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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Legiones poperas de Cthulhu
La apropiación pop de la obra de Lovecraft y su Cthulhu. La muerte de Eco y su invitación a dejar de ser los idiotas de un pueblo popero exclusivista.
Por Jorge Hill
20 de febrero, 2016
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Sutano se despidió del masivo grupo de Facebook “H.P. Lovecraft historical society” con amargo post, nombrando demasiado meme, demasiada falta de seriedad y una falta de moderación más estricta. La lluvia de memes y bromas cínicas en los replies se dejó caer, y con ellos, mis carcajadas y las de tantos otros. Pobre sutano, no se enteraba que su mismo post ha sido escrito una y mil veces, no se enteraba que estaba siendo cresta en la ola más alta de una marea que viene y va, que se ha visto hasta el cansancio.

La discusión se toma y se retoma en todo círculo que adore a Lovecraft y a su Cthulhu, muchos piensan que se les ha popeado demasiado, y que esto es insultante. Juegos de mesa, videojuegos, peluches, caricaturas, figuras de acción, manualidades originales en Etsy, boards en Pinterest y canciones basadas en sus dioses y en sus cuentos, desde el death metal hasta la electrónica indie. Según quienes se quejan, todo parece conspirar para que olvidemos que Cthulhu y demás antiguos no son los típicos villanos simplones de película hollywoodera, que son manifestaciones abstractas en la mente de un escritor que nos quería recordar, a través de ellos, el horror de un inmenso universo que escapa a nuestra comprensión, el horror de la incertidumbre, la visión de nuestra pequeñez y nula importancia en el gran esquema cósmico.

Culpable me confieso, de todo. Mientras escribo esto miro al lado y encuentro las cajas de mis juegos de mesa “Arkham horror” con sus diversas expansiones y las carpetas del juego de tarjetas “Call Of Cthulhu”, mi cthulhito de plástico me mira desde la orilla de un librero con compilaciones de cuentos de Lovecraft  y tarareo la canción “Lord Of The Deep” de mi exbanda Anhedonia, con mis torpes arreglos de composición y una inocentona letra en inglés dedicada con todo mi afecto de adolescente tardío al gran señor de R’lyeh, y a la profunda memoria de su creador que tanto ha influido en mi pensamiento y gustos. Todo me hunde en un extraño lugar, escindido, entre la nostalgia, la reconfortante complicidad pop en las masas y el osazo. Creerían esos mismos puristas que el horror cósmico y las ominosas reflexiones existenciales a las que lleva han caído en el olvido, diluidas en la experiencia pop cotidiana de superficialidad y consumo. En mi caso, puedo asegurar -y sólo se necesita un par de asomadas a este blog-, que “ni al caso, manos”.

La mortalidad que tanto nos aleja de Azathoth, Cthulhu, Hastur o Shub-Niggurath se llevó a Eco ayer, y la búsqueda en Google explotó. No vaya a ser que las redes sociales nos cachen en nuestra ignorancia. Aquí la captura desde el tuider del Merino:

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La búsqueda traerá primero, desde el algoritmo, lo que a los grandes medios y a las masas atrae: el escándalo y la controversia en sus declaraciones “contra internet” (significado como un “contra todos nosotros”), sus andanzas con prostitutas y las extravagancias de su vida personal que se puedan resaltar, interpretar, forzar o de plano inventar. Lo normal, pues.

Las frases malditas de Eco ya habían causado furia viral y en estos días causarán más: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles“.

Se dirá, se escribirá, se tuiteará y facebookeará que con todo su genio y conocimientos, incluso con sus estudios y escritos sobre la cultura pop, “no entendía internet ni la democratización del arte y los conocimientos”. Y es que es fácil zafarse hoy en día con tan tremebunda y falaz suposición. Bien sabremos que actualmente en las internetz, el método más usado es echar un reply o un rápido comment asegurando, sin lugar a dudas y con arrogancia que ni Eco habría manifestado en sus días, que lo que no te gusta, lo que criticas o con lo que no estás de acuerdo, es únicamente consecuencia de tus “prejuicios” o utilizando diversas intelectualizaciones burbujoides en la misma línea, esas que apelan rápidamente a características socioeconómicas, de género, raza o cualquier condición inherente que “irremediablemente” te obligaría a pensar dentro de un laberinto, mismo del que ellos, los autonombrados y autoglorificados no-prejuiciosos, sí han logrado escapar. No es escape épico con hechos o argumentos que se puedan demostrar en el ejercicio de esta cansina verborrea que sólo reside en el lenguaje, sino cobardona huida repitiendo un “yo sí, tú no” con la esperanza primitiva típica de que las palabras sean mágicas y materialicen los deseos en la realidad. Fácil y rápido, se engloba y se reduce, se ajusta el traje del emperador y se posa con triunfalismo inventado. Patética caminata a través de la fantástica pasarela digital con todo y standing ovation del público que tal vez se sepa no-conocedor o se asuma incapaz de una opinión informada, vociferando que de todas maneras le vale madre, porque YOLO.

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Los esbozos de realidad en las frases de Eco se hacen tangibles ahí mismo, encarnación por repetición y consecuencia de las mismas. Pareciera un experimento para poder encontrar un método infalible que nos deje ubicar idiotas: “Grita ‘idiota’ al aire y marca una palomita por cada persona que volteé tremendamente ofendida, haga un escándalo y quiera convencer a otros de que se les está llamando idiotas a él, a ellos y a todos”. Recuerda un poco al llamado “Efecto Dunning-Kruger” que describe cómo el competente en alguna actividad, disciplina u oficio (algo mucho más tangible y demostrable que “el prejuicio” o “no prejuicio”) se subestima gracias a sus propios conocimientos y como el incompetente se sobreestima por su incompetencia misma, parafraseando al ex Monty Python, John Cleese: ¿Cómo podría darse cuenta un idiota de su propia idiotez si esa misma es su obstáculo?

En mis palabras: A veces uno es tan pendejo que no puede darse cuenta de su propia pendejez. Ni Edipo la tuvo tan trágica.

Pero el mundo pop nos salva una vez más, en mayoría masiva y triunfal le gritamos a esos horrendos elitistas que son un asco, que les hemos arrebatado de las manos sus artes, sus ciencias, sus academismos estancados. Les repetimos en la cara con furia que todos podemos ser todo sin tener que dedicarle ni un poco a la aburrida lectura obsesiva, a la disciplina, a la complicada teoría que sólo nutre estructuras arbitrarias, al oficio o hasta a pulir de manera autodidacta algunos talentos que nos puedan poner en un lugar que otros percibirían como “superior y pretencioso”, ni que fuéramos esos payasos renacentistas que sacaron al pensamiento y a las artes del oscurantismo. No, señor, no vaya usted a cometer la mayor blasfemia en el mundo pop: resaltar un poquito haciendo algo de apariencia no-pop. A lo que hay que aspirar es al camino de los grandes de hoy, los que son famosos por ser famosos o los que convencieron a sus amigos, y después a los medios tradicionales corporativos ávidos de controversia, que son genios sólo por repetir “soy un genio, neta”. De Kardashians y Kanyes está hecho nuestro nuevo panteón de dioses, y cuidadito con que te metas con ellos. El “no entiendes el arte contemporáneo” pasó de ser de élites para convertirse en el “no entiendes por prejuicio” de las masas “empoderadas”. Dos lados, misma tortilla.

A veces me pregunto con auténtica duda y cierta melancolía si gente como Woody Allen o Takeshi Kitano, que no tocan internet o redes sociales ni por error -ni quieren saber de qué se tratan-, serán más “felices” que nosotros, los que popeamos y pendejeamos en diversos grados a diario.

No lo sé, pero somos pasajera pertenencia, fantasía de seguridad y razón en la masa, sobrevivencia en grupo. Mañosa legión que nos embriaga con sus pulques pasaditos de baba: nos parecen nauseabundos en la cruda y tal vez en la sobriedad, pero maravillosos y hasta interesantes, probablemente complejos y profundos, mientras estamos bajo sus efectos. Algunos vamos y venimos, como alcohólicos sociales, otros decidieron instalarse en una rígida y aburrida sobriedad o en la eterna fantasía masturbatoria que ofrece la ebriedad perpetua. Y si bien la relación de poder era desigual con las élites intelectuales y académicas, hoy pareciera haberse tornado al extremo contrario: estamos en medio de una inmensa pedota a la que no se le ve el amanecer, y si no estás hasta el huevo siempre y fundido en la gran celebración como gota de agua en lago, mereces todo escarnio, exclusión y linchamiento virtual frente a esa corte digital en la que ya es muy difícil diferenciar a reyes de bufones. La nave de los locos de Foucault se vació de locos, se llenó de sobrios y navega a la deriva, allá, lejos.

Tal vez a estas alturas ya sólo nos salve un ritual cuando los planetas estén alineados y las estrellas en el lugar correcto. La invocación que despierte al gran Cthulhu mientras hace surgir su ciudad de R’lyeh desde las profundidades, para decirnos que le encantan los peluches que venden de él, aunque lo hacen ver gordo. Acto seguido, -por fin- nos devore a todos.

Somos legión, dejando vidrio roto en la arena para después bailar descalzos en la playa porque all the cool kids are doing it, porque sí, porque YOLO.

 

@JorgeHill

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