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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El pasajero indeseable
Ese hartazgo que te llama a largarte, reinventarte y solucionarte. Pero tal vez el pasajero que lo echa todo a perder, seguirá siempre ahí.
Por Jorge Hill
14 de marzo, 2014
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Es aceptado y automáticamente asumido que la “angustia adolescente” (teen angst), a veces llamada “angusta existencial”, se va, como su cargado nombre lo indica, con la adolescencia. Así se asume también que con ella se va la llamada rebeldía y la sensación de ser un outsider, un extraño entre los demás de un grupo cercano, una comunidad, un país. El que no se vayan con la adolescencia hace pensar automáticamente, a través de nuestras redes mentales aceptadas sin chistar y la supuesta objetividad del reduccionismo psicológico, que debe existir una seria inmadurez o una obvia incapacidad.

Mi teen angst, mi rebeldía y la cotidiana sensación de ser un outsider nunca se fueron con la adolescencia, habrá quien piense que es porque la adolescencia misma nunca se fue. Estamos los que pensamos que esas son desesperadas defensas de personas que encontraron un cómodo premio en darse por vencidas, en dejar de usar la mente para preguntarse hechos más grandes que la vida cotidiana y en señalar, en grupo, a aquellos que no lograron adaptarse a una realidad que a veces pareciera una jaula con laberinto y un botón para recibir comida al final del mismo.

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Este tema a veces me hace recordar a un bajista-vocalista que fue un gran amigo hace muchos años y durante muchos años, componíamos y tocábamos juntos en una banda de doom metal, yo las letras y parte de la música, él otra parte de la música, las armonías de voz, edición y masterización. Nos emborrachábamos juntos por lo menos dos veces a la semana y cuando llegábamos a salir juntos, normalmente sólo para tocar en algún lugar y muy rara vez para una fiesta o reunión, su outsider era mucho mayor que el mío. Mi outsider se diluye un poco con alcohol, goza de hacer reír a las personas -normalmente a sus propias costillas- y a veces platicar con ellas si le parecen interesantes, también le gusta jugar a las miradas con las chicas de la fiesta. Su outsider, al contrario, seguía detestando a todo y a todos aún ahí, parecía convertirse en un gigante que lo obligaba a largarse con amenazas de destrucción interna, una muralla de intolerancia se presentaba para hacerlo desaparecer, muchas veces, buscando complicidad con mi outsider o el de otros. La negación a esa complicidad sólo traía más problemas y engrandecía al acompañante interno,  como diciéndole “¿Ves? allá afuera no hay nadie ¿por qué te empeñas en intentarlo?”. Finalmente, la diáfana promesa de una relación amorosa en un país lejano y ciertas facilidades de llegar a él, lograron que su pasajero tomara el volante. Sólo yo y un puñado de otros tenían permitido el contacto, el puñado se fue haciendo menor y mi costilla, quijada y espalda, quedaron moreteadas después de un embate de golpes ebrios ante algún comentario tan insignificante que ni siquiera lo recuerdo. Mi amigo y cómplice de creación, presentaciones en vivo y borracheras, se había ido y no volvería jamás. Él estaba harto de todo, incluyéndome a mí; yo estaba harto de un “todo”, al parecer menor, y de él. Supe que unas semanas después se fue al país lejano, para volver unos meses después, desconozco los detalles y así está bien.

Lo que ha quedado grabado en mi memoria, desde el centro de lo que genera este relato, es la identificación con el outsider ajeno, pero más aún, una situación específica: mi tendencia, después de haber estudiado una carrera de psicología, de psicologizar todo, en especial lo ajeno. Una tendencia que hoy, afortunadamente, está casi desaparecida. No ha sido fácil luchar contra ese pensamiento prácticamente sectario, absolutamente moralista bajo una máscara de objetividad aséptica y aceptado sin chistar por la mayoría de los que en este mundo viven. Mi duda, y pregunta hacia él, mientras se mostraba harto de todo y al mismo tiempo emocionado por irse y encontrar una nueva vida, fue si había pensado en que ese peso que sentía a diario, esa decepción, es lucha interna y la sensación de absurdo y hartazgo absoluto, no lo seguirián hasta aquél país, hasta aquella relación, hasta él, siempre.

Nunca supe la respuesta y hasta hoy tengo la duda, no necesariamente enfocada en él, si no en todos, en mí.

No es la primera vez que me quiero “largar de aquí” porque encuentro el todo insoportable, pero es la primera vez que lo pienso con seriedad y empiezo a buscar opciones. Estoy enamorado de las culturas orientales, en especial la japonesa. Pero el japonés es, de entrada, un outsider en su propio cuerpo, es ridículamente respetuoso, está aterrado de tocar al otro o encontrar intimidad en él, su cuerpo está prácticamente paralizado por la disciplina y es entregado, sin gran lucha, a un poder mayor. ¿Qué coños haría un caótico medio esquizo ahí, aparte de admirar la belleza de todo cuando se acabe la sensación de gozar ese Japón “bizarro” que tengo tan idealizado? probablemente enloquecer más.

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Las flechas apuntan entonces a Corea (del sur, obviamente), que en toda su anterior cerrazón, hoy se encuentra encantada con los extranjeros y abre espacios de todo tipo para ellos. Una cultura que mezcla lo mejor de lo oriental con la apertura hacia lo mejor y a veces también lo que considero peor (la moda, la fama, el consumismo irracional, la imagen sofisticada como credencial de presentación) de la cultura occidental. La comida coreana es deliciosa, muy variada, a veces picante como la mexicana, llena de vegetales y al mismo tiempo con cosas que a muchos mexicanos no nos parecen nada terribles, como vísceras y otras partes del cuerpo que en el “primer mundo” se consideran “sobras” o “comida para animales”. Pendejadas de primer nivel, berrinches de niños-países malcriados gracias a la abundancia, esnobismo mamarracho e ignorante disfrazado de cultura.

Encuentro al mexicano terriblemente sociopático, nuestra sociedad nos lo pide, pasa encima del otro como una parte normal del día a día, es aceptado así y se sabe bien -o más bien, se asume- que aquí “para subir, uno tiene que chingarse al otro”. Otra creencia imbécil de tantas que nos rodean, más engranes que forman esta gran maquinaria que encuentro vieja, añeja, podrida, anquilosada, terriblemente previsible y aburrida, zombiesca, detestable hasta el punto del absurdo. Esto me ha convertido en lo que otros normalmente interpretan como arrogante, lejano, extraño. Por otro lado, sin sufrirlo, me he vuelto más sociable que hace unos años y he hecho muchos nuevos grupos de amigos, que si bien un tanto lejanos, se mantienen, no hacen salir al outsider, a veces incluso parecen aceptarlo, y eso sorprende, en primer lugar, a mí.

“Lárgate, pues”, me han dicho algunos, con ese gesto que entre sonrisas parece decirte que algo dentro ha sido herido, que abandonas. Para los lejanos o desconocidos se permite el previsible cliché de pensar que algo “traicionas”, una cultura, un pedazo de tierra dividido por gente que no conozco y que nunca me ha importado, una “pertenencia”… vaya pendejadas fantásticas que a veces se cree la gente.

Pienso entonces en esos tantos mexicanos que no están en este país y en cómo la mayoría no sólo no se queja, piensa que es la mejor decisión que ha tomado en su vida. Y entonces no sé nada, no entiendo nada, me pregunto si todo es una fantasía idiota y temporal; el pasajero regresa y siento su mirada desde el asiento de atrás, lo miro por el espejo retrovisor y le pregunto, temeroso y al mismo tiempo confrontativo, retador: ¿Si lo hago, piensas seguirme?

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