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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El quesque pecado de criticar
La fantasía de la "crítica legítima" y el disgusto que invalida automáticamente a la "no legítima".
Por Jorge Hill
14 de junio, 2013
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Retrato hablado de “El que manifiesta los contenidos de su pensamiento crítico” 

según la sociedad actual

¡Iä Iä! ¡Shub Niggurath!

Hace unos pocos días me eché en Animal Gourmet este escrito de Nicolás Alvarado sobre la crítica y los críticos. Tanto el escrito, como los comentarios que le escribieron, me dejaron con la inquietud de retomar, sobre otro tema, conceptos que aparecen seguido en este su decadente y caótico congal.

Me encanta comer, me encanta cocinar, le gano a cualquier embarazada con mis antojos y soy tan caprichoso con ellos que no estoy a gusto hasta que me los quito, así sean las 4 de la mañana y mis vecinos me odien por los madrazos metálicos del wok sobre la parrilla al estar salteando chingadera y media; total, sus hijos-bestias hacen más ruido. Poco me interesa si las cosas que cocino están hechas como lo dijo tal chef, u otro, o sus némesis que dicen que se debería hacer de manera contraria; poco me interesa si se ve bonito o parece el vómito reciente de un Bukowski ya anciano. Si está rico, es suficiente para mí. Si le gusta a quien se lo cociné, es suficiente también. La pancita es uno de mis platillos favoritos y es una de las cosas más grotescas de la comida mexicana -y probablemente mundial, incluyendo a China-, definitivamente lo pongo, desde mi muy mío paladar que no es el de nadie más, encima de un creme brulé o cualquier platillo mini y exótico, con muchos colorcitos, hecho con cocina molecular en cualquier shalalá de Polanco o la Condecci, muy aderezado con mucho subtexto y acompañado de una floreada y churrigueresca ración de intelectualización posmoderna que mágicamente hace que todo sepa más bueno y sea caríiiitsimo, mano; “caro como deben ser las cosas buenas”, asegún este sistemita en el que vivimos que hace de la escasez su negocio y premia al que más forma-sin-fondo puede lograr.

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La cosa no es hacer un roast del maestro Alvarado, que si bien en ese escrito saca la garrota conservadora con la que estoy en completo desacuerdo, lo vi y escuché como presentador en la muestra del libro “No te detengas” de Ana Terán basado en la vida de la mismísima Rufiana-top-model-directora-escritora, Martha Cristiana, que también colabora de Animal Político. Él me parece un tipo muy culto e inteligente con gran facilidad de palabra, y para ser crítico profesional, su discurso resulta bastante agradable, la mayoría de los críticos profesionales suelen ser intransitables. Más bien, pongo su texto como punto de partida para varias ideas que se desprendieron de ahí. Que de ahí me quedé pensando cosas y salió esto, pues.

1) La crítica legitimada por los grandes medios

2) Las redes sociales y nuevas estructuras de pensamiento como “decadencia” de lo oficial.

3) Lo valioso en el arte y que el arte esté en todo.

4) ¿En qué se basa o cómo se mide el valor o lo legítimo de nuestras ideas, críticas y opiniones?

5) El credencialismo como quimera de lo automáticamente legítimo.

5) Criticar en nuestra sociedad actual parece ser todo un pecado.

Como irse por numeritos es como de tarea de secundaria o de filósofo obsesivo-compulsivo tipo Kant, y aparte me aburre hasta la madre escribir así, mejor un megamix:

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Desde antes de internet existían los medios para minorías, los fanzines, las revistas de contracultura y los grupos que impulsaban maneras de apreciar las cosas de modos alternativos. Con la llegada de internet y las páginas personales, estos mismos grupos encontraron un medio con mayor alcance. Más tarde vinieron los blogs y las redes sociales para acabar demostrando lo que algunos imaginábamos: sí habíamos un chingo de personas que entendíamos que gran parte de la cultura, que gran parte de la opinión pública, que gran parte de lo que se considera bueno, bonito y valioso, estaba en manos de una élite con acceso a los grandes medios, y que desde los mismos se permeaba hacia abajo todo un contexto de apreciación que delimita y limita, que es a su manera un ejercicio de poder y en los casos más peligrosos puede llegar a estar inyectado de moralina y ser aleccionador.

Internet y las redes sociales vinieron a abrir los ojos a muchas personas sobre cómo está construida nuestra sociedad y sus oscuritos recovecos, sus mañas, sus creencias automáticas y sus muchas preguntas que era necesario hacer de manera masiva. Desde los leaks que materializan como realidad todo lo que ya sospechábamos sobre gobiernos hasta la marrana y abusiva manera en la que sistemas como el copyright funcionan; son ejemplos de una conciencia global que apenas empieza a despertar y a la que tomará su tiempo, sus peleas, sus contradicciones, su propio proceso. Pero, cada vez es más tangible, cada vez parece menos una fantasía y más una realidad a futuro.

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Esto no le gusta nada a aquellos que han gozado de ser legitimados por los grandes medios, no sólo no les gusta nada, muchos aborrecen este nuevo paradigma, mismo que ya empezó y desgraciadamente, para aquellos en el lado del paradigma que se va, sólo da muestras de crecer. El arte ya no está en manos de las élites, está en manos de la gente que quiere hacer arte y la sabe promover, le quede como le quede y se opine lo que se opine sobre ella; la información ya no está en manos de los medios sino de la gente que está ahí, viviéndola, grabándola, siendo protagonistas y no un nombre o un número más en el noticiero del señorcito en turno legitimado por los medios, influencias y amistades, mismos que tienen sus propios intereses, sus propias deudas y claro, sus propios candados.

Hoy poco está importando quién eres, qué estudiaste, si estudiaste, cuántas maestrías y doctorados tienes, quién es tu papi y tu mami, cuántas veces has aparecido en la tele y cuántas veces te han entrevistado para las revistas más vendidas. Hoy, quien empieza a tomar la palabra y la opinión, quienes empiezan a influir, son aquellas personas que simplemente tienen argumentos valiosos o interesantes para exponer sus ideas, quienes entienden que los argumentos son lo más importante en cualquier discurso y que también entienden que todo discurso puede ser vaciado de argumentos para ser llenado con falacias y retórica, mismas que si aparecen en los grandes medios todavía se consideran por algunos “deben ser verdad, deben ser ley, son de experto”.

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Así el credencialismo que legitima automáticamente en la mente de los demás, a eso estamos acostumbrados, a no preguntarnos nada, a que si lo dice tal o cuál, segurito es la neta, Palabra Del Señor. Y así parece que nos movemos, poco a poco, a algo racional y a dejarse de mamaditas, pues: Médicos y científicos son esos pocos que necesitan de credenciales para demostrarnos que no nos van a sacar las tripas con una lata de atún oxidada o que van a volar al mundo en un experimento, todos los demás, todos los intelectuales, todos los poetas, todos los filósofos, todos los opinólogos de internet (como su no servidor) y todas las personas, simplemente damos nuestra opinión sobre todo lo demás. La opinión puede ser increíblemente contextualizada, razonada, educada, culta, llena de fuentes, llena de entramados dentro de sí misma y es lo deseable, es lo que debería ser siempre, pero al final, es una opinión más. Lo que nos lleva al terror de los críticos y los medios: sí, todos podemos opinar sobre lo que sea, donde sea, en las palabras e intenciones que sean, lo único que le puede dar valor a una opinión, o quitárselo, son los argumentos que contiene, no la personalidad que las profiere, no el medio que legitima a esa personalidad, no sus “credenciales” ni sus estudios, no el nombre de las escuelas nacionales o extranjeras en donde estuvo. No, todo se resume a la pesadilla del legitimado: cada vez cuenta más el contenido y el fondo, no la forma.

Aún así, todavía existe esta obtusa y ya más bien perturbadora tendencia a delimitar a través de fantásticas vallas y medir con quiméricas reglas la apreciación misma, cosas como seguir peleándose por “qué es arte y qué no” después de 6 mil años de darle vueltas a la misma idiotez cuando vivimos en un mundo en el que todos los maestros de todas las universidades de todas las carreras le dicen a sus alumnos que lo que estudian “es arte” o tiene “algo de artístico”, un mundo en el que alguien puede tirar un gargajo en la pared, enmarcarlo (o no) y decir que eso es “su arte”… y nos guste o no, lo es. Si te parece bueno, valioso, horrible, grotesco, sin valor alguno, ¡qué bueno! esa es tu opinión sobre su arte. Un mundo en el que el academismo empieza a pasar a segundo plano para dejar su lugar a lo que lo merece: el resultado final.

Bienvenidos al mundo en el que se para de mamar para empezar a apreciar, con argumentos, con conocimientos, sabiendo que al final, es tu opinión, como la de cualquier otro… seh, mal pedo, no es ciencia, y religión mucho menos (Dios nos libre de este otro pensamiento circular).

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Hacia el mero meollo nos vamos acercando y como decía Eleanor Roosevelt:

Las mentes pequeñas hablan sobre personas, las mentes mediocres hablan sobre cosas, las grandes mentes hablan sobre ideas.

Fuera de ensalzarce psicóticamente como una gran mente, este gran dicho sirve como punto de partida para el final de este escrito, que nos lleva a que por otro lado, viene la dificultad de asumir las realidades anteriores y confrontarse con que el paradigma anterior todavía está presente, incluso en muchas personas que buscan salir de él. Así se encuentra  uno con que criticar todavía es pecado. Vivimos todavía en una sociedad en la que se dice que si no tienes algo bueno que decir sobre algo o alguien, no lo hagas, es malo, es inmoral, es feo, es de maleducados, habla mal de ti. Si bien siempre existirán personas llenas de resentimiento contra algo o alguien, que lo que buscan con la crítica es únicamente herir, también existe todo un sistema que se manifiesta con satanizar al que critica, sea hiriente o no, con argumentos. Las armas típicas de este sistema, las generalizadoras espadas de sus vehículos heridos e identificados con la víctima:

1) El que critica lo hace por envidia, por resentido, por enojado, por frustrado.

Esto automáticamente crea la fantasía de tener la razón asumiendo que el otro sólo se expresa por tener cualidades consideradas negativas.

2) La crítica daña, no es constructiva, es de hecho el concepto contrario a construir. 

La verdad es que yo no he visto ningún medio, institución o persona crecer de manera digna o interesante haciéndole caso a los que le dicen que todo está bien pinches perfecto y que nunca cambies, manito, vales mil.

3) El que critica debe tener credenciales para hacerlo, sus argumentos no tienen valor automáticamente si no las tiene.

Si me dieran un peso por cada absurdo que he leído y visto de opinólogos con doctorado ya estaría yo escribiendo esto desde mi chalet en Suiza.

4) El que critica debe estar legitimado por algún medio.

Darle vueltas a la misma tontería, a la imagen y a la apariencia, a lo falaz. Y claro, hay que añadir que el medio tiene que ser del gusto y de suficiente valor para la contraparte del crítico, si no, obviamente “no vale y es pura mamada”. Una vez más, el argumento, la única parte importante, queda fuera de la vista, ni siquiera se simboliza como parte del contexto.

5) Lo dijo tal persona famosa y obviamente tú no le llegas a los talones.

Argumento ad verecundiam o falacia de autoridad. Más fantasías piteras, pues.

6) En las redes sociales, el que critica es automáticamente marcado como “hater” (odiador) por aquellos que normalmente se sienten especialmente apasionados por lo criticado.

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En el contexto de este escrito le recomiendo interpretar el meme

como si las ovejas fueran las que lo están diciendo.

(Aquí, casual, aleccionando sus interpretaciones)

Sí, existen los haters, un tipo de troll de internet que deviene de cierta personalidad. El hater normalmente se dedica a inflamar a los “fans” de algo mediante el bashing constante de un tema, expresado de manera hiriente y fuerte, normalmente sarcástica. El hater no tiene argumentos, sólo busca joder y herir, recibe una gratificación sociopática de eso y normalmente es anónimo. De tal manera, nadie quiere ser llamado “hater” en la intehrwebz, es así como muchos apasionadotes de algo, en el otro extremo, buscan anular un discurso que podría ser legítimo gracias a sus argumentos con un simple switch que se prende al decir “Esdeque es un hater, mano”. Magia, voilá, albricias, rayos y centellas, conejitos saliendo de sombreros de mago: en ese momento ya no vale nada lo que digas o escribas, no sólo eso, también se libera algún tipo de feromonas como en las abejas, que llama a otros heridos identificados con la víctima a salir del panal y darle otro nivel de falacia al asunto: si somos muchos los que decimos lo mismo, seguro tenemos la razón. Otra de las falacias más comunes.

Es así, entonces, que en esta mugrienta zoociedát, -léase en tono súper #dramarama- “todavía pecamos los que criticamos” .

Ojalá Dios nos tenga en su gloria.

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¿Y usté qué? ¿Ya va a entrarle? estudiando el tema en cuestión y argumentando lógicamente o ¿va a seguir dejando que los “expertos” le digan qué, cómo, dónde y cuándo opinar?

 

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