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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
La manera en la que discutimos
Cuando se trata de moral, de libertad de expresión y sus contenidos, no es tan importante lo que discutimos, sino la manera en la que discutimos.
Por Jorge Hill
23 de enero, 2015
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Andaba ayer por el World Trade Center y mi vista se clavó en la publicidad de un lugar que ha cambiado de nombre y dueños varias veces, un foro grande de comedia en vivo que ha visto pasar a muchos de los “comediantes” de “la gran familia Televisa”, dejémoslo ahí antes de que se me acaben las comillas. Entre los carteles de los shows que se presentan vi uno de un comediante disfrazado como el típico cliché del indio mexicano: zarape colorido sobre vestimenta blanca, sombrero de paja e incipiente bigote cantinflesco. El título decía algo así muy inesperado y originalazo como “El show del indio (tal nombre “típico”).

En la noche, durante mis comunes exploraciones en redes sociales para encontrar joyas de la interwebz, volví a toparme con un par de cuentas que había visto alguna vez, para descubrir que han generado todo un formato. Las que recuerdo como iniciales son @esdenegritos y @esdputita, pero el “es de” ha dado pie a cuentas de todo tipo y en los hashtags siempre ha sido todo un “hit” (#esdepobres, #esdenacos, etc.)

Hace rato vi a Estefania Vela @samnbk y Luis Muñoz Oliveira @munozoliveira con Carlos Puig, hablando acerca de libertad de expresión y tocaron puntos muy interesantes.

Habrá quien se quede en la superficie, o a medias, creyendo que llamar la atención hacia tal comediante, grupo de personalidades dentro y fuera de internet o cuentas anónimas podría ser un llamado a la moral o una búsqueda de escándalo, crítica o incluso de análisis.

No hay nada más aburrido que pretender que uno “analiza” a un comediante o a una cuenta que busca la risa fácil humillando y discriminando: no hay fondo, no hay nada que analizar. Nada más inocentón que creer que uno está siendo moralista al llamar la atención a comediantes y cuentas que, mientras critican y humillan, efectivamente moralizan y hacen un llamado a formar una comunidad de “normales”, normalizando. ¿Quién es puta y quién no? ¿quién es naco y quién no? ¿quién es puto y quién no? ¿quién es pobre y quién no? y ¿por qué ser uno u otro sería motivo de risa?

La ironía  y la inocencia recae en los creadores de este tipo de contenidos, así como en aquellos que los “regañan” por ser políticamente incorrectos o moralmente despreciables.

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Actual Footage

Esto nos lleva de vuelta a una parte de lo que exponen Estefanía y Luis en el programa. El peligro está en moralizar la libertad de expresión desde el Estado, y al mismo tiempo, la responsabilidad de mantenerla como algo “civilizado” está en manos del ciudadano, diría yo, para no dejarlo únicamente en términos y significantes políticos: de nosotros, como humanos.

Varias veces he escrito por aquí una de mis máximas ideológicas “Si la libertad de expresión no es absoluta, no es libertad de expresión”. Concuerdo con cierta parte de la crítica que lo nombra “una utopía”, yo lo llamo “un ideal”, es camino, no destino -por ahora-; mucho menos es realidad en nuestra anquilosada sociedad que sigue buscando ejercer poder desde diferentes morales, religiones o ideologías circulares: que se calle el que no conviene para quien tiene el poder o “insulta” a quien tiene el poder.

Entonces “Hill, deja de darle vueltas y ¿para qué, entonces, llamar la atención a esos discursos si crees que deben ser permitidos y son válidos?”. Como bien lo desarrolla Estefanía Vela, no se trata de ver el discurso, criticarlo, detenerlo o reprobarlo, se trata de ver “de qué manera discutimos” y qué revela el que discutamos de cierta manera.

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Así nos podemos voltear desde las cuentas, personas o discursos que generan contenido, hacia quién y qué los hacen exitosos o vigentes. Veamos que cuentas de Twitter, Youtuberos, figuras públicas, políticas y comediantes como estos, son tremendamente exitosos, con miles o millones de seguidores que mantienen ese discurso de humillación, reprobación, moralización y normalización de manera vigente, con funciones que normalmente huelen a poder y a cierta perversión sádica, un placer por humillar al otro o por verlo humillado por otra persona, así sea un otro imaginario, incompleto, fracturado y reacomodado de manera útil para los fines, como lo es en la mayoría de los casos.

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Desafortunadamente, muy pocas de estas figuras realmente entienden los términos “personaje”, “parodia” o “sátira” y los mecanismos que los hacen funcionar de manera efectiva, usándolos como motor, justificación y defensa misma de lo que tiene la intención clara y explícita de humillar, con una finalidad que apunta hacia sentirse moralmente superior, más limpio, más sofisticado, tal vez más entendedor. Vamos, un #FAIL con diversos niveles de caídas hasta el piso del absurdo.

la manera en la que discutimos perro fail

Pero, nos encontramos con que no es el discurso en sí, no es la burla o la humillación, esa puede existir, el problema es que sea exitosa, sea desarrollada, crezca en vez de disminuir . Y eso lo logra una comunidad, no un discurso. Una comunidad que todavía cree que una mujer que asume su libertad sexual es “puta”, que un “negrito” es chistoso al ponerle disfraz de feo, ignorante, apestoso y diferente, y claro, en diminutivo; que un pobre es graciosamente deleznable por las actividades que sus ingresos lo obligan a hacer, que un “naco” es digno de humillaciones por ser de cierto modo al que se le ha dado el nombre mismo de “naco”.

Ya que estamos jugando con los negativos de las fotografías, detrás de estas burlas y humillaciones puede revelarse otro fondo, uno que parece decir “Me burlo de una más puta que yo, porque de entrada creo en la existencia de esos seres míticos a los que nombramos como putas y yo estaré en algún número de esa regla, siempre habrá una más puta que yo”, apliquemos la misma fórmula a un “Me burlo de uno más naco que yo…”, “Me burlo de uno más puto que yo…”, “Me burlo de uno más pobre que yo…”, etc.

Como he escrito en otras ocasiones, no es la palabra, las palabras por sí solas siempre están medio vacías. Es el significado que uno escoge para llenarlas y el contexto que las contiene a cada momento diferente. Ahí la infinita inocencia y la obsesiva necedad de quien quiere censurar palabras. Pero ahí siguen, chingue y chingue.

otra vez

La clave no está en que algo que exista pueda ser moralmente reprobable o censurable desde la ley o la moral intersubjetiva, está en ¿qué lo hace seguir existiendo?

Si hay demanda, se crea producto.

Es cuando encontramos los grandes obstáculos para la libertad de expresión y el avance de la cultura en este país y las miles de comunidades que lo conforman , el gran obstáculo que somos nosotros mismos: una comunidad general que no ha aprendido a dejar sus pequeñas y alucinatorias voracidades de poder y estatus, sus propias inseguridades proyectadas en los otros, para aprender a discutir de otras maneras.

Somos, pues, enfermedad que genera síntomas, enfermedad que apunta con reprobación a esos mismos síntomas, sin voltear a ver la enfermedad misma, sin voltear a verse.

El camino se ve todavía muy largo, dolorosamente tedioso, lleno de repeticiones vacías, las falacias y los clichés de siempre, los intentos desesperados por mantener la infección/enfermedad del status quo inamovible al repetir fórmulas cansinas y podridas.

Y parece que no hay de otra mas que seguir caminándolo.

posalaberga

Ya qué.

@JorgeHill

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