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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Jugando, que es gerundio
Por Jorge Hill
9 de noviembre, 2012
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Desde mis primeros recuerdos aparece un Atari, esa caja plástica negra con cartuchos y joysticks con un solo botón rojo que podía convertir al tío más responsable en una tragedia del vicio y la competencia por puntos. Pac Man y Space Invaders, unos cuantos pixelillos con una programación básica para un funcionamiento básico podían, y pueden aún, dar horas de diversión. Los videojuegos, desde los años setenta, se han convertido en una parte central de nuestra cultura y muchos de sus iconos son tan famosos como las estrellas de Hollywood, pero ¿por qué tanta controversia alrededor de los videojuegos y el juego, en general?

Mi infancia y adolescencia pasaron plagadas de cada generación de consolas y PCs, le daba tanto al Alley Cat y al Civilization de computadora como a los Marios, Double Dragon y Zeldas del Nintendo y Super Nintendo. Hoy me parecería complicado estar demasiado tiempo sin ver sangrita digitalizada gracias a un xbox 360 o una PC con una buena tarjeta de video, aunque seguramente, encontraría otra buena manera de jugar, a algo, lo que sea, o a muchas cosas.

Las teorías en contra de los videojuegos (y el juego, en sí) van desde los charlatanes más cretinos hasta las MILFs más relajadas que se preocupan por la sanidad mental de sus pequeños futuros monstruos. Para darse un quemón de la locura, ya con todo y un #WIN del traductor para sordos:

 

!Il Cornuto!
Bueno ¿qué cosa más risible que un religioso hablando de algo de lo que no tiene ni la más remotaputa idea? son especialistas, ya ven que les da por andar tirando lengua hasta de procesos evolutivos y darwinismo, a veces quisiera uno detenerlos, a veces pienso que deberían seguir así siempre, sin avanzar en el conocimiento, para que sean fuentes interminables de lulz para generaciones futuras.

Hablando de lulz del futuro, ya me vi.

Hoy ya no están tan extendidos como “controversiales” temas como la supuesta diferencia entre una vida virtual y una real, internet como una hiperrealidad, la alienación gracias a la tecnología o la influencia de la violencia en la televisión, música y videojuegos en los niños y adultos. Aún así, parece que buscar chivos expiatorios para nuestras pendejadas, gestadas gracias a los núcleos familiares y  las creencias más rancias e incongruentes, sigue y seguirá siendo un clásico para el humano tan dado a apuntar el dedo hacia afuera en vez de hacia sí mismo.

Hay un dicho Zen que es algo así como:

Cuando el sabio apunta a la luna, los imbéciles miran el dedo.

Una década en especial me parece ejemplo ilustrativo, los ochentas nos dieron el boom de una cultura pop en muchos niveles, las disqueras se dieron cuenta que si compraban los derechos de los autores, los inyectaban de dinero para look y distribución, seguían fórmulas de melodías y composición pegajosas y se apoyaban en MTV, podían lograr mucho, mucho dinero. Los “grandes” cantantes pop habían nacido, los que tuvieron suerte y talento se quedaron como actuales reinas y reyes, todos los demás fueron parte de la maquila y el one hit wonder, el “muchas gracias por participar y llenarme un poquito más los bolsillos, ahora llégale a trabajar de regreso al Macdonalds”. Había empezado la globalización y gracias a ella, el inflarse de dinero si se sabía como invertirlo, pasando sobre quien fuera, sobre todo pasando sobre aquellos que estaban obsesionados con los cinco minutos de fama que alguna vez les prometió Warhol.

Los ochentas nos dieron también el boom del metal, que aún se recibe de manera tan apasionadamente ambivalente en el mundo entero; nos dieron la diseminación de placeres de culto como los juegos de rol tipo Dungeons & Dragons, las películas gore y … las hombreras para hombres, suit beibi yisus.

Tantita madre…

Fue en la misma década que tener una consola de videojuegos en tu casa se convertiría en algo normal y casi necesario, eso de ir a las maquinitas ya no era opción para desaparecer el cambio que quedaba de la ida a las tortillas. El mundo se estaba extendiendo y digitalizándose. Fue así que los mochilines y otros con preocupaciones menos esquizoides empezaron a temer la influencia de todas las anteriores, el diablo se nos iba a meter por la tele, por la pantalla de cine, por nuestros personajes de juegos de rol, por la revista MAD, por las chichis de las buenorras en las revistas Playboy de abajo de la cama de papá, por esos guitarrazos y gruñidos que “ni son música” y obviamente, a través de los pixeles de Pac Man. Un mundo lleno de ejércitos formados por maquinas de matar sin mente propia ¿Eso qué? ¡Eso es patriotismo, pendejos!, un mundo que ya daba los primeros indicios de que las corporaciones serían más poderosas que los gobiernos y que definirían leyes y cultura ¿Eso qué? ¡No mames, eso es economía y bienestar, crecimiento! un mundo en el que debes insertarte en la maquinaria para ser legitimado ¿Eso qué? ¡Eso es madurez, chamaco caguengue mocoflojo!

Es así como esto me remite a una experiencia con mi padre, ya ven cómo casi todos los hombres tenemos este rollo de sentir que nunca estaremos a la altura del padre, de la misma manera que la mujer parece tener un rollo arquetípico de competencia en cuanto a juventud, buenez y fertilidad con la madre. Estaba yo alrededor de mis diecisiete años y veía, estupidizado, en un rapto de revelaciones, la joya de animación “Akira” de Katsuhiro Otomo; mientras pensaba en posibilidades cósmicas de la evolución humana y sus significados en el hoy, recibí un “Sigues viendo caricaturitas a esta edad…”, algo se me partió adentro.

Muchas experiencias posteriores y anteriores, con familia y no familia, con autores, maestros y amigos, me hicieron preguntarme qué significaba la “madurez”, y aunque la historia podría ser una parte central de biografías autorizadas y no autorizadas, prefiero saltarme lo innecesario y terminar con mi conclusión, que se mantiene en la actualidad. La “madurez”, al igual que el “éxito” o la “fama” en términos culturales y sociales (no personales y razonados) significan algo tan vacío y un disfraz tan incoherente que me parece incluso imbécil darle demasiadas vueltas, no entiendo a un hombre o una mujer que no juegan, entendiendo como juego lo lúdico, en general; ¿Qué vale una persona que no puede reírse de sí mismo, que no puede permitirse sentir gozo por lo que en el fondo lo llama al goce, no la manta simbólica que se pone al deseo desde el exterior? A través de este “gozar el juego” pueden cruzar tantas cosas, que sin saberlo, pueden ser centrales para una comprensión y aceptación de uno mismo y del otro, gozar el juego de ser dueño del propio cuerpo, gozar una sexualidad libre, por ejemplo, ser tan “puta” como se quiera, ser tan “joto” como la oscuridad del clóset se gradúa por temor; ser tan sensible o vulnerable a la sexualidad de una mujer como para gozar de una seducción que sería inaceptable para el macho alfa más necesitado de sentirse “el domador que somete”.

No creo que el juego nos permita “ser niños” otra vez o por momentos, para después olvidarlo y continuar con nuestra “madurez”; creo que el juego nos salva, es uno de los pocos pilares que quedan para sostener las sobras que a la humanidad le quedan de humana en este proceso de zombieficación ante la fórmula, el cumplimiento patológico del deseo patológico del otro, el hambre inculcada por lo material y la necesidad apremiente del reconocimiento fugaz de nuestras más superficiales “virtudes”, el consumo obsesivo que nos va matando por dentro sin conciencia del daño consecuente al exterior, el inconsciente loop de la autodestrucción glorificada.

La madurez, el traje invisible de los emperadores de la normalización.

¿A qué van a jugar este fin de semana?

Diviértanse.

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