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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Enojados y armados
¿Estamos seguros de que queremos armar -más- a ciudadanos enojados ante un estado ausente? Bueno...
Por Jorge Hill
22 de octubre, 2016
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Cercanas, me han tocado presenciar cuatro balaceras en mi vida. Tres dejando la adolescencia, afuera de diferentes bares y antros de la ciudad, otra en pleno periférico. Hoy, el gentrificado eje Roma-Condesa al que se le cantan odas cool y se alaba en revistas para extranjeros que visitan la ciudad, tiene hoyos de balas en varias casas y negocios, adentro y afuera.

Es nada, comparado con otros lugares lejanos y cercanos del país donde los niños se empiezan a acostumbrar al sonido de las ráfagas en la primaria, donde tomar un arma y trabajar para el narco es una de las pocas opciones, si no es que la única. Aún así, nuestro “nada” en comparación es alarmante, como casi todo lo que pasa día a día en este intento fallido de república democrática que hace mucho se le fue de las manos al estado.

Ya no es secreto para nadie, pues: México está armado y siempre lo ha estado.

La fantasía social compartida detrás de la portación de armas y los balazos es consistente: “Son narcos, son delincuentes, está bien, por mí que se maten entre ellos”. Tal vez haya razón en una parte, la otra es tapada por la sección de autoengaño defensivo y represor en la fantasía misma. Quien recibe la bala, muchas veces, es gente inocente, víctimas de crímenes, de alguna pelea borracha, de balas perdidas, de gente muy enojada. Y se me ocurre ¿por qué habría que permitir que se maten “los malos”? ¿Qué es este amor por la barbarie que la hace ver como un tipo de salvación espontánea, milagrosa?

También predomina la idea errónea de que poseer armas de fuego es ilegal y que no se pueden comprar en México. Esto es falso, está permitido en la constitución poseer ciertas armas de fuego en tu casa y hay una tienda legal de armas en la ciudad de México. El proceso para obtener una es complicado, engorroso y la mayoría saben que la burla que son los procesos penales del país te dejarían preso de por vida después de matar a alguien en legítima defensa en tu casa.

Lo que no está permitido es portar armas en la calle, cosa que la iniciativa del panista Jorge Luis Preciado quiere cambiar. Para esto, en primera, se tendrían que hacer más laxas las leyes, requisitos y burocracias para obtener un arma. O no, y que el asunto quede como otra más de las tantas iniciativas extrañas que hacen allá arriba en el poder, nomás para que parezca que están haciendo algo.

Hace muchos años fui acomodando poco a poco mi estilo de vida para salir lo menos posible a la calle. La neurosis que esta ciudad ha ido dejando consta -entre una jungla de otros síntomas- en no poder soportar la neurosis ajena, el agandalle típico del mexicano, el abuso y la sociopatía normalizada que se han instalado como supuesto “único” medio de subsistencia y que incluso es sinónimo de “éxito”, o de una personalidad encaminada hacia él. Huyendo siempre de ese “mexicanismo” actual, tan lejano al de los candentes, bailadores, sonrientes y amigables estereotipos nacionales rancios, tan lejano al de los ciudadanos diversos, sonrientes y esperanzados de comercial fársico del PRI. Esta sintomática “mexicanidad” me parece medianamente justificable -o por lo menos explicable- ante la derrota de un estado prácticamente inexistente, de instituciones que sólo sirven como pantalla y resultado de funcionarios corruptos, sin preparación para sus puestos, en algunos casos igual de hartos que los demás mexicanos, en otros igual de privilegiados que los pocos que gozan del nepotismo en la reducida esfera del poder y el privilegio en México. Tal vez es la expresión natural, “normal”, de cualquier humano que intenta sobrevivir en un lugar donde el estado, que debiera garantizar protección y derechos, brilla por su ausencia cuando es necesaria y por su lapidaria presencia en todo en lo que no tiene por qué entrometerse.

¿Quiere este fallido estado llenar -más- de armas a un país encabronado, reprimido, dividido, asqueado de la inutilidad y abusos históricos de su gobierno? ¿A un país que simplemente “no ve para dónde y mucho menos para cuándo?

El mensaje tácito me parece claro: “Desde el estado no podemos protegerte ni cambiar nada -porque ni queremos, y que las cosas se mantengan así nos trae demasiados privilegios, poder y beneficios-, compre armas y hágase bolas”.

Pero sale, armar a la población y que pueda cargar armas libremente en la calle suena… digamos, de mínimo y tomando en cuenta todos los factores, “históricamente interesante”.

¿Solución? Yo qué voy a saber. ¿Qué tal un estado que haga lo que debe hacer en la mayoría de los casos y no en una microscópica minoría?

¿Qué tal un: “Mejor huya en cuanto pueda. Tacos, y buenos, ya hay en casi todo el mundo”?

@JorgeHill

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