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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
No me idealicen el amor, no me nieguen el amor
Sí, el amor es resultado de la química cerebral, de metafísico no tiene nada. Pero la química sola no hace pareja, madres, padres, hermanos, hijos y amigos.
Por Jorge Hill
14 de febrero, 2014
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Ah, el amor. En pleno siglo 21 sigue existiendo un encuentro entre aquellos que aseguran al amor como una experiencia espiritual que rebasa las palabras y aquellos que ven al amor como un molesto conjunto de químicos cerebrales que podría ser abordado casi como una psicósis orgánica.

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No concuerdo con estas visiones del amor, las dos son incompletas, se olvidan de otras partes, las dos viven un amor que considero estúpido.

Empecemos con que el amor simplemente es. Con esto no intento lograr una frase mamarracha para foto de Facebook o tarjeta celebratoria de hoy, día de San Valentín o día del amor y la amistad, como quieran llamarle al día de “compra pendejadas para las personas que quieres, no vayan a creer que no las quieres, mira, te vendo esto”. Tampoco es una afirmación categórica falaz. Me refiero a que el amor es y existe, es una compleja vivencia resultado de una retroalimentación (loop),  entre los procesos mentales superiores (pensamiento, imaginación, lenguaje) y las reacciones químicas cerebrales. No está en el reino de los espíritus o las almas, no está en lo inmaterial. Lo único “inmaterial” en este universo está estudiado por la física cuántica, y no, ahí no está el amor, tampoco.

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Que no.

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Entiendelo: No.

Dejando atrás el mundo de los espíritus, almas y dioses, porque a mí no me gusta perder el tiempo y las letras en auténticas pendejadas, pasemos al mundo material. Hay quienes pierden la esperanza y “la magia” del amor al pensarlo como “simple química”, como si ahí, justamente, perdiera su realidad, cuando ésta es lograda únicamente por la cualidad de ser algo físico. Aquí es donde se nos pierden los hiperrealistas y los hipermodernos inventados: los químicos que hacen aparecer el amor no son “la experiencia” de el amor, mucho menos el amor mismo, sólo son responsables de las sensaciones físicas y la sensación de apego, de la necesidad de volver a esa persona, de cuidarla y ser cuidado por ella, de ser visto y acreditado, ser correspondido. En el caso de las relaciones de pareja, estos químicos cambian con el tiempo y con las experiencias, con los procesos mentales concientes que se hayan hecho durante la relación, para que así, esta termine a los pocos meses cuando se acaba la sensación física y los procesos mentales agitados del enamoramiento o para seguir a una nueva etapa de conocimiento y aceptación. Más tarde llegar a una etapa madura de apego, apoyo, identificación y empatía con el otro, un símbolo en donde cada miembro de la pareja se mira a sí mismo junto al otro, aceptándolo tal y como es, sin perder sus individualidades, sin fusionarse del todo con el otro. Esto es a lo que suele llamarse “una pareja”, de las de verdad, pues.

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¡Cada quién su onda, pues!

Las experiencias y no la química parecen tomar el papel más importante en estos procesos, las vivencias se convierten en recuerdos, que van reforzado el vínculo y nos dan nuestras dósis diarias necesarias de hormonas y neurotransmisores, oxitocina, dopamina, vasopresina, adrenalina, serotonina y otras.

Es entonces que podemos ver al amor como algo completo, un proceso que se nutre de imágenes, vivencias, experiencias y sensaciones que refuerzan o desgastan ese amor. La personalidad de cada quién dará el sesgo a cada relación, sea amor fraternal, amor de pareja, amor paternal o maternal. Hay quienes hacen relaciones tranquilas y centradas, hay quienes son el calmante del otro, hay quienes son el “despertador” del otro, están los que hacen relaciones estúpidamente cursis, otros hacen relaciones llenas de sensualidad, otros hacen relaciones tortuosas y codependientes, otros dejan de lado el romanticismo y pueden mantener relaciones abiertas con dos, tres o hasta más personas a la vez; hay quienes buscan parejas con muchos años de diferencia, otros con personas de su mismo sexo, otros con personas que un día fueron de su mismo sexo pero ya no lo son y ellos mismos eran del otro sexo y… puta, qué desmadre. La cosa es que así es el amor, o así puede ser.

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En el plano de lo que podríamos llamar “FAIL”, ya que usar la palabra “patológico” cada vez escapa más de mi manera de pensar, están otros que no pueden querer porque viven aterrados a no ser lo suficiente, cuando siempre hay un roto para un descosido; otros viven con el corazón roto porque buscan el amor espiritual de novela del romanticismo y no lo van a encontrar nunca, otras Barbies esperan al Ken que nunca llegará, otras autocoronadas princesas se la pasan aventando la tiara a medio berrinche porque el príncipe azul no llega (ni llegará), otros se funden en un par de días con el otro para terminar en tortuosas e impulsivas relaciones de telenovela, otros se tiran al piso para que sean levantados por algún encantador y omnipotente ego con delirios de salvador, otros esperan a que la idealización que han hecho de una Angeline Jolie o una Scarlett Johansson cruce la puerta de su cuarto por sorpresa, idealización que tampoco llegará, incluso si llegaran a estar con ellas, con las reales: una cosa es la persona que uno tiene en la cabeza y otra, muy diferente, es la persona que existe o existió, es un Otro, está allá afuera, es  intocable porque es real, sólo tenemos acceso a él a través de la piel y el lenguaje, que por otro lado, terminan siendo, también, representaciones en nuestra mente, símbolos -si no queda claro, hay que ver “Solaris” de Tarkovksi, la de Soderbergh es buena, pero no una máxima obra de arte como la del maestro ruso-.

El amor es imperfecto, está lleno de vacíos y representaciones confusas; buscar la perfección, la certeza absoluta y la completud en él, es no entender nada del amor.

Entonces tampoco tenemos grandes reglas. Todas aquellas relaciones de hace dos párrafos son tan válidas como la típica relación esposo-esposa de la misma edad, con hijos, perro y camioneta; probablemente, sean estas relaciones “alternativas” aún más valiosas en cuanto a que no están moldeadas por lo que las instituciones y el estado necesitan de sus ciudadanos. Porque señores y señoras, si creen que sus cuerpos, sexualidades, mentes, maneras de vivir, maneras de querer y amar no están cruzadas por el movimiento histórico del poder que permea y da forma a la “cultura”, habrá que ir tirando algunos velos frente a los ojos y ponerse a abrir más libros. O seguir tragando camote y evadir las obviedades de nuestra cultura y sociedad, cosa de cada quién.

Llegamos -por lo menos llego yo- a que el amor no es moral, el amor no es espiritual, tampoco es pura química cerebral: es una experiencia compleja, y es, y ya ¿recuerdan?

Así, señoras y señores, no idealicen, pero tampoco nieguen el amor: Idealizar el amor como romanticismo espiritual es estar meando afuera de la taza, y negar el amor es estar negando la realidad misma.

¡Quiéranse tantito, chingao!

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