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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El mito de la disciplina y el mito de la inspiración
La común pelea entre el artista rígido y el artista espontáneo. La inspiración contra la disciplina como único y "real" empuje del "verdadero" arte ¿mitos?
Por Jorge Hill
17 de enero, 2014
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Existen cientos de mitos alrededor de los métodos creativos de diversos escritores y otros artistas. No se sabe a ciencia cierta cuáles de estos son realidad y cuáles salieron de algún conocido, amigo, expareja o familiar del artista que se quiso hacer el vivillo y llamar a los reflectores o al dinero hacia él o ella, otras veces, es el mismo artista el que crea estos mitos a su alrededor para parecer más interesante o comprometido con su arte.

Se dice que García Márquez necesita una flor amarilla y escribir en su despacho, que Onetti escribía en la cama, fumando y con whiskey siempre en el vaso; que Cheever “el Chekhov suburbano” escribía en calzones, que Vargas Llosa necesita estar rodeado de sus figuritas de hipopótamos, que Horacio Quiroga se encerraba en un cuarto con una tarántula o una serpiente para sentir el horror que quería transmitir en sus cuentos, que el desconocidazo Jorge Hill intenta no empedarse los jueves porque si no, no está de humor para escribir el congalazo de cada viernes -o de humor para nada-.

Si son mitos o realidades, en muchos casos nunca lo sabremos. Pero sí existe una discusión ante algo más cercano a todos los creadores: los mitos sobre la disciplina y los mitos sobre la inspiración, que dan lugar a dos grandes corrientes en la manera de crear.

Están aquellos que crean cuando sienten el llamado de hacerlo, bajo las condiciones que se puedan, sin grandes métodos o fórmulas, con los recursos que se tengan a la mano. Ellos se dejan llevar por el momento, algo se revuelve adentro y debe ser transformado y escupido hacia la realidad tangible en forma de obra. Algunos de ellos están peleados con la academia y las partes más formales de su disciplina artística, sus representantes les parecen intelectuales pomposos y acartonados, su obra les parece llena de fórmulas predecibles y estructuras añejas, snobs, buscadores de status, fama, dinero, o las tres anteriores juntas y otras más para el paquete. Estos creadores normalmente no producen en masa, invierten sentimentalmente tanto en su obra que cada una es un tesoro que a veces es muy difícil parir y dejar ir, terminar y exponer, que es lo que finalmente podría “hacer a un artista”.

El problema del antiacadémico suele venir cuando tiene un principio y un final, pero el temible segundo acto lleno de nudos con la carne dramática central se vuelve un enigma irresoluble, se es incapaz de lograr una coherencia o impacto porque no se pensó desde antes en una estructura ósea que soporte a los órganos y pieles que hacen funcionar el arte. Se tuvo una pegajosa melodía pero no se pudo desarrollar más allá porque se ha pasado demasiado tiempo “pinchando” en las fiestas en vez de dedicar un poco a la teoría armónica, melódica y rítmica que da el sostén a toda composición. Se ha tenido que pegar en la exposición un manifiesto desparpajado escupiendo intenciones de deconstructiva postmodernidad para explicar el porqué del supuesto valor artístico en una “instalación” con monitos de G.I. Joe quemados, donde pudo haber estado una escultura -o una instalación coherente en forma, fondo, tema y estética-; o ahí al lado de unos rayones en la pared, donde pudo haber estado una pintura -o una efímera obra sin encuadrar, coherente en forma, fondo, tema y estética-.

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La contraparte, normalmente los más académicos, piensan que la disciplina es la única salida para la auténtica creatividad. Son aquellos que como Stephen King, Arriaga o Murakami escriben o crean a diario, desde temprano y durante todo el día, como un trabajo de oficina, a veces con horarios mucho más largos. Algunos de estos piensan que la inspiración simplemente no existe, es un mito romántico inocente. Si llega un desfogue de creatividad: “que te agarre mientras estás trabajando”. La clave para ellos es escribir y reescribir, cuotas diarias de palabras, escenas, cuartillas, bosquejos, pasos, notas o tracks. Estas personas suelen producir muchísimo, aunque a veces les sucede lo que a muchos músicos que terminan escogiendo las 8 mejores canciones -según su propia apreciación estética- de las 30 o 40 que crearon, para compilar un disco o momento en su carrera, olvidando lo demás. En los casos más extremos, algunos de ellos piensan que si no sigues estos métodos, simplemente “no eres escritor” o representante digno del arte al que dediques tu creatividad. Es el pensamiento tradicional, que aunque pueda ser productivo, resulta reflejo del sistema típico en el que vivimos, la gran cadena de producción-consumo, engrasada y mantenida gracias a la moralización, aceptación social y de status que trae el creer que el que “se soba el lomo” es el único digno de ser admirado, vendido, publicado, afamado, vigente, firmado, expuesto, trascendente, y claro, bien remunerado económicamente.

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Estos normalmente han encontrado el éxito económico con su obra y pueden dedicarse de tiempo completo a ella, habrá entonces que dividir a discreción propia si llegaron hasta ahí por su esfuerzo, por su talento, por su dedicación, por los amigos correctos, por su carisma o una mezcla de algunas o todas las anteriores; bien nos dice la historia del arte que el éxito económico o la fama no siempre son tan sinónimos de talento o trascendencia, cosa tan difícil de entender, asumir y actuar a través de tal concepto en nuestras épocas actuales. Tal vez puedan existir miles de productivos y trabajadores artistas allá afuera, pero sin talento, como el que ostentan los arriba mencionados y muchos otros que siguen sus métodos, se obtiene nada más “mucha obra” que después puede servir de combustible o para arreglar la pata chueca de la mesa.

Llegamos, entonces, a preguntar si existe una discusión real, argumentativa y útil en esto: los dos “bandos” suelen funcionar montados en falacias que intentan llevar a la esfera de la apreciación estética algo que está en otro lado: el credencialismo, el valor que uno se da a sí mismo, el lugar que se cree que uno merece, los deseos de ser valorado y aceptado por lo que se es y se hace. Así, con el riesgo de psicologizar y llevar una esfera a la otra, parece que un método de creación que depende de la disciplina, el esfuerzo incansable, la academia, el orden, la rigidez y a veces de lo patológicamente obsesivo, puede ser tan valioso y tan productivo como un método creativo pasional, con descansos, momentos relajados, momentos caóticos, desestructuración para encontrar nuevos caminos insospechados, a veces, patológicamente esquizoide.

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A tomar en cuenta que de los dos se puede -y tal vez se debe- aprender, y que un creativo sin talento y sin pasión, con obra que se soporte sobre andamios académicos genéricos, así como un creativo espontáneo y apasionado al que se le cae la obra por no tener la estructura para soportarla, valen lo mismo: no gran cosa.

Porque al final ¿A quién chingados le importa lo que dices, lo que haces, quién eres, cómo haces las cosas e incluso cómo te llamas?

Al final la obra es la que habla por ti, la obra es lo único que importa al final y la obra finalizada es la que encarna su propia trascendecia, calidad, método y estética. Al final tampoco vas a estar tú, sólo tu obra (y un chinguero de fanboys y fangirls intransitables que seguirán haciendo culto a tu personalidad, a tus mitos y a tus créditos sociales, en vez de analizar y regocijarse con tu obra).

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