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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
La belleza impresa en tres equis
Por Jorge Hill
10 de diciembre, 2010
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En la pantalla de mil-ocho-mil pulgadas aparecen dos formas llenando la superficie brillante. Es difícil distinguirlas gracias al extreme close-up, pronto se hace deliciosamente claro que la boca carnosa, roja y húmeda de una atractiva mujer muy producida está haciendo maravillas orales a un gran pene. El voyeur digital en cuestión se desabrocha cómodamente el pantalón y sube el volumen, porque el oído también trae placer. El sonido de la puerta lo hace brincar con sorpresa y, rápidamente, el olvido se convierte en recuerdo traicionero: Le había dejado las llaves a la novia. La insegura y anticuada femme fatale, con secretos sueños de bodas en la playa con las bendiciones del señor, todos los santos y sobre todo, todas las vírgenes, mira anonadada la pantalla, después a su hombre, después la pantalla, después a su hombre (repítase ad libitum según el alejamiento del siglo 21 que se le quiera poner al personaje), para después dejar caer una tormenta verbal sobre el ya de por sí empequeñecido (en todos los sentidos) noviecillo. El discurso brutal va acompañado de continuos “¡no lo puedo creer!”, habla de fidelidad, deseo perdido, semanas “sin tocarme” (a esa gente le da pena decir “coger”), kilos de más, facturas de lo que se ha hecho por el otro y en casos “ortodoxos” hasta la palabra “perversión” aparece. Pónganle a esta historia el final que quieran, que cuento no es lo que escribo por aquí.
Historias como esta son las que afortunadamente ya casi no se ven en la actualidad. Hoy una pareja sana y funcional parece saber que la pornografía no es otra cosa que una o dos o hasta 600 (como en el “Texas 600”) personas teniendo vil, simple, natural y riquísimo sexo que se puede consumir en pareja, en threesome, en swingerismo o en horchata; que desear es una de las cosas que más nos identifican como humanos y que ese deseo no mata el amor o el deseo mismo que se tiene por una pareja, lo que lo mata es tal vez, el acto, la impulsividad de llevarlo a cabo, la falta de lealtad, la traición, sobre lo que si se tiene control: los propios actos y los “contratos” psicológicos que la pareja misma haya formado, las propias reglas, las habladas, no un tácito y chafón “creo que eres un(a) [email protected] si ves pornografía”.
Tantos argumentos se han tratado de dar contra la pornografía, tan básicos y tan llenos de asunciones falsas, que resultan ya hasta aburridos. Como aquellos que asumen que hay violencia contra la mujer en la pornografía, cuando las mismas pornstars repiten una y otra vez que “tienen el mejor trabajo del mundo” y que no lo cambiarían por nada, que disfrutan de exhibirse, que disfrutan de ese sexo “impersonal” no privado y que muchas llegan a tener múltiples orgasmos ante cámara. La otra que es ya para tirarse a dormir y ahogarse con su propia baba es la de las faltas a la moral o no sé qué otras barbaridades victorianas como salidas del “Manual de Carreño”, ya ni para contra-argumentar alcanza la voluntaria supresión de lo que se conoce como “penita ajena” en estos casos.
Hay otras más intelectualonas e ideológicamente sabrosonas como las que representan al sexo filmado como un acto vacío, superficial y falso, supongo que estas personas no habrán visto los millones (y millones y millones) de videos amateur o nunca se habrán filmando a ellos mismos teniendo sexo (porque claro, eso es de perversos… disculpen “pervertidos”, para seguir en el tono del discurso, ellos no saben la diferencia). Y ya en la punta de la argumentación está gente que considera el sabroseo pasado por la lente como parte de la hiperrealidad, concepto de Baudrillard (autor del que escribí la semana pasada, uno de los favoritos de los hipsters, obviamente no porque lo hayan leído con atención (o simplemente leído), sino porque lo francés mezclado con la semiótica hace que se le llene la boca a uno de un no sé qué que qué se yo que a todos apantalla). La hiperrealidad es básicamente una capa de realidad simbólica que se pone sobre la ya de por sí simbolizada realidad, en pocas palabras es esta “realidad” que viven los gringos cuando hacen show hasta de que los insultaron en sus más hondas mamases y están bien enojadísimos. Un espejismo que funciona como un sustituto de la realidad, o sea vivir en la pendeja creyendo que se vive con los pies en la tierra, cuando todo lo que te rodea, producto de una ideología y de una nación, te lo promete, sublima, acepta, promueve y aparte, provee. En fin, el asunto es que estoy muy de acuerdo con este concepto, pero el que el señor Baudrillard y muchos de sus respetables seguidores incluyan a la pornografía como parte de la hiperrealidad, a mí, ya no me gusta ¿Es mi culpa que el señor sea un genio del análisis pero nunca haya tenido sexo tipo pornstar en la cocina? No no, tampoco es culpa de nadie más, también se vale no estar de acuerdo con las grandes vacas sagradas, para tantos, intocables.
En este mundo hay carne y fluidos, los acompaña el poderoso anzuelo que nos ha dado la evolución para continuar con esa extraña e inexplicable obsesión de que nos sigamos reproduciendo, se llama placer, y todos lo queremos, y sí, hay muchas cosas respetables, pero ¿sagrado? aún no encuentro nada en, abajo, encima, dentro o fuera de este mundo, el único, que pueda ser respetado y temido por simple ceguera y pusilanimidad. La satanización de esta y tantas otras delicias de este mundo se las dejo a aquellos que tienen amigos imaginarios, los religiosos, a los que mejor en este tema no quise meter, no vayan ustedes, y yo, a babear la laptop y morir electrocutados.

Feliz sexo tengan todos ustedes, vayan en paz, la misa ha terminado, ya pueden ser las bestias lujuriosas que en realidad siempre han sido.

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