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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
La autodestrucción y otros problemas del primer mundo
Por Jorge Hill
28 de septiembre, 2012
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Imagino a dos científicos platicando:

– Listo, la nave con la recientemente descubierta tecnología de propulsores a base de antimateria ha sido terminada después de una inversión de millones de trillones de dólares financiados por los ciudadanos de la Tierra.

– Es momento de implementarle el sistema de autodestrucción.

– ¿Para qué querríamos hacer una MAMADA como esa?

– No sé, pero en todas las películas sale y el final se pone muy bueno porque va todo contra reloj, muerte, destrucción, luces, chispas, explosión aquí y allá ¡bum bum! La gente pegada al asiento, las articulaciones engarrotadas, el sudor en la frente, los de atrás siguen fajando, oh dios, ¡Qué gran película!

– ¡Sicierto!… ¡va!

 

¿Qué tranza con eso? No sé quién habrá sido el primer guionista que tuvo la idea de crear un sistema de autodestrucción para hacer que su chaquetorra película de acción (no conozco películas de acción no-chaquetorras, disculpe usted mi ascetismo mamón cinematográfico) tuviera un cierre de tercer acto “muy emocionante”, pero le funcionó tanto que hoy es uno de esos miles de clichés que funcionan y que son aceptados, una y otra -y otra- vez, en el cine. Al igual que el coche que no prende hasta que se tiene al mostro a un lado o el fantasma detrás del personaje visto en un espejo con bisagras recién cerrado, el resbalón a media persecución, la caída desde un barranco que no fue caída porque se agarró de la orillita de quién sabe qué y la escena imposible, incoherente, que va en contra de “todo lo esperado” (que finalmente ya es lo esperado) y termina siendo un sueño… dentro de un sueño. Niveles de mame que van más allá de mi comprensión, pero que venden harto boleto, ire.

Pero bueno, la situación es que la autodestrucción es esta cosa extraña e inútil que anda entre lo injustificable y el concepto abstracto que parece funcionar para la identificación de masas; un salto desde lo evolutivo en términos de intentar perpetuarse a sí mismo, por lo tanto a la especie, hasta su forma cognoscible, representable en la mente como un “Pérate, no te hagas cosas malas a ti mismo”.

Vamos, si yo me abro una chela y un amigo me dice que me estoy autodestruyendo, lo más probable es que lo haga con una bolsa de Churrumaizdoritoalgos en la mano, mismos que deben contener más sustancias bizarras de las que se pueden encontrar en un laboratorio de científico loco de película mamerta.

Si le doy un mordisco a un delicioso cadáver asado de algún animal, otro amigo podrá decirme que me estoy autodestruyendo con las sustancias misticoterribles que liberó el animal al haber sido asesinado y torturado (los veganos piensan que a las vacas las tienen durante toda su vida en cuartos y bajo estrictos programas de madrinas tipo la película francesa “Mártires”), mientras, el brodito en cuestión se come una tachita llena de densa metilendioximetanfetamina, ya ven, para eso de ser feliz porque el mundo es amor y hay que fundirse con el universo blabla.

La verdad es que sí me molestan algunas cosas de la autodestrucción, fumo demasiado y nunca he intentado dejarlo, así, en realidad, en serio, con ganas de sí dejarlo. Lo que más me jode es saber que me ando envenenando el cuerpo de una manera tan directa y tan “sin chaqueta mental que me sirva para creer que no lo estoy haciendo tanto”, y aparte de todo, saber que le estoy dando mis varos a compañías que odio… aunque me molestan más las prácticas de otros favoritos de “la muchachada”, como las sweat shops de Nike o el eterno “mira, una cosa que se llama igual que la anterior, que tiene dos cositas diferentes con tecnología que nos apañamos de otros, pero que tiene un numerito más alto que el que ya tienes” de Apple, los reyes de la vendimia y la zombieficación de masas, emperadores del “Ya te cogí, pero hasta te vas a ir feliz y adorándonos”.

A veces pienso que, aunque en principio suene a una completa estupidez y a reduccionismo fácil, es una realidad que casi todo lo que hagamos, sobre todo en términos de consumo en la sociedad contemporánea, finalmente se resume a que una parte de esa acción, necesariamente es autodestructiva; únicamente nos hacemos la full mental chaquet de que algunas cosas no lo son porque esa parte que nos hace daño está más lejana, es más difícil de abstraer, menos tangible. Digamos que hay autodestrucciones que parecen más seguras que otras. Escribo esto mientras me tomo un refresco que contiene compuestos que no podría pronunciar después de tomarme cuatro cervezas.

Por ejemplo, tuve un amigo muy mariguano, de esos mariguanos que fuman diario tres toques, no sé cómo sea en sus cinco sentidos. La situación de México lo hizo pensar que andar comprando mota no estaba tan chido y que aunque él fuera un eterno defensor de las bondades y la legalización de la cannabis, era parte del problema. Pero ni modo que dejara de fumar ¿no?, entonces empezó a pensar que sería muy fácil armar una pequeña estación hidropónica casera en su cuarto y crecer sus propias mutaciones y así hasta hacer unas que pusieran durísimo y así. Pues, bien, ahí hablamos de un cierto nivel de conciencia que al mismo tiempo va contra las leyes, pero que también va contra uno mismo, porque bien sabemos, aunque los que se fuman el pasto fuera de ciencias políticas y filosofía y hierbas digan que no, está demostradísimo que la mariguana te jode la memoria y otras funciones cerebrales después de mucho tiempo de quemarle las patas al gallo. Pero, como “no jode tanto como el cigarro”… Bueno, da igual, que no son moralismos ni andar viendo qué te hace más daño que qué o que si X ponedor es mejor que Y, o que si lo legal  y lo ilegal, la realidad es que soy una persona muy autodestructiva, fumo y tomo como si no hubiera mañana (uno nunca sabe si lo habrá) y el que los demás se “autodestruyan” como quieran, no lo aplaudo, pero tampoco me espanta.

Por cierto, ya no sé qué habrá pasado con la estación casera hidropónica del jovenazo en cuestión, un día le dió un telele y parece que tuvo que dejar hasta el cigarro y el alcohol, es que resulta que los fines de semana se metía “onditas” sintéticas y el cuerpo le dijo “¡Que ya no mames!”

En fin, que la gente que busca estos estilos de vida supuestamente súper sanos en una sociedad actual como la nuestra también se me hace muy extraña. ¿Salir a correr mientras hasta los animalitos están dormidos? ¡¿Eso qué o qué?! ¿Para que te dé un paro cardíaco a los 32 y todos digan “¡Qué osooooo weeee!” o que te atropelle un camión cruzando la calle porque venías tragando camote mientras corrías al ritmo de “La Macarena”?… en tu iPod, obvio. O sea, esa gente que ya nunca llegó a desayunar sus lechuguitas mutantes de Monsanto.

Oh noes! los dramas del primer mundo.

Con esto tampoco digo que hay que tirarse a la chingada y volverse de tal tamaño que te tengan que sacar con grúa a través de un hoyo para que te puedan llevar a tu propio funera en un ataúd Queen Size, mucho menos digo que dejemos de estar conscientes del impacto que nuestra vida consumista tiene en la economía y finalmente en la cultura, en nuestro contexto diario. Estaría yo contradiciendo dos años de Congal Postapocalíptico con eso.

Más bien, me pregunto, de manera auténtica, dónde está la parte más coherente en ese gran espectro de lo que hemos denominado “autodestrucción” y si realmente lo que entendemos como “autodestrucción” es eso y no otra cosa, o si esa autodestrucción está más presente en los lugares donde menos sospechamos, o donde menos queremos voltear a ver, normalmente muy cerca de nosotros mismos.

¿Qué no el simple hecho de vivir ya es autodestrucción? bueno, supongo que esa no es justificación para ninguna de mis -o sus, queridos lectores- pendejadas.

No sé, ahí les dejo la duda. Es hora de ir a la autodestrucción conciente, consentida, querida, buscada, adorada… aunque mañana duela.

 

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