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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
La espiral del ermitaño
Por Jorge Hill
22 de julio, 2011
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(click en la imágen para más osomness)

 

Es poco menos de las 7 a.m. y desde hace casi una hora, a través de la oscuridad y del silencio de todo lo demás, los sonidos de las olas me llamaban desde lejos. Caí rendido ayer muy temprano por el cansancio del viaje, el sol, la organización, la desorganización y muchas menos cervezas de las que tenía en mente. Estoy en un solitario y alejado hotel de Pie De La Cuesta, para la boda religiosa de mi hermana; detrás de la pantalla de esta laptop, un horizonte aún grisáceo es  manchado cada tantos segundos por la espuma furiosa de inmensas olas desde un mar revuelto, tocado de lejos por un huracán que se acercó con peligro, pero no lo suficiente como para echarnos a perder el momento, y al contrario, mejorando el sonido ominoso y profundo que hace alguna ola aleatoria especialmente revuelta y caótica, esa explosión tan fuerte y tan grave que hace retumbar a todo el cuerpo y lo deja a uno estático, no viendo únicamente, sino sintiendo a la naturaleza.

Pienso en el huracán y sus formas, su espiral, su aparición cíclica cada año.

Me pregunto por qué  hace más de 10 años no he visto y escuchado el mar, quedarme rendido ante ese letargo  que causa al verlo, ese “algo” primigenio que se activa en nuestra mente, como cuando miramos el fuego en una noche de fogata con un cielo claro sobre nosotros, como si todo nos dijera “Mira, no lo sabes, pero de aquí vienes, eres esto”. Entonces recuerdo el “por qué”, una mancha mental lo jode todo por un momento: las masas descerebradas de zombies postmodernos y consumistas que han tomado las playas de México y el mundo, sus modos a mi parecer insufribles, su música, sus rituales de apareamiento, sus despliegues de macho alfa y hembra fértil sana; toda esa insoportable “normalidad” que consiste en estar “perfectamente adaptado” a una sociedad profundamente enferma –cita de alguien que no recuerdo-. Esa mancha que lo va devorando todo, desde el territorio físico hasta el mental, parece que ya no hay dónde esconderse, que tiene que limpiarse uno mismo de esa infección cultural para poder replegarse a un lugar conciliador dentro de la propia mente.

Pero en este mi rinconcito, de mi playa, de mi mente, por una hora, tal vez menos, tengo y tendré lo que quiera.

Ayer una ola sacó del mar a una tortuga y la dejó en la arena, era inmensa, la negra y yo corrimos a verla, estaba muerta.

Lo que me pareció muy poco tiempo después, vi algo caminando en la arena, pequeño, se camuflageaba casi perfectamente, no lo suficiente para que se me escapara. Era un cangrejo ermitaño. Lo levanté y lo miramos encantados durante unos 20 minutos. Era perfecto, como todos los demás de su especie: la espiral de su concha aumentando en esa matemáticamente precisa proporción áurea, Pi, 3.1416*. Salía tímido a asomarse para ver qué lo tenía inmovilizado y con sus pincitas me mostró repetidamente su enojo dándome un par de pellizcos inofensivos. Cada vez que se volvía a meter a la concha, su cuerpo se acomodaba de tal manera que patas, cuerpo y pinzas quedaban en misteriosa simetría, el rompecabezas perfecto.

Lo puse en la arena para que siguiera su camino, lo vi alejarse lentamente mientras una sensación incomprensible de nostalgia –¿melancolía?- me llenaba todo, no pude explicármelo y consideré inútil y fuera de lugar ponerlo en palabras en ese momento. Creo que es lo que estoy haciendo ahora.

La iglesia donde se casa mi hermana está a unos pasos y es, más que una iglesia, un techo a media playa con algunos motivos religiosos. No puedo dejar de pensar desde ayer en qué aburrido es un mundo de Dios, un mundo con Dioses, qué básico y qué limitado. Qué poco es el mundo cuando nos lo explicamos a través de un viejillo solitario y vengativo que creó todo esto en unos cuántos días para después soltar su ira sobre su propia creación, de manera incomprensible… y cíclica. Cuántas posibilidades se abren al entender el todo como lo que es: un antiguo juego, el más viejo de todos, que se retroalimenta entre el orden y el caos, que crece y se desarrolla por lo que podríamos entender, en nuestra limitada y humana manera de ver las cosas, en la manera en la que el lenguaje nos permite expresar algo que está fuera del lenguaje y que se revuelve entre el azar sobre la homeostásis que ha dejado el azar anterior, como “capricho”.

OUROBOROS

Pienso en esa palabra que tan seguido aparece en mi vida: ermitaño. Pienso en los ciclos y en las espirales en la concha del cangrejo con ese nombre-adjetivo-pronombre recurrente, en los ciclos y las espirales del huracán, en la tortuga muerta que el mar se llevó otra vez y en cómo ahora mismo debe estar alimentando siguientes generaciones de exóticos bichejos submarinos, pienso en cómo aparecen también esas espirales en las galaxias, allá arriba, al parecer tan lejos pero también aquí, en las formas que se arremolinan abajo, casi a mis pies, en la espuma de las olas que revientan.

Pienso en los ciclos de la vida de mi hermana, tal vez en un par de años haya un sobrino, producto de un valor que yo no tengo, de una esperanza en el mundo “de lo humano” que a mí no me queda y que considero irrecuperable.

Este parásito que somos en el mundo…

A un lado está el libro que traje para terminar de leer, “Los rojos de ultramar”, que narra la historia real entre las conexiones de tres generaciones de una familia y sus contactos entre España y México, todo resultado del exilio tras la guerra civil española y las atrocidades de Franco. Jordi Soler, el autor, amigo de la infancia de uno de mis tíos, aún hay restos de su voz nasal y vivaz rondando por algunos recuerdos de mi infancia.

Todo aquí parece aumentar esa sensación de conexión, esa de la que mantengo rigurosa duda de existencia fuera de la dimensión de la ilusión, esa quimera cuando de mentes humanas se trata y no de espirales.

Pienso en que esto debería ser un escrito secreto, para mí. Pienso en qué clase de escritorsucho sería yo si lo dejo en secreto, si lo dejara todo, siempre, en los horizontes de la ficción o del análisis de lo externo.

Pienso que los días son ciclos y que contienen ciclos dentro de ellos. Lo que significa que la marabunta Ruy Sánchez no tarda en despertar y hacer sus fechorías, la mayoría de las veces, divertidísimas, si me lo permito.

Pienso permitírmelo, ya volveré después a esa concha perfecta y a sus espirales, espejos, hijos y padres de los espirales en todo lo demás, afuera y adentro.

(Si ya llegaste hasta aquí, no te pierdas el video)

 

*Fe de ratas almizcleras: Aunque Pi ya es en sí mismo un número relacionado a la naturaleza y lleno de misterios, me informa Regina, la novia de mi primo Gilberto, que la proporción áurea y la secuencia Fibonacci dependen de Phi, que más que un número, es una constancia matemática. Regina es matemática yo un simple mortal, así que me callo mi hociquín y corrijo.

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