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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
La imposibilidad de alejarse
Por Jorge Hill
30 de noviembre, 2012
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La pequeña comunidad neohumana, agrupada en enclaves protegidos por un sistema de seguridad sin fisuras, dotada de un sistema de reproducción fiable y de una red de comunicaciones autónoma, iba a capear sin dificultades ese período de conflictos. Con la misma facilidad sobreviviría a la Segunda Reducción, correlativa a la Gran Desecación. Manteniendo a salvo de la destrucción y del saqueo lo esencial de los conocimientos humanos, completándolos  ocasionalmente con mesura, estaba llamada a desempeñar una función más o menos equivalente a la que llevaron a cabo los monasterios en la época de la Edad Media; con la diferencia de que no tenía en absoluto el objetivo de preparar una resurrección futura de la humanidad, sino, al contrario, el de favorecer, en toda la medida de lo posible, su extinción.

La Posibilidad De Una Isla –  Michel Houellebecq

Desde adolescente tengo sueños que asocio, no son recurrentes, ya que no se repiten, se llevan a cabo diferentes situaciones en paisajes muy parecidos, o son únicamente los paisajes los que aparecen otra vez, con ligeras variaciones. Esos paisajes también aparecen, espontáneamente, en mis imágenes diurnas. Son visiones de llanuras extensas sin vegetación alta u horizontes que dejan ver ligeramente la circunferencia de esa tierra, completamente agrietada; un lugar donde alguna vez, tal vez hubo un inmenso mar, pero ya no hay nada. A veces son montañas inmensas, negras y polvorientas, ventarrones inesperados desprenden las capas superficiales y nublan la vista y el sol, que suele ser un punto blanquecino y débil en un día que es prácticamente noche. Sé que es el futuro, el sol se ha convertido en una enana blanca y en todo ese planeta, que sé que es la Tierra, ya no hay vida humana, tal vez ningún tipo de vida.

Lo que muchos interpretarían como tristeza o como una pesadilla, me hace revolverme en la ambivalencia, aunque la sensación general no es de angustia, es de cierta melancolía, hay un goce, encuentro algo parecido al alivio.

“Había alcanzado la inocencia, había llegado a un estado sin conflicto, a un estado no relativo; ya no tenía ni objetivo ni plan, y mi individualidad se disolvía en la secuencia indefinida de los días; era feliz.”

Las imágenes se han nutrido y resignificado gracias a muchos años de encanto, no por lo apocalíptico, sino por su desenlace, lo postapocalíptico; escenarios que podrían ser la posibilidad de una reestructuración, de romper de golpe con lo anterior y reconstruir desde la nada, conociendo ya los errores cometidos: las perdidas y terribles ciudades ciclópeas de los antiguos de Lovecraft, que desafían a la física conocida y son hogar de criaturas tan inmensas y tan ajenas a nuestra limitada comprensión del universo, que el simple hecho de mirarlas por un instante puede causar la locura; los laberintos físicos y lingüísticos de Borges, sus libros, lenguas y civilizaciones que nunca existieron, su eterna biblioteca de Babel en la que los bibliotecarios viven y mueren sin conocer otra cosa que una pequeña fracción de todos los libros posibles, mismos que contendrían todas las mezclas de todas las letras y palabras, buscando entre ellos la necesaria existencia del libro que explique el por qué de la Biblioteca, tratando de excluirlo y diferenciarlo de aquellos miles que necesariamente contendrían la mentira sobre la existencia de la biblioteca, la mentira sobre la mentira de la existencia de la biblioteca. Cientos de películas y libros sobre las posibilidades de la destrucción o autodestrucción de la humanidad se amalgaman a esas imágenes, junto a vivencias propias y ajenas, como el malviaje de ácido de uno de mis mejores amigos, con una mente especialmente visual e imaginativa, en el que inmensas mantarrayas con seis ojos se lanzaban como zaetas, planeando al ras del suelo, para alimentarse de su presa: flores que en vez de producir pétalos, generaban cada una, la cara de un niño. Un campo de miles de niños-flor que al ver acercarse a las mantarrayas, lloran y gritan en pánico, sin posibilidad de escape; el horror de lo inevitable.

La futilidad del contacto, lo innecesario de tantas de nuestras convenciones sociales, lo absurdo de tantas de nuestras convicciones, la ambivalencia brutal ante el sexo, la pareja y lo que simbolizamos como amor de todo tipo y categoría; la extraña idea que tenemos de lo que es o no natural, cuando todo lo que pueda pasar, todo lo posible, incluso nuestra autodestrucción, no es otra cosa más que la naturaleza revolviéndose sobre sí misma, dando vuelcos para intentar disfrazarse en donde no hay velos, sólo existe una extensión, omnipresente. De la misma manera es natural, al parecer, el que la humanidad sea uno de los muchos posibles virus universales, una plaga destinada a comerlo todo o a destruirse a sí misma gracias a la degradación entera del cuerpo que ha parasitado.

Todo esto regresa brotando desde los huesos hasta la piel, por momentos, después de intentar suprimirlo constantemente en una vida, sin gran éxito, al haber terminado una fantástica novela que definitivamente se va hoy a mi top 10 “La posibilidad de una isla” de Michel Houellebecq.

Tengan buen fin de semana, porque algo divertido se puede hacer mientras, algo bueno, porque también, es natural, como todo.

 

 

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