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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El sonido de la aparente desesperanza
Por Jorge Hill
10 de junio, 2011
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Una mujer que ha dedicado su vida a la música, toca percusiones e instrumentos que se encuentran entre lo percusivo y lo armónico, como la marimba; sorda desde el nacimiento.

Un hombre que nunca ha tenido el menor interés en la música y que no conoce nada de su teoría o técnica es alcanzado por un rayo, vive para contarlo y tres semanas después empieza a componer complejas piezas musicales con estructuras neoclásicas y barrocas.

Una mujer sorda que baila magníficamente, lo goza y lo hace toda la noche. Las tres anteriores son historias verídicas, las dos primeras perfectamente documentadas*, la tercera, una mujer que yo mismo conocí.

La música parece estar enraizada en lo más profundo de nuestro cerebro, en las partes más primitivas, se habla incluso ya de un “instinto musical”. Tal y como un lenguaje se forma de palabras (notas), frases (armonías y melodías), un ritmo y los espacios (silencios) que le dan significado a lo anterior y a lo que viene, como la narrativa de un cuento crean expectativa, para después resolverse. Se transporta a través del aire en ondas y llega hasta nosotros, tocándonos, literalmente, desde el oído, pasando por las neuronas, para liberar los químicos que nos hacen sentir, que hacen que la piel se llene de microscópicos montículos, los pelos se pongan de punta y una cascada de electricidad pase por la nuca, zimbrando la espalda y terminando en el coxis; a veces es una ráfaga de estática, viento, remolino que baja como un aro por todo el cuerpo y se divide en dos, uno para cada pierna, termina en las plantas de los pies y queremos más. Entonces volvemos a poner la canción.

Son sonidos y parecen estar en un mundo ajeno, extraño al nuestro, pero están más arraigados a nuestra historia como humanos de lo que imaginamos. Finalmente el sonido es vibración y el cuerpo responde ante ella, no sólo el oído, los órganos internos responden ante ciertas frecuencias, la piel ante otras, igualmente los huesos. Escuchar no es la única manera de “oír”.

Existen muchos experimentos en los que se lleva música “occidental” a aldeas alejadas de todo contacto externo y se les pone a escuchar música diferente que los occidentales automáticamente reconocemos como música que inspira miedo, música alegre (las escalas mayores) y música triste (las escalas menores). La sorpresa viene cuando esas personas lejanas de nuestra cultura reconocen esa música de la misma manera que nosotros, sienten lo mismo que nosotros.

Hay algo en esos arreglos de sonidos y frecuencias más misterioso y más profundo de lo que creemos, y en los últimos 10 años, antropólogos, psicólogos, físicos, expertos de las neurociencias y todo tipo de científicos empiezan a voltear a ver con asombro esa innombrable armonía subyacente en la música, su relación con las matemáticas y con las teorías tanto del orden y el caos, como de las nuevas maneras de entender el universo como un todo, las teorías de la unificación y las teorías que investigan la realidad como un entramado de cuerdas que al vibrar a diferentes frecuencias, crean diferentes tipos de materia (Teoría de las cuerdas, string theory).

Es impresionante ver cómo la ciencia ha llegado a tal grado en el que puede comprender y develar secretos que están en lo más pequeño, lo más escondido, tal vez porque forman parte del todo, son los bloques básicos de formación de todo lo demás (1); que existe una armonía (casi musical) en lo que nos rodea. Con esta armonía no me refiero a mamarrachadas espirituales ni pendejos e idealistas mensajes de hermandad mística, almitas brillantes que vuelan y mucho menos a señores barbones voladores enojones y vengativos que crearon la tierra en 6 días y luego echaron la hueva. No, con ello me refiero a que lo que subyace al todotiene coherencia, una coherencia física, matemática.

“Mala onda, Hill, ya te íbamos a invitar a la comuna,

hasta parecía que finalmente habías cambiado”

Es esta temible coherencia subyacente que hace a la cultura general voltear hacia otro lado, hacia la intelectualización, a crear castillos en el aire donde sólo hay viento, carne, ondas, fuerzas, fuego, explosiones cósmicas que van más allá de lo que puede caber en nuestra cabeza, y más importante, más de lo que quisiéramos tener en la cabeza. Es entonces que le damos más importancia a ese pequeño círculo que está enfrente de nuestras narices, a lo pequeño en vez de lo grande, a creer, a estar tan completamente convencidos de que lo pequeño es lo grande, y lo absurdo lo importante, que lo defenderíamos a capa y espada. Al final uno regresa al polvo de estrellas, y si el polvo hablara, creo que contaría, entre lamentos, millones de historias de arrepentimiento.

Es esa ominosa resonancia-receptáculo, cíclica y vacía, esperando a ser llenada de significado, la que nos tiene bailando a un ritmo incorrecto, con dos pies izquierdos ante la vida, más preocupados por darle significado a lo que en realidad no lo tiene. Así se crea una capa de realidad sobre otra, símbolos e imágenes que nos remiten a un algo que de fondo no se puede agarrar, es inasible, artilugios y artefactos de la imaginación humana, quimeras que se han echado a volar vestidas con el nuevo traje del emperador: las politiquerías, los poderes, los dineros, las famas, las imágenes, las fronteras… hasta las identidades.

Es ahí cuando la música habla por nosotros, como cuando las palabras no alcanzan para expresar la tristeza y se llora, o no alcanzan para expresar la alegría y se ríe. Es ahí ante la frontera casi indestructible de la intelectualización y la cómoda hiperrealidad compartida como sueño, ahí donde a lo que no tiene identidad (como el sonido) y se le etiqueta con lo ajeno, ahí mismo en el absurdo, que me gusta reírme del absurdo mismo:

 

“¡Esos sonidos son demasiado complejos y académicos!”

 

“Esa basura indisciplinada sin complejidad no tiene valor”

“We, o sea… eso ni es música, puro guitarrazo.

Aquí puro Luismi, papaloy, y cuando nos ponemos rudos, Gaga”

 

Blacker 1: Nosotros somos malos y true y y y y… ¡Y todo lo demás es gay!

Blacker 2: Sí, eso… bien dicho, DeathImpaler Shoggoroth

Blacker 3: AAARRRRGGGH!

 

“Ay papi, pero es que lo demás no tiene sabor, ritmo,

cadencia, calor, todo que nos une a los lati-*¡SLAP!*”

“Tómale una foto a ese mainstream fósil, es de la época en

la que toda la música no sonaba así, chida, ya sabes,

como de jueguito de nintendo “

Claro que no pretendo, en lo más mínimo, decir que toda la música debería gustarle a todo mundo (qué terror), al contrario, si te mueve te mueve, si no, no; es así de pinches fácil. Tal vez el problema es que con la música, como con la vida misma, todo se jode cuando se le une a culturas y a maneras de pensar, cuando es apoderada por un grupo o se sobre-especializa de manera regional con recelo, cuando no se puede ver que lo que subyace es más grande y que en sus misma naturaleza hay algo más misterioso, más asombroso y más importante de lo que creemos, que lo que está en nuestras narices y próximo al oído es una ínfima parte de lo demás.

Creo que al final lo que trato de decir es que entender la música y vivir la vida como un remolino que parece caótico, pero que tiene un orden de fondo, mismo que lo lleva de vuelta al caos y reinicia el ciclo, a veces es algo que preferimos evitar porque no es lo más conveniente. Entender que de una muy simple ecuación matemática que se retroalimenta a sí misma pueden surgir, con el tiempo adecuado, todas las cosas posibles (1), incluyendo la vida y la inteligencia, no es para el pusilánime y mucho menos para el religioso y sus supersticiones ridículas. Abrazar la incertidumbre del todo como su naturaleza misma y por lo tanto la nuestra, va en contra de todo lo que nos han enseñado, pero acorde (acordes, armonías) a lo que la naturaleza parece empeñarse en mostrarnos, que hay algo más al fondo que estos incoherentes y disfuncionales nudos de humanos que nos empeñamos en tratar de organizar con la palabra, que entender eso tal vez cambie nuestros valores, deje de darle valor a lo que todos nos dicen que se lo demos para empezar a dar valor a esas otras cosas que se dan por hecho. En mi visión, creo que es lo único que nos puede regresar la coherencia si es que alguna vez estuvo ahí, si no, estrenarla.

Por ahí hay una frase que más o menos dice: No es una gran medida de salud el estar adaptado a una sociedad profundamente enferma.

Será que algo así me alejó de la psicología que estudié y de otros caminos de vida que considero “convencionales”, o que más bien otras personas consideran los míos (y de tantos otros) como “raros”, para buscar poner mis ideas en palabras, en escritos como este, en guiones, en lenguaje cinematográfico, en historias simbólicas y oscuras, en las letras de una canción y en los acordes y la armonía de la música. Son esas las ideas que a veces me atormentan de noche, como si fuera un camino que aunque hacia adelante se ve brillante, sé que no se puede dar marcha atrás y que no se debe voltear, porque a cada paso se cae el pedazo anterior que te soportaba y sólo queda detrás un abismo. Y te quedas entre el cercano hoyo negro que ya te toca los talones con su horizonte de eventos y esa luz adelante, brillante, pero lejana. Esas son las cosas que al mismo tiempo, a mí, me hacen vivir, y escribir y componer canciones de aparente desesperanza, como la siguiente, para mi banda, Anhedonia:

Something missing

Waking up another day

There´s still something missing

It takes a while to reconnect

To recognize what surrounds you

Something you just cant figure out

Something pulling down to drown you

Night flies by

As you try to sleep

Knowing there is no sense

In all of it

 

*Si te interesa el tema ciencia-música, el documental imperdible “Musical Instinct: Science and song

Y para quien quiera rascarle más, al fondo:

(1) Las últimas teorías y descubrimientos sobre la realidad en sí, ¿qué es la realidad, qué la forma? física, astrofísica y matemática “What is reality?

(2) Y ciencia, orden y caos, las matemáticas que soportan a la naturaleza y el cosmos, uno de los mejores y más inspiradores documentales que he visto:  The secret life of chaos

Enjoy.

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