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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El laberinto de la dormidera
Las palabras de Octavio Paz como predicción, 65 años después en un México igual de sumiso, callado y callador, perdido en el laberinto de la dormidera.
Por Jorge Hill
15 de noviembre, 2014
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dormidera

Dormidera:

Es una planta venenosa que tiene muchos alcaloides como principio activo, principalmente hiosciamina. A dosis elevadas se convierte en narcótico. Usado en homeopatía como calmante. En pueblos primitivos se utilizaba como afrodisíaco, siendo el principal componente de los “filtros de amor”.

La semana pasada escribí “El poder en tiempos de bonditud y bondidad” como una respuesta más a la ceguera crónica y típica de una mayoritaria facción de la sociedad mexicana a la podredumbre de su sistema de poderes e instituciones (Estado), a su comodidad moral y descrédito repetitivo vacío ante la sintomatología clara de una decadencia sistemática, a su tapadera de nariz ante la peste a podredumbre, al feliz conformismo que deviene de olvidar selectivamente la parte de complicidad en la infección y el propio destierro hacia el reino brillante de la aspiración fantasía-monstruo-de-Frankenstein armada por cada uno con pedazos de comerciales, programas, telenovelas, películas nacionales e internacionales y noticieros “oficiales” que han hecho del sesgo o la omisión su combustible básico.

Para darle una voz fresca al tema -que de fondo se entreteje y confunde con los mismos que se machacan aquí desde siempre-, quiero llenarlo de asociaciones y cruzar con asociaciones propias un texto ajeno. Hagamos gimotear con dulces rabietas a los puristas y “antichairos” llevando la “presunción”, el “resentimiento social” (?) y el goce perverso de la volada interpetación superficial ajena a nuevos niveles. El Congal está lleno de sorpresas y como decía aquel estandarte de la moralita vacía aspiracional boni buenaondita mexicana, Raúl DelAsco, “Aún hay más”:

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Me gusta volver a leer libros, me gusta ver cómo los vuelvo a leer y cómo me leen de vuelta, ver qué encuentro nuevo en ellos, que es encontrar algo nuevo en mí. Leer para leerse, el libro como un espejo que centra sus reflejos en los cambios, las nuevas construcciones y lo que alguna vez parecía ley.

Curiosamente en estos días había decidido volver a leer “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz. El pequeño gran libro está lleno de lo que yo llamo “libélulas”, ya que así las visualizo. Son marcas que cruzan y colorean los textos de muchos de los que considero “grandes”, no sólo escritores, sino pensadores. Son temas, reflexiones, asociaciones y motivos que aparecen aquí y allá, se alejan, se acercan, se posan, se detienen en el aire, aparecen y desaparecen velozmente como rayones de luz, tocan delicadamente la superficie como aquellos insectos hacen con el agua de los estanques, crean pequeñas olas y ondas que se mezclan con otras para formar patrones más complejos. Cuando creemos tener nuestra atención y entendimiento centrados en una libélula, aparece otra, entonces otra, una más ¿será la primera? ¿es la misma que la anterior? Tal vez por eso Borges y Foucault tienen mi amor incondicional, fueron  poseedores de una cultura tan amplia, de una capacidad de análisis, reflexión y expresión tan inusuales que logran hablar de cientos de temas mientras el lector inocente o privado de contexto cree estar leyendo sólo sobre un par. Son, en mi mente, estos escritores-pensadores y otros pocos, un tipo de deidades fantásticas o espíritus elementales de los bosques antiguos que pueden manipular a esos insectos con ligeros movimientos de sus dedos para hacer las figuras más caprichosas, productos de complejas voluntades: guardianes de las libélulas. Octavio Paz brilla en “El laberinto de la soledad” como parte de esa mítica raza de antiguas, sabias y esquivas criaturas.

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Pero, como siempre, me alejo del tema. O no, tal vez sólo me gusta jugar con el par de libélulas que creo poder controlar, las rebeldillas siempre quieren jugar y se me salen de control, las muy cabronas.

Es así que en el ensayo “Los hijos de la malinche”, parte del clásico de Paz, se me reaparecieron algunas de las palabras que ahora nutren más la idea propia de una sociedad que no ha dejado de ser como lo era en los 50s, época en la que surgió la primera impresión de ese libro que trata de hacer una poética y profunda disección del mexicano, mientras en mi mente logra hacerlo a la perfección y en lo real con buena parte de la humanidad.

Dejo aquí una transcripción para todos aquellos bonis, para nuestra gente callada y sumisa, para los que gustan de callar al otro temiendo la “desestabilización” de Su México, que no es otra cosa que el paranoide y delirante horror a la fulminación mágica de sus comodidades y privilegios, que son, justamente, los que siempre van en decadencia para todos gracias a la repetición necia de la misma ceguera. En efecto, “Su México”, esa quimera formada de pura aspiración que sólo unos pocos en las generaciones pasadas creen haber visto pasar a lo lejos, pero que llena las pantallas de televisión en las noches familiares y las bocas repetitivas durante todo el día, todos los días, en los encabezados hilarantes de algunos de los “grandes” diarios, todo el día, todos los días. Transcribo para el gemido supuestamente centrado, estoico y ridículamente victoriano ante el resquebrajamiento de un status quo que se ha mantenido únicamente gracias a la certera y selectiva invisibilización de algunos otros, del que no conviene, el que no cuenta porque se le ha hecho no contar, porque despojarlo de existencia tiene funciones y crea fugaces privilegios, pequeñas fantasías de estatus, pequeñas fantasías de gente pequeña de ser pequeñamente diferente y mejor aunque sea un ratito. Pero decía Freud -me permito el “abuso” metafórico- que lo reprimido siempre vuelve y nunca lo hace de formas placenteras, hoy lo estamos viendo, siempre lo hemos estado viendo, haciendo la mirada para otro lado y olvidándolo. Transcribo para el conforme en la podredumbre, el que se tapa la nariz para seguir siendo productivo según los estándares y expectativas de mamá T.V. y papá Tradición Sin Cuestionamiento, para el que todavía puede leer un poco a pesar de la ceguera voluntaria, para los que claman sangre y ley ante la violencia simbólica contra objetos mientras se regodean en algún tipo de perversa y temerosa justicia torcida ante la violencia real contra seres de carne y hueso. Para los engranes de nuestra aceitada y compleja máquina de silencio y abuso, llena de dulces y coloridos premios para esos que se ajustan gustosos a ella, sacrificando una libertad tras otra, la propia libertad que siempre resulta en la ajena.

Y como no puede haber Congal sin humor hasta en lo más negro de nuestros abismos, en este nuestro laberinto de la dormidera, le recomiendo sustituir en esta literal predicción de Octavio Paz, la palabra “técnico” por “Godinez de los que se quejan de las marchas”, se va a divertir de paso:

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“Los leo con esta cara”

“La complejidad de la sociedad contemporánea y la especialización que requiere el trabajo extienden la condición abstracta del obrero a otros grupos sociales. Vivimos en un mundo de técnicos, se dice. A pesar de las diferencias de salarios y de nivel de vida, la situación de estos técnicos no difiere esencialmente de la de los obreros: también son asalariados y tampoco tienen conciencia de la obra que realizan. El gobierno de los técnicos, ideal de la sociedad contemporánea, sería así el gobierno de los instrumentos. La función sustituiría al fin; el medio, al creador. La sociedad marcharía con eficacia, pero sin rumbo. Y la repetición del mismo gesto, distintiva de la máquina, llevaría a una forma desconocida de la inmovilidad: la del mecanismo que avanza de ninguna parte hacia ningún lado.

Los regímenes totalitarios no han hecho sino extender y generalizar, por medio de la fuerza o de la propaganda, esta condición. Todos los hombres sometidos a su imperio la padecen. En cierto sentido se trata de una transposición a la esfera social y política de los sistemas económicos del capitalismo. La producción en masa se logra a través de la confección de piezas sueltas que luego se unen en talleres especiales. La propaganda y la acción política totalitaria -así como el terror y la represión- obedecen al mismo sistema. La propaganda difunde verdades incompletas, en serie y por piezas sueltas. Más tarde esos fragmentos se organizan y se convierten en teorías políticas, verdades absolutas para las masas. El terror obedece al mismo principio. La persecución comienza contra grupos aislados -razas, clases, disidentes, sospechosos-, hasta que gradualmente alcanza a todos. […]

Todo es cuestión de tiempo, y nada, excepto un cambio histórico cada vez más remoto e impensable, impedirá que el mexicano deje de ser un problema, un ser enigmático, y se convierta en una abstracción más.

Mientras llega ese momento, que resolverá -aniquilándolas- todas nuestras contradicciones, debo señalar que lo extraordinario de nuestra situación reside en que no solamente somos enigmáticos ante los extraños, sino ante  nosotros mismos. Un mexicano es un problema siempre, para otro mexicano y para sí mismo. Ahora bien, nada más simple que reducir todo el complejo grupo de actitudes que nos caracteriza -y en esencial la que consiste en ser un problema para nosotros mismos- a lo que se podría llamar ‘moral de siervo’, por oposición no solamente a la ‘moral del señor’, sino a la moral moderna, proletaria o burguesa.”

* * *

está brutal

Aún así, querido congalero y congalera, con todo y un Paz casi Nostradamus, hay quienes enarbolan tremendo banderón de supuesta superioridad intelectual y moral, cuando como robots, como espantapájaros, como zombies, creen estar siendo sarcásticos mientras se burlan de la palabra que se les ha proferido en gesto de unión, comprensión y empatía (como si todavía fuera fácil): “Despierta”

Yo siempre le añado un “cabrón” o “pendejo”, cosa de estilo y personalidad, no se fije, no es personal. Nomás inténtelo, hace falta.

@JorgeHill

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