólo chingado sino chingado de verdad, sin orgullo en su chingación. La vaga palabrería de Bigotillos en tono de sarcasmo ante la supuesta superación intelectual y de capacidad profética del enemigo motorizado se alarga hasta que los autos nos tapan el camino, cruzados ahí como si nada mientras nosotros tenemos el siga. La típica historia de los cruces en la ciudad de México: Que se chinguen ellos, así como yo me chingué en el siga anterior con ellos cruzados en mi calle, todos chingados, como debe ser; Universo Chingación, no hay nada anterior o dimensión paralela al Big Bang Chingatrónico.

Taxista Bigglesworth se avienta al cruce, obviamente se queda a la mitad de la calle. Entre claxonazos y mentadas de madre que se diluyen hacia los demás aventados chinganes que nos acompañan, tiene un curioso insight: “Es que nadie respeta, joven, pero luego ¿cómo respetar si no te respetan, no?”.

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Y así, la sociopatía normal del mexicano logra una vez más su declaración, apología, justificación y manifiesto. Bravo, standing ovation. Puesta en tan pocas palabras podría parecer poesía para los defensores de esta, nuestra realidad chingada, chingativa, de chingación que viene y va, que se da y se toma, monedita de cambio, pesito, el pan de todos los días, la enchilada y el raspón tequilero de garganta que se deben esconder un poco, pero sobre todo, aceptar. Lo Nuestro, la Cosa Nostra.

Hay que llegar, medio empapado y harto de todo a la casa, hay que quitarse la ropa mojada, ponerse la pijama y escribir.

Recuerdo entonces el documental de ayer, “Ape Genius”, explicando cómo una muy pequeña diferencia hace una gran diferencia entre los grandes simios y los humanos. Los bonobos, siendo los más sociales de todos los simios, son incapaces de pensar como comunidad: viven juntos, andan juntos, cogen todo el día, medio cazan y comen juntos, pero cuando existe la oportunidad de que uno de ellos se quede con un poquito más que el otro, la tomarán, incluso sabiendo que eso les traerá menos a futuro. Lo que los humanos llamaríamos “comunidad de bonobos” es sólo una apariencia, una interpretación humana de algo no humano, existe una cierta complejidad social que les trae algunos placeres y ventajas para la sobrevivencia, pero sólo eso: el socialmente complejo pero impulsivo bonobo se va a chingar a su hermano bonobo en cuanto pueda, sabiendo que después puede acabar peor de chingado por consecuencia, para después actuar como si no pasara nada. La “comunidad” sigue, es normal.

Miro el reloj mientras canto para mí mismo “Home Sweet Home” de Mötley Crüe y pienso que los creadores de “Ape Genius” seguramente no se han parado en esta ciudad. Sólo fueron dos horas en Bonobo City. Son más que suficientes.

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