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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
La escritura prohibida del Yo
Siempre que escribimos, hablamos de nosotros mismos, pero en el medio de la escritura está prohibido que el tema sea uno mismo. Otra prohibición más que hoy me vale madre.
Por Jorge Hill
23 de agosto, 2013
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Para Melissa Morales Ruy Sánchez, mi prima.

Dice la psicología y otras diversas teorías que llegan a tocarse con las artes, que siempre que escribimos o siempre que creamos, estamos hablando de nosotros mismos. Detrás de nuestros actos supuestamente más desinteresados o más espontáneos, parece estar la búsqueda de una mirada ajena a la que podamos decirle “Mira, esto soy yo”, “Mira, quiero que creas que esto soy yo”,  “Déjame verme reflejado en tu mirada para reafirmar que existo, que existo para mí y existo para ti mientras me miras mirándote”.

Aunque todos queremos ser vistos para reafirmarnos, las fronteras que se le imponen al Yo en contextos como el literario y el académico crean una clara prohibición: escribir sobre uno mismo, aunque de todas maneras se esté haciendo. El Yo tiene que ser removido, se deben buscar las más sofisticadas jugarretas para insertarlo en vehículos, en cuerpos construidos para que parezcan ajenos. En el mundo literario existe el recurso del alter-ego, utilizado de la manera más deliciosamente cínica y casi transparente por Bukowski con su Henry Chinaski, por ejemplo. En la mayoría de los cuentos el Yo se convierte en un personaje sin pasado que pasa por una efímera aventura, tal vez se convierte en un animal, en casos difíciles y afortunados, incluso en una cosa, un objeto que puede ir desde lo más cotidiano hasta un Aleph que contiene en una sola mirada el pasado, el presente y el futuro del todo, la mirada del todo desde todos los puntos de vista posibles, la locura de aquello que no cabe en la cabeza. En la mayoría de las novelas y los guiones cinematográficos el Yo se escinde en una esquizofrenia temporal que crea a diversos personajes, son diferentes, a veces contrarios, pero todos tienen una pequeña parte de ese Yo; los Yoes se vuelven amigos, enemigos, se matan, se enamoran, encuentran la gloria o la tragedia, tienen profundas discusiones, aventuras y sexo entre ellos; será entonces que con todo y la supuesta prohibición, la experiencia más onanista y egocéntrica que existe, tal vez sea escribir.

En el mundo de la escritura académica sólo puede existir El Autor, nunca un Yo. La extraña obsesión de las llamadas ciencias sociales por no asumir su naturaleza especulativa-teórica y parecer auténtica ciencia, crea todo tipo de formalidades que parecen querer hacer sentir al lector y al autor que están formulando de alguna mágica manera una ley, o una nueva teoría, el hilo negro, algo que pueda pasar del mundo de las ideas y las opiniones hasta el mundo de lo puro y duro, lo que se repite una y otra vez bajo las mismas condiciones, sin excepciones. Credencializar la opinión, cientifizar la premisa, remover al Yo en un acto de pura formalidad y forma, el paper como ley. Como si a la gravedad le importara un carajo que un Yo esté inserto, o no, en la descripción de sus efectos universales. Un Yo en la academia significa la pérdida de la objetividad, aunque el fenómeno siga pasando fuera del Yo. La academia estructurándose alrededor de una falacia para autovalidarse, qué cosa tan rara…. o no.

A los tantos formatos de escritura ya existentes se unió hace no tantos años el del blog, aún controvertido, aún reciente, aún en jaloneos por encontrar su lugar dentro de lo que es considerado “escritura”. Parece ser que una de las grandes controversias que rodean a los blogs tiene que ver con esas prohibiciones tácitas que supuestamente separan la escritura “seria y profunda” de la “amateur y casual”. Hemos visto la misma historia una y otra vez, aún así el cambio de paradigmas siempre trae controversia, es extraño cómo nos resistimos a aprender que puede cambiar la estructura contenedora, el recipiente, pero lo importante siempre será el contenido; será que nos gusta ver siempre por encimita, la forma, lo formal. Los músicos clásicos gimoteaban como tortuguitas desovando cuando aparecieron los instrumentos y las mezclas de sonidos que crearon el jazz; los jazzeros y los clásicos lloriqueaban por la decadencia humana cuando esos instrumentos se conectaron a amplificadores y surgió el rock; los rockeros, los jazzeros y los clásicos pescadeaban en el piso como truchitas recién atrapadas cuando los primeros sintetizadores y las cajas de ritmos dieron lugar a la música electrónica. Todos lloran, todos gimen por la decadencia de las artes y de la humanidad misma para darse cuenta unos años después que el universo no implotó y que pasó lo mismo de siempre: No es el formato, no es el género, no son los instrumentos. Es la creatividad y el talento lo que separa a lo cotidiano de lo especial, en donde sea, con las herramientas que sean, en el formato que sea, bajo las circunstancias que sean. Lo demás es incapacidad para ajustarse a los cambios, falta de plasticidad, envejecimiento de la mente, falta de visión, anquilosamiento. En palabras más cotidianas y próximas: El Puro Pinche Mame En Eterno Retorno.

El contenido anterior lleva al corazón de este escrito: escribir de uno mismo al no tener mucho más de qué escribir, por época, por obsesión, por permitírselo, porque no pasa nada, porque exponerse a veces puede ser bueno también. Así como a veces me pregunto, basándome de vuelta en el querido Bukowski, lo horrible que debe ser la vida de aquellos que no enloquecen nunca, me pregunto también qué tan terrible debe ser la vida de aquel escritor que nunca tira la máscara, que hasta en twitter debe ser pseudopoético o palindromear como si no fuera uno de los ejercicios más infértiles y aburridos de la historia de la escritura, que vive de las presentaciones de los libros  propios y ajenos, que nunca escribe sobre él o ella, sin fronteras, sin máscaras, pensando que uno mismo también puede ser tema, que si los lectores piensan que es egocentrismo, melodrama o autoglorificación, tampoco pasa nada. El inmenso y hermoso cosmos ahí sigue.

Así es como llego a mi Yo, dándome cuenta que hay gente que pregunta por mí en estos últimos tres viernes de ausencia. Para una persona con altos niveles misantrópicos y una autoestima que rebota constantemente entre una normalidad ligeramente (?!) exaltada hasta un hoyo negro que se lo come todo, la revelación resulta sorpresiva. Dicen que lo malo normalmente viene en paquetes, algunos le dicen suerte, yo no creo en mamarrachadas, sólo estoy seguro del caos molecular y sus consecuencias inesperadas, a veces el caos se inclina hacia ciertos patrones y ya, ¿qué le va a hacer uno?. Llega la materialización de dolores y fracasos de personas queridas, que se sienten como si fueran tuyos; llegan las apariciones súbitas de enfermedades que te hacen darte cuenta que ya no tienes veinte años -pero que eso no te va a detener en el abrazo al caos como si los tuvieras, je, je, je-; llegan las dudas y las inseguridades, llega el confrontar con uno mismo las consecuencias de asumir que relaciones como la tradicional de pareja ya te suenan y se sienten como de la época medieval; llega el momento de afrontar que la gente viene y va, que aquellos a quienes tenías como “eternos” pueden desaparecer ante el pusilánime enganche a los más mínimos caprichos de una pareja neurótica y controladora; de pensar que prohibirse hacer nuevos vínculos, porque los pocos que se hacen, se hacen demasiado intensos, puede ser una de las más grandes estupideces de la vida; llega el momento de despedirse para siempre, con la muerte, se va la tía Gina, la queridísima tía Gina que vivió con nosotros tantos años, que vimos a su hija nacer y crecer, que se fue porque se dejó morir, ya no tenía ganas, de la misma manera como se fue la abuela: ya no querían. ¿Y quién es uno para obligarlas a quedarse? ¿Quién es uno para juzgarlas? dejo eso para quienes creen tener ese nivel de superioridad moral o para quien sí puede juzgar en todo su derecho, prima querida. Entonces todo se vuelve borroso, oscuro, confuso. Se arrastra lentamente bajo las sábanas la sombra de aquello que creías superado y controlado. La cama y la oscuridad se vuelven irresistibles, el mínimo contacto con el exterior se vuelve insoportable, se va el apetito, la música triste se escucha como si el universo te estuviera cantando con voces de planetas y estrellas, un sonido difuso y ominoso como de pequeñas campanas de cristal que te arrullan. El alcohol sabe más rico de lo normal y su estado de euforia se hace exponencial, una gran celebración después de grandes caídas, orgías de sensaciones exaltadas después de llanos de insensibilidad que se perdían en el horizonte. Mandar todo y a todos al carajo porque las exigencias y los estímulos del mundo exterior se vuelven auténtica y autísticamente  insoportables, mientras todo es interpretado como egoísmo, insensibilidad, peor aún, cobardía.

Empezar la salida, que es en realidad un regreso más con nuevos aprendizajes, trae culpa, un poco de melancolía, pero sobre todo la conciencia de que así hay etapas, que pasan, y pasan; la confirmación, una más de tantas y tantas veces, que abrazar el caos y la incertidumbre es lo mío, eso soy, eso asumo, eso es Yo, este Yo ya escrito, reescribiéndose.

Aquí ando de vuelta y la siguiente vez que el caos llegue a lo incontrolable, escribiré como escarmiento y terapia, aunque la obsesión que inunde la mente sólo deje escribir de lo prohibido: de mí.

Buen fin de semana, mucho rock, nos vemos el siguiente viernes.

 @JorgeHill

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