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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Idealismos masturbatorios y males de época
Por Jorge Hill
11 de marzo, 2011
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“Esa mirada exclamaba: “¡Mira, estos monos somos nosotros! ¡Mira, así es el hombre” Y toda gloria, toda discreción, todas las conquistas del espíritu, todos los avances hacia lo magno, lo excelso y lo eterno dentro de lo humano, se vinieron a tierra y se trataba de un juego de monos…”

“El lobo Estepario” – Hermann Hesse


“El mal de la época” es la frase que utiliza Hesse en “El lobo estepario” “El último verano de Klingsor” “Demian” y otros de sus escritos para indicar el fenómeno a través del que intenta señalar aquello que le descorazonaba acerca de sus tiempos. Gran parte de los escritores con tendencia hacia lo social, filósofos y pensadores, hablan de un “mal de la época”, los existencialistas se dieron vuelo en ello. Será que a todos nos desilusiona algo que pasa mientras existimos y queremos mostrárselo a los demás, hacer “consciencia”. ¿Pero consciencia de qué? el mal de una época es uno para algunos, otro, para otros. ¿Será que queremos hacer conscientes a los demás de nuestros dolores personales, ataviados con la máscara de “fenómeno social”? ¿Será que esto en sí ya es el fenómeno social y es el camino correcto para la consciencia?

No somos machos y sí somos muchos, un chinguero, un putamadral, demasiado pelado que diariamente intenta hacer del mundo (de su mundo), un mundo mejor.

Algunos piensan que el mal de nuestra época es la falta de educación y lectura, alzan el puño al aire ofendidos por los terribles sistemas de educación en países que no cuentan con la infraestructura para lograrlos y que están más “ocupados” en sus “guerritas”. ¿Es tan difícil ver que se ofende uno por exigirle a un grupo de la población un ideal que en las características propias de ese sector es simplemente imposible por el momento?

Otros piensan que el mal de la época es la caída del sistema monetario y la creciente desesperanza e ira de la gente que cada vez está más consciente de que el dinero en sí no tiene ningún valor y que sólo existe, impreso y acuñado como si fueran estampitas coleccionables del Gokú, para mantener a la gente en una esclavitud moderna que responde a los intereses, necesidades y poder de los pocos que se benefician de ello, esclavitud glorificada desde los tiempos victorianos en los que la fuerza de trabajo era santa y que desde entonces al que no le gusta estar obsesivamente en la cadena de producción sistemática se le llama “huevón”, “nini” y persona no grata para ese gran sector de gente que ha llegado a estar tan sumida y ciega a tal sistema que piensa que “el trabajo dignifica”. La esclavitud moderna a la que hoy le llamamos “mi trabajo”.

“¡Soy un ganador! ¡Soy el rey de una montaña de basura!

Otros creen que la pérdida de la espiritualidad nos ha llevado a esta decadencia social y los religiosos siguen jurando por su Dios (el que escojan de los pinche mil que existen), que es el alejamiento de la religión lo que ha traído un mundo caótico y “sin valores”, ya que claro, al religioso poco le importa la empatía entre humanos y la manera que tienen para crear entre ellos normas de convivencia y leyes, para ellos es necesario que tata Diosito llegue a decirte qué hacer y cómo hacerlo, porque si no se enoja y te vas al infierno, y aparte, él sí sabe qué pedo y tú… pues no.

Dios, el troll universal

La pérdida de la sensibilidad, y por lo tanto, de consciencia, es otra muy escuchada. El hecho de que nos hayamos vuelto insensibles al sufrimiento del otro y vivir cómodamente en nuestra burbuja, que a veces llega a tener tintes sociopáticos. No sólo no ver al otro, sino también dañarlo en el proceso. Ayer, mientras las réplicas del terremoto y tsunami de Japón azotaban al país, se podía ver en twitter y diversas redes sociales el clásico y ya cansino choque entre los que hacían alguna broma y los ofendidos por ellas, como si burlarse de la tragedia ajena fuera algo nuevo o se hubiera descubierto ayer al abrirse la terrible caja de Pandora que quién sabe qué deidad habría tenido cerrada. Como si el hecho de que fuera nuevo o viejo lo justificara, como si tal cosa necesitara justificación, como si el hecho de las bromas de las tragedias no fuera un sistema básico del cerebro humano para adaptarse a ellas en vez de obsesionarse con las mismas de manera patológica. No a lo idiota la mayoría de las teorías psicológicas tienen como marcador de cierta sanidad y plasticidad mental el poder reírse de la tragedia propia y la ajena, volviéndose patológico en cuanto se le dedica demasiado, así como volviéndose patológico el sentirse obsesionado y ofendido por el que alguien más se ría de la tragedia ajena o la propia. En los extremos estaba el que se burlaba sistemáticamente y por otro lado el que se identificaba de manera tan arraigada con la tragedia que terminaba en un discurso solitario e infértil acerca de la terrible falta de consciencia de los demás, un cíclico, monotemático y autoindulgente rollo inconexo que termina en la glorificación de uno mismo y la pasada de lo emo como teoría intelectual y método de “conscientización”. El rotundo e irónicamente dictatorial discurso del “activista” de hoy: “Si no son como yo, no sólo no tienen consciencia, no valen como personas y sus argumentos no tienen validez”, el reduccionismo como método de pensamiento y justificación de la propia visión del mundo, una teoría circular más de tantas.

 

¡El mundo ideal, hecho de mis clones, wiiii!

¿O será la hiperrealidad nuestro problema? ver el mundo a través de símbolos impuestos que crean una capa como de película a los hechos cotidianos. Un hollywood y una descerebrada televisión nacional que nos hace creer que la vida es una telenovela, que en medio sufrimos, pero el final es feliz, todos importamos, todos somos útiles, todos valemos mil ocho mil y todos queremos, y merecemos, nuestros quince minutos de fama.

 

Y mientras, en un mundo postmoderno pop… wait!


¿Será que vivimos todavía en aquellas épocas victorianas sin darnos cuenta, creyendo que la hemos superado? por ahí marca Foucault en sus teorías generales que en efecto, el hecho de estar hablando constantemente de la superación de esas etapas sólo marca nuestro presente en las mismas, hablar constantemente de lo reprimido tal vez no lo libera como tal, más bien le da su carácter de vigencia y lo mantiene funcionando en el fondo, viviendo nosotros así, como la fotografía a colores que es en realidad el resultado de ese negativo al que todo está circunscrito. Hablar y hablar, el altruísmo y activismo de laptop, la “conscientización” a través de la palabra vacía sin apuntalamientos en la realidad, el estar perversamente masturbándose con las ideas funcionando como genitales ensanchados, listos para una penetración que nunca llega.

 

 

Parece ser que el problema, y no la solución, irónicamente, es el que todos querramos un mundo mejor. Pero todos queremos un mundo mejor a raíz de nuestras necesidades y nuestra visión del mundo, mi mundo mejor no es el mismo ideal que el de otro. Si piensan que escribo una idiotez sólo falta ver por qué empiezan la mayoría de las guerras o a lo que nos han llevado tantas supuestas “revoluciones”, basta discutir cinco minutos con otra persona acerca de sus ideales, basta ver cómo tantas personas que terminaron siendo dictadores, empezaron siendo revolucionarios que querían llevar el bien, su bien, a todos los demás.

¿Esto nos lleva a la desilusión absoluta, al cruce de brazos, la insensibilidad, el encierro sobre sí mismo, la mediocridad y el conformismo? ¿O tal vez esto nos puede llevar, curiosamente, a un entendimiento menos personal y narcisista de los problemas actuales y reales del mundo, a probables soluciones en vez de ideales masturbatorios?

No lo sé, no soy tata Diosito, pero tal vez la única aportación como escritor involucrado en esos temas, sea el de preguntármelo y expresar mis dudas en palabras. ¿Con esto hago consciencia en el otro? ni idea, pero no quiero ser tan narcisista como para pensar que sí o que ese es mi lugar o destino en el mundo.

¿Tú qué opinas? escoge tu veneno:

 

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