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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
La valquiria de la tienda
Cuando un desconocido te pude iluminar el día recordándote que tal vez no todo está tan mal. En mi caso: la valquiria de la tienda a dos cuadras de mi casa.
Por Jorge Hill
1 de agosto, 2014
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valquiria

Esta noche quiero sentarme frente a la computadora, abrir una cerveza tras otra y jugar videojuegos. No tiene gran diferencia con la mayoría de las noches de lo que ha sido mi vida en buena parte, aunque algunos rumores de “party animal” rondan por ahí, entre otros mucho menos dignos o divertidos de dejar crecer o incluso fomentar.

Decidido, después de un callejero brunch de pambazo, tlacoyo y quesadillas -sí, con queso-, pasé a la tienda por algunas botanas, un par de refrescos y la típica dósis personal de cerveza que un súbito e inexplicable pudor me hace omitir de este texto.

La tendera es una mujer voluminosa, de unos treinta y cinco años, medianamente malencarada y goza de un absoluto vacío atractivo.  Pero siempre me ha llamado la atención. Me hace pensar en esa valquiria enorme que se ha convertido en imagen del conjunto de óperas de Wagner, que desgraciadamente es más famosa por “la gorda que canta al final” y por “larga” (sinónimo de “aburrida” para la mayoría de mis contemporáneos y de “insufrible” para generaciones posteriores que no pueden abstraer, mucho menos apreciar, una canción de más de 4 minutos), que por su belleza irrepetible lograda después de 26 años que el genio se tomó para su composición.

Como ofrenda al nibelungo, llamaré “Brunilda” a la tendera, a quien creo que ya había nombrado de paso en algún otro texto de este Congal.

Brunilda y yo no tenemos una relación más allá de lo necesario. Después de un par de años de vivir por estos rumbos, nos vemos una o dos veces por semana en su tienda. Yo compro, ella cobra, nos despedimos.

La primera vez que compré en su tienda pasó la mirada por los productos, hizo movimientos rápidos sobre su calculadora, me cobró y dejó sobre el refrigerador horizontal, que le sirve como mesa para la caja y separador entre ella y sus clientes, una bolsa de plástico. Se volteó y siguió con lo suyo. Comprendí que me estaba diciendo “Tienes manitas, esto no es un Oxxo, esta es mi tienda”. Tomé la bolsa, guardé mis cosas y caminé las dos cuadras hasta mi casa, sonriente. Brunilda me había caído bien. Tal vez estaba poniendo yo, sobre ella, mis proyecciones de resistencia a una de tantas de las cosas jodidas que le absorben la vida poco a poco a esta ciudad y a este país: una economía local, y por lo tanto nacional, hecha pedazos por franquicias tanto mexicanas como extranjeras, una explotación absoluta de los espacios y las personas, unas personas que se han ajustado a que eso es lo normal, es lo que hay; una red cultural, educativa y económica que ahora se dedica a engrasar y perfeccionar esa máquina, a alimentarla de todo lo que necesita para crecer, con las sogas en nuestros cuellos amarradas a su centro y empezando a mostrar tensión.

Una y otra vez he visto la expresión de sorpresa en algunos noobs que habrán pasado por primera vez a la tienda de la valquiria y tienen turno antes que yo. Esperan callados, después impacientes, cuando notan que ninguna cosa va a pasar y que la diosa ni siquiera les dirige la mirada, toman sus cosas y molestos, o simplemente anonadados, logran por sí mismos lo que se lee en su mirada como una humillante falta de respeto: no se les ha atendido como (creen que) se debe, no se les ha mostrado la servidumbre que (creen que) debe haber, el cliente no está teniendo la razón (como se les ha asegurado). El ego que otros han logrado hinchar con fantasías, hipocresía o frustrante necesidad, se desinfla ahí, frente a mis ojos. Sonrío una vez más.

Han sido tantas.

“¿Qué habrá en la cabeza de Brunilda al hacer esto?” he pensado varias veces saliendo de su tienda, ¿será algo completamente diferente a lo que yo creo? ¿estaré ya demasiado obsesionado con mis onanismos mentales que a veces sólo logran deprimirme y desear estar en el lejano oriente aunque sea como barrendero?

Esta noche quiero sentarme frente a la computadora, abrir una cerveza tras otra y jugar videojuegos. Llevaba las cervezas, las botanas, los refrescos y los cigarros hacia el refrigerador de Brunilda. Un trajeado con prisa se me adelantó y puso dos jugos de frasco de vidrio y unas barritas de granola frente a ella, impaciente sacó la cartera y de ella sacó un billete de cien. Brunilda le cobró, rápida, efectiva y dedicada como siempre, le pasó su bolsa y se volteó hacia la tele que ahora tiene en la parte interior y arriba, es para ella, los clientes no la vemos. Trajeado se quedó esperando unos segundos. La impaciencia que ya tenía desde un principio un destello de prepotencia, mostró entonces su fulgor sin disfraces.

-Mis cosas por favor. -Trajeado exigió, levantando una ceja.

-Ahí están, ahí está tu bolsa -contestó Brunilda sin la más mínima muestra de emociones.

Sólo duró un par de segundos, pero pude ser testigo de cómo se transformaba el gesto de Trajeado de manera grotesca, en conexión con eso que parecía romperse dentro de él. Siento haberlo visto todo en cámara lenta.

-¡Increíble! ¡qué servicio, eh! -gritó, mientras aventaba sus cosas a la bolsa y se alejaba con los pasos enérgicos que un bebé hace mientras la hipoxia del berrinche lo pinta de azul casi morado.

Ya casi estaba fuera de nuestra vista cuando Brunilda iluminó mi día:

-Esto no es un Oxxo… cabrón -Dijo, tranquila, prácticamente para sí misma, mientras volteaba a ver lo que yo iba a comprar y hacía sus cálculos.

Es la primera vez que la valquiria y yo nos miramos a los ojos por más de un par de segundos, la noté un poco incómoda mientras habrán pasado tres o cuatro.

Podría haber sido mi mirada, encantada, acompañada de mi cuerpo, manifestando un par de esbozos de aplausos dedicados a ella y a mí mismo que el anteriormente citado pudor limitó y dejó en lo que seguramente habrán sido algunos torpes y ligeramente perturbadores espasmos.

Guardé las cosas en mi bolsa. Me fui, sonriente. Pensando:

Todavía quedan unos pocos.

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