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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Estrenón
Por Jorge Hill
8 de julio, 2011
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SINOPSIS:

Ella, regiomontana, se sube a un taxi en la calle acompañada de un amigo extranjero que apenas habla español. El taxista, después de algunas cuadras, clama que el coche está fallando y eventualmente se le apaga; baja para intentar arreglarlo. En unos cuántos segundos aparece un hombre enorme que se sube al taxi y le pide a los dos pasajeros atónitos que guarden silencio, que es un asalto, que no lo miren a la cara y le den todas sus pertenencias. “No me interesas como mujer, no te voy a hacer nada, quiero dinero, si se portan bien nada va a pasar, no estoy armado pero detrás de mí hay una camioneta que nos va a estar siguiendo y vigilando cada una de sus reacciones”.

El asaltante amenaza al taxista y le pide que avance, milagrosamente el taxi deja de fallar. Los asaltados, aún en shock entregan su dinero y propiedades. El asaltante, pidiendo permiso “sin faltar al respeto” busca en todas y cada una de las bolsas de sus ropas, con la pulcritud que prometió. Sin levantar la voz en ningún momento y con la misma sorprendente ausencia de insultos o violencia en el lenguaje, el asaltante pide que los pasajeros salgan caminando hacia el lugar opuesto que él va a tomar. Los protagonistas se separan para encontrarse con la realidad de esta ciudad, su pobreza que llama al crimen y la sensación ultrajante, de vulnerabilidad paranoide, que el acto violento por definición si no por acción, dejará los siguientes días.


Esta es una historia que todos en la ciudad de México hemos escuchado, y la gran mayoría, vivido. Pero para mi novia, que llegó de Monterrey hace cerca de un año, fue algo nuevo, aún cuando su ciudad ha sido desgarrada por otro tipo de violencia.

Después de un par de días de susto, paranoia, intentos de recuperación de la homeostásis, hoy puedo (ya que dudo que ella todavía pueda hacerlo) expresar esto con lo que a uno le suele quedar después de la desesperanza y el asomo a las realidades citadinas mexicanas: el humor negro. Y así queda, ad-hoc, para el oscuro horizonte de esta ciudad que sigue tan mal, o peor, que hace décadas, a pesar de que los gobernadores, diputadines y vocerillos nos den su atolazo con el dedo. Negro todo, porque también “me estrenaron” a mi negrita, que más bien es una mulatita exótica que haría nomomnomear al neonazi más adoctrinado y al mismísimo technoviking.

 

 

Dos partes de esta historia son las que me dejan verdaderamente helado:

 

1) El sentimiento de agradecimiento hacia el asaltante,  que fue “un caballero”. La suerte con la que los dos pasajeros contaron es una entre miles.

2) La sensación de cierta normalidad ante el estrenón. ¡¿Quién no ha sido asaltado en esta ciudad, por favor?! Las cosas han llegado a tal nivel en el que es menos penoso decir que sigues virgen a los 21 que decir que nunca te han asaltado en México. Ya no es “pues me tiré a cinco en dos meses” sino que ahora podríamos hacer competencias de quién ha sido asaltado más veces y ha sobrevivido para contarlo.

 

“Ya estás muy OUT, ya te tocaba”

Y después viene el denunciar o no denunciar, el terror ante posibles represalias, el saber que tantos criminales están protegidos por la mismísima “ley” o que las patrullas de la colonia están pagadas por el crimen mismo para que no se aparezcan cuando deben o echen el ojo hacia otro lado si tienen la mala suerte de encontrarse el crimen en vivo y en directo.

Me encantaría dejarlos con alguna frasecita bonita como de poster de farmacia, con algo esperanzador, pero después de estos días sólo me queda una reflexión bastante gris. Mi abuela, que fue una sabia mujer y una persona que siempre admiré, tenía siempre una respuesta para todo, para todo dicho y cliché, para todo pensamiento salido de lugar, alguna rebeldía para cualquier estructura castrosa, y cuando le decían “Cuando te toca te toca” ella contestaba “Sí mijito, pero no seas pendejo, no te metas al tocadero

Abuela, ¿Qué hacemos cuando toda la ciudad es el tocadero?

 

 

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