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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El Buen Fin De Los Muertos Vivientes
Por Jorge Hill
18 de noviembre, 2011
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¡A comprar, a comprar, que el mundo se va a acabar!

 

Tenemos una nueva estrella en el horizonte mexicano. Así como los estadounidenses tienen su Black Friday, el consumismo, que ya no perdona ningún rincón del globo terráqueo, bendice al tercer mundo con “El Buen Fin”.

Para “reactivar la economía”, el presi Felipe Calderón y su equipo, han llegado a la in-no-va-do-ra conclusión ( ¬_¬ ) de que hay que adelantar aguinaldos y crear una bacanal de consumo. El que en otros países se haya hecho este tipo de cosas y que sean, entre otros factores, parte de las burbujas económicas que después les estallan en la cara poniendo en riesgo la economía mundial, aquí no nos importa, como en su momento no le importó a mandatarios de Estados Unidos, Grecia, Islandia, España, Japón… o sí les importó, sabiendo lo incómodo que se queda entre líneas: que los únicos que ganan de esto son las grandes corporaciones, los políticos ya millonarios y claro, los banqueros y jugadores de bolsa.

Para nuestros vecinos del norte, los más acostumbrados del mundo al consumo masivo, el día es una orgía de compras que lleva a la gente a dormirse afuera de las tiendas esperando su apertura, y muy seguido, enseñando la grotesca cara que está detrás de todo este asunto que para hoy, ya ni siquiera tiene las intenciones de seguir disfrazándose.

 

 

¿Qué tendría de malo comprar algo útil y/o necesario con un gran descuento? tal vez, nada. Yo pienso encargarle al hada del Black Friday una cámara a la que le tengo puesto el ojo desde hace mucho tiempo.

El detalle, que se dice es donde “el diablo” se esconde, está en una “cultura” (haciendo lamentable uso del término) que está diseñada para comprar, tirar y comprar; que espera un año como los romanos esperaban la saturnal y sus excesos, trémulos en una anticipación en el límite entre la excitación y la angustia, no para comprar lo que hace falta, si no para comprarlo todo, todo lo que se pueda, lo que esté a la mano, no importa lo que sea. Es esa efectiva manera que tiene el capitalismo para llenar nuestros huecos internos y después ofrecernos un mejor y más nuevo relleno cremosito y feliz, un ciclo de nunca acabar, una dimensión en la que nunca hay un “suficiente”.

 

 

A pesar de que se ha visto a la economía mundial caer día a día, arrastrada en buena parte por la mano de la economía estadounidense y que existen fuertes críticas a la gran falacia “salgan y compren para reactivar la economía”, a la gente parece no importarle o tener algún tipo de blindaje que nos enceguece a la realidad, la convierte en un objeto borroso que nos hace percibirla como lejana, algo que no está en contacto con nuestra vida cotidiana, hasta que explota la burbu-bomba en nuestra cara.

 

¡Sí, claro! porq- … ¡Uiiii, burbujitas! *_*

 

Entre las controversias, ayer me llamó la atención un tweet que con un buen tono de sarcasmo preguntaba si mejor no se compraba el tuitero una cerveza en tal lugar, ya que costaba tantos pesos y si era entonces todo parte de una conspiración empresarial destinada a verle la cara. Sin ánimo de desmenuzar con el mismo sarcasmo, habría que tomar en cuenta tres factores que son los que automáticamente vienen a mi cabeza ante este tipo (extremadamente común) de procesos mentales:

– Que aquel que analiza la manera en la que se mueve el poder en un contexto de sistemas y subsistemas, aún con evidencia innegable, es fácilmente malinterpretado como conspiranóico; aún cuando se llama a conocer la manera en la que se mueve el poder, con el consentimiento parcial o total de aquellos en quienes es ejercido, y que quienes lo ejercen no funcionan como un célula maquiavélica de dominio mundial como de villano de caricatura, si no como una estructura más de poder, de tantas.

 

Hasta los relojes funcionan así, no le veo el pedo.

 

– Que tomando una cerveza como ejemplo de todo producto creado por una gran empresa, su costo de producción es mínimo, al que se le gana entre un 100% y 300% al vender al proveedor, mismo que le gana entre 100% y 300% al venderla al consumidor. Gastos de transporte, permisos y licencias terminan siendo, en el gran esquema de las ganancias, cosas de nada. Cosas de nada, también, lo que se le paga a los trabajadores por crear esa cerveza, llevándose así los dueños y los pocos puestos verdaderamente altos, la gran ganancia. Así que más que hablar de una gran conspiración, podríamos llamarle como en mi pueblo le dicen: explotación consentida.

 

“Claro, mi señor, aquí pásele, es su casa, yo me empino”

– El pobre cada día más pobre, el rico cada día más rico y el clasemediero, especie en peligro de extinción, ciego a los dos extremos que tiene a los lados gracias a que sus aspiraciones de estatus o comodidad están siendo medianamente cumplidas, tal y como la tele se lo prometió… o no. La ceguera es tal, tal la seguridad fantástica, tal el compromiso tácito y casi inconsciente a ser un autoproclamado defensor de la explotación, que se tiene el lujo de ser sarcástico al respecto, y esto es cosa de todos los días. Voluntariamente se explota y se es explotado, a cambio de unos momentos efímeros de “felicidad”  y cumplimiento de lo aspiracional.

 

Ser “gente bien” obvio cuesta, we, o sea, es algo que compras…

digo, no es algo interno, no cualquiera… o no sé, ¿sí?

 

Ya había puesto este video en otra entrada anterior, afortunadamente ya lo encontré con subtítulos en español, y como suplicaría Don Fede, suplícoles lo vean:

 

 

“¿Entonces El Buen Fin es el fin de la economía mexicana, Hill? ¿A eso te refieres? ¿nos vamos a morir todos? ¿El apocalípsis llega finalmente?”… la respuesta obvia y clara es que no.

 

Nyanpocalípsis larga es larga

La respuesta con ligera extensión es que, desgraciadamente, vemos los pasos que siguen países, gobiernos e individuos, pasos que los llevan a una precipitada decadencia, y nosotros seguimos exactamente los mismos.

Todavía queremos creer en un mundo estático, en que nuestra estancia en él es como una parálisis del tiempo, de la historia, de los paradigmas y los sistemas; queremos creer todavía que no somos parte de nada más que nuestro cuerpo, sus sentidos y lo que recibimos a través de ellos, que nuestros actos no tienen consecuencia en el gran tejido que forman nuestras decisiones cotidianas y su impacto a gran escala. Parece que hoy, asumirse pequeño es lo que lleva al éxito, individual y colectivo, un conjunto de pequeñeces sin voz e impacto; “así estamos bien” y siempre habrá alguien dispuesto a sacar provecho de ello, a que no estorbes en el camino en el que se hacen las cosas, a premiarte y hacerte creer que efectivamente, eso, es lo único, a repetir y creer como un robot que “no hay de otra”.

 

 

Como escribir al respecto en donde se pueda, para mucha gente es lo mismo que “no hacer nada”, propongo lo que yo considero auténtico activismo, el que se hace diario, en lo cotidiano. ¿Compras en grandes empresas y cadenas o compras en la tienda del compadre de la esquina? ¿Compras la verdura del mercado, fresca desde los campos cercanos o compras el paquete bonito y brillante, con llamativos colores de empaque diseñado para tus ojos, húmedo y oxigenado del City Market? ¿Dónde compras tu ropa, tus objetos de uso diario? ¿Compras lo que necesitas para ser creativo, productivo y entretenido o compras lo que compras por llenar huecos internos y mantener una imagen?

Para mí, esto es, también, parte integral y vital de un activismo, porque por más mentadas de madre que me gane, hoy el paradigma es diferente, y pararse en manifestaciones para gritar el enojo no es suficiente y es sólo un camino más que tendría que ir acompañado de algo que genere. Completamente inútil es estar a sus anchas, comiendo camote, gritoneándole a todo aquel que pase “¡Tú nada más te quejas pero no haces nada!” y su variante en el otro extremo del espectro “Cállate ya, ponte a trabajar, produce, consume y como el mundo es estático, todo va a estar bien”. Tampoco queremos aún darnos cuenta que pequeños compromisos en cambios de nuestros hábitos cotidianos son los que terminan haciendo la diferencia, junto a ese tan molesto para tantos “nunca callarse el hocico”.

 

¿Te vas o te quedas o qué tranza?

 

¿Qué tal que vemos un “Buen Fin” con descuentos “locos de remate” en medicinas, servicios básicos, canasta básica? no señor, de esto no hay, pero tú, como siempre, no te preocupes ¡Vas a tener una tele nueva!

¡”Buen Fin”!

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