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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El Cachorro En Llamas
Un relato corto de ficción sobre contenidos terroríficos de internet y obsesiones patológicas, psicóticas. El Cachorro En Llamas.
Por Jorge Hill
11 de septiembre, 2015
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DISCLAIMER: 1) Esto es un relato de ficción, no te inventes cosas. 2) “Discreción” o evitar si eres especialmente sensible al maltrato animal.

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Photo: Dylan Furst http://www.dylanfurstphoto.com/

EL CACHORRO EN LLAMAS

El link venía disfrazado, tal vez el título nombraba a alguna modelo atractiva o un video difícil de encontrar de una banda en vivo. No lo recuerdo bien, el inicio es nebuloso.

Di click en el enlace del correo desconocido.

El video casero y tembloroso se abrió en pantalla completa, sin interfaz o botones. Di más clicks sobre él, pero no hubo pausa o manera de cerrarlo: Un grupo de cinco o seis preadolescentes caminaba acompañado de un encantador cachorro con pinta callejera, tan pequeño que no les llegaba siquiera a las pantorrillas. Lo llevaban amarrado de una cuerda holgada al cuello, el animal brincoteaba juguetón entre ellos mientras se reían y se decían cosas en portugués. Subían bañados de los últimos rayos rojizos del atardecer por los escalones de lo que parecía una típica favela, aunque desolada, con pequeñas viviendas en ruinas.

Los niños entraban por una ventana rota a una de las casas oscuras y derruidas. Un miembro del grupo cargaba al cachorro y lo pasaba a otro que estaba adentro. Todos entraban seguidos del niño que tomaba el video. Ya en el interior, silencioso, lleno de basura y cascajo, uno de los niños sacaba de la bolsa de sus shorts una botella pequeña con un líquido, rociaba con el contenido al perro, sacaba un encendedor, y sin más, prendía el líquido en el lomo del cachorro. El perro seguía jugando y mirándolos durante unos segundos, el fuego aún sin llegar a su piel. Empezaban los agudos y desesperados aullidos, creciendo de intensidad mientras se confundían con las risas sorprendidas de los niños, esas que uno escucharía en cualquier parque o en el recreo de una primaria. El cachorro intentaba huir, pero no había salida en la minúscula casa formada de una sola pieza.

La pequeña figura incandescente, una bola de fuego furioso, brincaba y se revolvía por piso y paredes, entre basura y risas. Hasta que exhausto y agonizante, el pequeño animal se desplomaba en un rincón, entre resoples, tosidos y gemidos que iban extinguiéndose junto con el fuego.

La pantalla se puso negra durante unos segundos, entonces el video empezaba otra vez. Desesperado intenté detenerlo, clicks aquí y allá, golpeando todos los botones del teclado, pero el video seguía: los niños iban entrando una vez más por la ventana. Al intentar desconectar la computadora vi que mis manos temblaban de manera incontrolable, con el segundo intento toqué el cable, con el tercero pude tomarlo y jalarlo. La computadora se apagó mientras escuchaba una vez más los primeros chillidos del perro con un escalofrío renovado.

Hasta que vi al espejo me di cuenta que hilos húmedos marcaban mis mejillas, me miré a través de pupilas dilatadas y párpados abiertos como nunca antes había visto en un reflejo. La respiración entrecortada con irrupciones de espasmos violentos en músculos al azar.

Unas horas después entró una llamada a mi celular, era Ana, mi prometida. No quise responder, no pude. Aunque sabía que podría reconfortarme su voz y platicarle lo que había pasado, sentía una tipo de responsabilidad, una culpa, ella no merecía saber algo así. De manera más importante, no merecía estar en contacto con eso que estaba creciendo adentro, un tipo de infección invisible que debía estar en cuarentena.

Después de una docena de llamadas decidí contestarle, pero no mencioné nada, notó algo extraño, pero la evité diciendo que estaba cansado, era tarde, debíamos dormir. No pude dormir o ir a trabajar los siguientes tres días. Los que le siguieron al total insomnio fueron acompañados de cortos lapsos de sueño con pesadillas. Las bolas de fuego, las risas, chillidos desesperados y gemidos agonizantes.

El cachorro empezó a pedir mi ayuda, escuchaba sus llantos desde la cocina o el baño. Yo me apresuraba a tomar la toalla que tenía preparada, empapada y siempre al lado de mí en una cubeta. Corría hacia el sonido, pero nunca podía encontrarlo. El olor a humo y carne quemada iba y venía, a veces en la calle, a veces en la casa. Lo escuchaba rascar desesperadamente entre las paredes, entre el librero y la pared, bajo la cama.

Ana pensaba que algo estaba mal, se daba cuenta que cuando yo no podía evitar nuestros encuentros con pretextos, intentaba disimular las miradas hacia atrás y a los lados en la calle, en su casa, en la mía.¿Qué buscas siempre? ¿estás bien? 

Me dio su sentencia, seguramente hay otra mujer o estás en malos pasos, esto no es normal. Si no había confesión y explicación de mi parte, nuestra boda sería cancelada, a sólo un mes de llevarse a cabo.

Fue cuando pude verlo claramente a través de la ventana de mi casa, jugueteando en las jardineras, dando pequeñas mordidas a las ramas y plantas, me miró de vuelta. Era él… ¿idéntico a él?. Saque un poco de jamón del refrigerador y una cuerda. Se acercó a mí sin miedo, lo amarré holgadamente.

Ya en el callejón, rocié sobre su lomo el litro de gasolina que había comprado. Lo encendí, la escena se repitió de la misma manera, ahora sólo mis risas graves cambiaban la composición.

El humo fue quedando atrás en la fresca madrugada, corrí, casi flotando, liberado, hacia los brazos de Ana y a los de la noche, que ahora me recibía de vuelta con una sonrisa, su aprobación.

@JorgeHill

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El Cachorro En Llamas by Jorge Hill Ruy Sánchez is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.
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