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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El humor en tiempos progre
Sobre la guerra progre declarada a un humor, supuestamente muy mexicano, que tampoco merece salvación. Ni muchas letras.
Por Jorge Hill
5 de noviembre, 2016
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Sería normal creer que odio ciegamente y sin cuartel a las juventudes de la progresía, me quejo tanto de su facción más extrema: gritona, victimosa y victimaria, liosa, de frágil piel delgadita, chillona y quejosa, impulsiva, de juicio rápido en 140 caracteres, de blancos y negros, de falacia pura, de perpetuar mitos nacidos en Tumblr… facilota, predecible y aburrida. Pero en la semana estuve con uno de mis amigos más progres, con quien tengo uno de los más intensos bromances de mi seudoadulta vida. Entre muchas de las cosas que lo mantienen muy lejos de ser el típico pelmazo, aparte de un pensamiento no circular, está un sentido del humor plástico y exquisito, que se permite ir desde lo más sofisticado hasta jugar por instantes con lo vulgar y perturbador. Estaba ya explotando en el aire el viejo tema de las “luchonas” y los memes de “Padre y madre y todo a la vez”. Jugamos un poco con variaciones aplicadas como “Padre, madre, progre y políticamente correctito a la vez”. Pocas cosas tan satisfactorias y sanas como carcajearse hasta las lágrimas de uno mismo.

Hace meses una admirada amiga, conocida feminista, preguntaba más al aire que a mí en una plática pública de Facebook si el humor tendría que ser hiriente y devaluatorio hacia las mujeres, minorías o tragedias para ser libre y ser humor, si llamar la atención a sus símbolos discriminatorios realmente lo limitaba o censuraba. Habiendo tantos temas de qué reírse y con los cuáles hacer comedia, ¿por qué escoger esos y por qué defenderlos hasta la muerte como si fueran auténticos pilares de la libertad de expresión?

Y concuerdo en gran parte, destripar un chiste o un tema humoroso para revelar su perversión o discriminación no es un franco llamado a la censura y está muy lejos de ser censura en sí: pero se mueve sobre esa carretera. Normalmente, cuando uno se mueve, es porque quiere llegar a algún lugar. Tampoco es un gran ejercicio de “deconstrucción”, como le llaman hoy los progrextremos a cualquier revelado de lo obvio en artículos moralinos y clickbaiteros, de esos que abundan hoy en Buzzfeed y en… ¿todos lados?. Cristo… tata Derridá no estaría muy orgulloso, pues.

Ahora, ¿cómo defender a ese simplón y jodido humor de estereotipos y devaluaciones hacia “el pobre”, “la secre”, “la putita”, “el naquito”, “la borrachita”, “el chinito”, “el prieto”, “la gorda”, “el jotito” y “el jodido”? Me preguntaba esto ayer en Twitter y no faltó quien profirió aguda crítica llamando a ¡Oh! la gran ironía de que estuviera usando la palabra “jodido” para “quejarme” de la burla hiriente hacia “los jodidos”. No es ninguna sorpresa que no se quiera diferenciar, mañosamente o resultado de cotidiana ignorancia, entre jodido, lo que está mal o torcido y jodido como peyorativo de pobreza. Las quesadillas van con queso y la literalidad es el monstruo bajo la cama del país.

Preguntaría el adolescente con ironía “¿Cómo ayudarles?”. Pero, en serio, ¿por qué o para qué ayudarles? ¿Por qué se habría de perpetuar, a través de la defensa de lo indefendible, al absurdo y facilito humor del tuitstar promedio, del youtubero promedio, del comediante adalramonesco que los medios tradicionales mexicanos nos han metido hasta el cogote, del estandopero más de a varo, del patético, frustrado y solo trollecito amenazador de red social; del típico mexicano ojete que de manera inexplicable y perturbadora encuentra placer en la destrucción del otro? Qué perdida de tiempo y qué ejercicio tan estéril y confuso sería poner ahí los esfuerzos. Qué ganas de dejar trabado al humor popular mexicano en la adolescencia de la que no quiere salir, replicando y trágicamente exaltando en sus bromas y temas de comedia tantos de los males que nos aquejan. Una cosa es reírse de una bestia brutal comehumanos mientras saliva y ruge con furia desde su contenido hábitat público, otra es apapacharla mientras se le abren las puertas, aplaudirle y hasta hacerla famosa, disfrazada de tierno conejito bailarín.

Recordaba esa frase que dice algo así como “Si la cosa no es regresar al barrio, sino salir de él”. Aquí nos internamos a las entrañas del género de tragedia, donde el protagonista hace todo por alejarse de ella, pero cada uno de sus esfuerzos lo acercan más, hasta que está hundido en un vacío del que es imposible salir, no hay final feliz. Pero nuestra realidad es diferente, nosotros no estamos ciegos como Edipo, sólo nos encanta hacernos pendejos.

Regañar y sermonear es muy del progre de hoy, y aunque lo comprendo y me inclino ideológicamente mucho más hacia esa parte del espectro, hacerlo me parece una hueva tan lapidaria como la que generan los chistoretes ya mencionados. Regañar y sermonear también es de gente con mucha esperanza. Hablando de tragedias y dramedy: no es mi caso.

Tal vez con una completa revolución educativa que lleve a nuestros promedios a una mediana sofisticación y a una sensibilización ante el otro, tal vez con una economía sana que no nos tenga destrozándonos los unos a los otros a diario mientras nuestra humanidad se desdibuja, tal vez con esto, tal vez con lo otro. Cosas que, incluso si estuvieran en el horizonte -no existe ni un esbozo lejano-, no veré en mi vida en este país y no dependen de mí.

La jodida realidad es la auténtica tragicomedia. Y no, no es broma.

@jorgehill

 

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