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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El hoy con manzanitas: Un cuento de casitas del horror
Por Jorge Hill
27 de abril, 2012
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CAPÍTULO I: UNA VIEJA ESPERANZA

En una galaxia muy, muy lejana, había un mundo en el que la gente vivía en pequeñas casitas rodantes hechas a su medida y la de sus familias, no desperdiciaban espacio o materiales que salían de las entrañas de su planeta que ya estaba en decadencia y se preocupaban por sus ecosistemas destruidos y fuera de balance.

Si querían vivir a la orilla de la playa, simplemente llevaban su casita hasta el punto de la costa que más les gustara  y hacían de ese lugar su hogar por el tiempo que quisieran. Si se hartaban de tanto calor y de comer tanto pescado tomado desde el mar con sus cañas de pescar y redes, cocinado en sus pequeñas estufitas con ingredientes tomados de la naturaleza que los rodeaba o de los mercados locales, simplemente se subían a su casita rodante y se iban hacia las montañas. Ahí, cazaban uno que otro conejo o venado, comían en el restaurante de otros caseritos o compraban todo lo necesario en las tienditas de los mismos.

Estas personas no estaban solas, al contrario, hacían amigos en cada diferente lugar en el que se iban asentando y mantenían el contacto entre ellos, aunque estuvieran muy lejos, gracias a que existían teléfonos celulares e internet móvil y satelital.

Si los más pequeños caseritos necesitaban ir a la escuela, iban a las pequeñas escuelas de las comunidades cambiantes, siempre con ideas y personas nuevas, aprendían a discutir y a intercambiar puntos de vista muy diferentes, no entendían sobre diferencias de colores de piel o sexos, algunos tenían una mamá, un papá, una mamá y un papá, dos mamás o dos papás, otros nunca conocieron a su mamá o a su papá, tenían tantos que eran comunidad ¿a quién le podría importar hacer diferencias en todo eso?

No era necesario gran papeleo entre ellos y las cosas se intercambiaban, unas por otras, a veces un talento por un objeto, a veces una creación por un favor, un conocimiento por muchas cosas, muchos conocimientos por una cosa, cada quién se ponía de acuerdo.

Los caseritos, con todo y los problemas cotidianos normales, los rompimientos, pérdidas y penurias en la naturaleza, se la pasaban bastante bien.

Basado en una historia irreal.

 

CAPÍTULO II: EL IMPERIO RETERRECONTRAATACA

Pero…

La suerte de la gente de las casitas rodantes y no rodantes, ya que algunos decidían asentarse temporal o definitivamente, estaba a punto de cambiar.

Desde torres lejanas, inmensas e inmóviles, se habían aparecido personas que decían ser dueños de todo y no estaban dispuestos a permitir un estilo de vida tan inapropiado. ¡Oh, el escándalo! ¿cómo podría vivir alguien así? ¿qué clase de mediocridad y locura podría llevar a alguien a buscar algo tan descabellado y tan contrario a lo que los señores promovían con sus noticieros, sus bancos, sus enormes tiendas y sus programas de televisión? es más ¡¿Cómo era posible que no hubieran escuchado nunca sobre esas cosas?!¿Qué clase de valores torcidos moverían a una mente tan obstinada a la locura de la no-pertenencia, a evitar la aspiración eterna a la que se le obsequia con una sonrisa falsa cientos de diferentes tarjetas de crédito para llevar a cabo todos sus sueños y tener todos los objetos? Era momento de culturizar a los salvajes, de colonizarlos, enseñarles a un dios amoroso, pero celoso y agresivo; momento de llevar hasta ellos lo que sería obsoleto en unos meses, aunque se tuviera la tecnología para hacerlo duradero, así enseñarles que hay diferencias entre quien tiene lo nuevo, que es mejor, que hay una cosa que se llama “diferencia”, que hay clases y que entre más se tenga, es más fácil y más meritorio el “salir adelante” y “ser exitoso”, así le llamaban ellos, a todo eso junto, le llamaban “libertad, propiedad y democracia”.

 

 

Los salvajes tendrían que entender que para que hubiera un verdadero orden, se debería escoger entre tres o cuatro personas, sí, tan pocos, para decidir por todos los demás, que ya eran incontables dentro de sus territorios. Aparte,  la tierra sobre la que se movían o se asentaban los caseritos, eran “propiedad” de algunos grupos de señores, esos grupos hasta se peleaban entre ellos e intentaban ganarles a los otros quitándoles lo que los primeros le habían quitado a todos los demás, le decían monopolio, y era bueno. Incluso se habían creado fronteras que definían a grupos de señores dueños de otras partes del todo. Ya no había un sólo rincón en el planeta que no fuera, gracias a algún extraño tipo de poder decidido en conjunto por unos pocos, propiedad de los que venían de las torres.

Los huidizos caseritos eran imposibles de fijar en papel, no se les podía enumerar, no se les podía exigir algo a cambio por lo que tomaban de las tierras que supuestamente eran de los señores. Habría que fijarlos, asentarlos, archivarlos, ponerles número y olvidar su identidad o necesidades, sus gustos o maneras de vivir, a esto le llamaban “estandarización” y “normalización”, habría que formarlos a todos para ponerlos bajo una misma norma, así nació en el lenguaje caserito la palabra “normal”, por lo tanto, la palabra “anormal”. De ahí obtuvo derivaciones y los pobres que no podían ajustarse a eso se les llamaba “inadaptados”, a veces, y con el paso del tiempo, “locos”.

La propiedad de los señores no quedaba en la tierra, en los objetos y los lugares, también se extendía a lo virtual. Eran dueños de todo lo que estaba en la red, de bienes inmateriales que volaban por los aires en forma de ondas o por cables en forma de electricidad, convertidos en unos y ceros y reinterpretados en cada extremo como música, juegos o herramientas; las mismas cosas que los caseritos y sus antepasados compartían entre ellos para ayudarse y entretenerse desde que su tradición hablada y escrita les permitía tener un recuento y memoria.

Pero esto ya no iba a ser permitido, de hecho, las personas que hicieran tal falta de respeto a las necesidades e intereses de los señores -a lo que se llamaba “el bien de todos”- serían marcadas y en casos “graves” nombradas criminales y puestas tras las rejas que antes sólo se utilizaban para quien iba contra lo más natural e intersubjetivo entre los caseritos: matar y robar, la segunda a veces hasta se perdonaba con libertad y enseñanza, atención y entendimiento hacia los muchos y complejos factores que la promovían.

Uno de los cambios más fuertes para los caseritos tendría que ser la obligación de tener gigantes casas inmóviles, les llamaban “bienes” y “propiedad privada”. Para poder tener una, que era sinónimo de “vivir”, ya que no se iba a poder existir de otra manera, había que utilizar cosas a las que le llamaban billetes y moneda. Si no se tenía suficiente moneda, y como no quedaba de otra, los señores daban desde instituciones que habían creado para eso unas tarjetitas que mágicamente creaban moneda, pero más tarde se tendría que pagar con más moneda, misma que iba formando montañas en los jardines de las casas más grandes, las de los señores más dueños de lo que otros señores eran más dueños de lo que otros señores eran dueños. Para poder dar lo que las tarjetitas ofrecían, ya que no quedaba de otra, se había creado una opción, y tampoco quedaba de otra más que tomarla, le llamaban “trabajo duro y digno”, y se hacía, como todo lo que hacían los señores, en pirámide, siempre había un pequeñito grupo hasta la punta ¡Tan inteligentes eran los señores que habían logrado que todo funcionara así! y así era bueno, porque era bueno para todos. Unos daban, otros obtenían, los que más duro trabajaban, obtenían la promesa de ser un día tan grandes e inteligentes y exitosos y brillantes, poderosos y llenos de celebridad, como los que estaban en la punta. Sólo había que trabajar duro ¡todos tenían las mismas oportunidades! ¡Libertad, igualdad y democracia!

Pero cuál fue la sorpresa de los caseritos cuando se dieron cuenta que muchas de las cosas de las que se habían apropiado los señores de las torres ¡habían sido creadas por ellos en un principio! y que en algún momento de necesidad se las habían cambiado, junto con el derecho a utilizarlas por siempre como suyas y venderlas a alguien más, con la condición de que no fueran compartidas. Fue así que la palabra “robo” empezó a significar algo que no había significado nunca antes, los señores venían a cambiar hasta la lengua, eso que define y delimita todo lo que está alrededor y que entretejía la realidad que los caseritos llamaban anteriormente “cultura”, y que para entonces, ya era responsabilidad entera de las televisoras, estudios de cine y de música, de los dueños de los dueños de los dueños.

Palabras horribles como “terroristas”, “criminales”, “inadaptados”, “antidemócratas”, “socialistas”, “rojillos”, “comunistas”, “hippies”, “minarquistas”, “anarquistas”, “anarcosindicalistas”, “anarcocapitalistas”, “marxistas” y muchas otrs aparecían a cada vuelta de esquina y se utilizaban para personalidades y situaciones hacia las que nunca antes habían servido como significantes. Parecía haber un consenso en el que entre más confundidas y conglomeradas fueran estas palabras entre sí, mejor funcionaban y más coherencia tenían, fue entonces que incluso la palabra “coherencia” tomo un nuevo significado.

Un día, los señores de las torres se empezaron a pelear entre ellos ¡querían ser dueños de los dueños de los dueños de los dueños! y eso significaba hacerse dueños de otros grupos de dueños de dueños de… bueno ¿verdad que lo entendieron, niños? pero antes de irnos a dormir y rezar al ángel de la guarda, debemos contar que fue lo que pasó con los caseritos mientras los señores se peleaban.

Empezaron a entender, después de un tiempo de extrema confusión y horror, de sentirse débiles e impotentes, que las cosas de los señores de las torres no eran tan complicadas: simplemente estaba todo al revés, la izquierda en la derecha y el abajo en el arriba, y que curiosamente, así no podrían funcionar durante mucho tiempo ¡En algún momento se tendrían que acabar los materiales! ¡En algún momento se tendrían que dar cuenta que el dinero no se podía comer y que tener todo es imposible! ¡Que hay un camino que no lleva a ningún lado porque siempre regresa al mismo lugar!

Fue así que los caseritos encontraron la palabra “ambición” y se empezaron a preguntar “¿Qué vamos a hacer al respecto? porque los señores no van a hacer nada, están preocupados por adueñarse de ellos mismos.”

Basado en otra historia irreal de un 2008 en un universo de ficción escrita desde la galaxia lejana de los caseritos y los señores de las torres.

 

CAPÍTULO III: EL REGRESO DEL CASERITO

Esta historia aún no ha sido escrita.

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Se me informa que en una de las jiribillas Kaufmanianas-Borgesianas más chafas de la historia, son los señores de las torres los que me escriben a mí escribiendo esto, y que los caseritos que he inventado deben estar convenientemente escritos como decepcionados, convencidos de que son pequeños y sin poder, que están separados e inútiles, que funcionan mejor como engranes bien engrasados de la máquina que les provee de “todo”, mientras se esté en el camino de lo esperado y lo correcto; que las cosas así han sido siempre y que siempre serán así, que aquí nos tocó vivir, que así es el mundo y así es la vida, que qué le vamos a hacer. Que me ponga a ver la tele, que deje de escribir escribiéndolos escribiéndome; que ahí se acaba, que ya no hay presupuesto para esas cosas, que luego le llamamos, que ya pa qué, que total, si ni afecta mi vida ni la de nadie y entonces no deberíamos de darle importancia a cosas que ni son ciertas.

Eso me dijeron, les creo, casi todos les dan la razón y ¿quién es uno para andarse saliendo del guacal?

Nadie.

Fue ahí que se inventó la expresión “No soy nada, un grano de arena en el vasto mundo”




¿FIN?

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