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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Llévese su fin del mundo
Por Jorge Hill
7 de diciembre, 2012
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Llévese su fin del mundo, para el niño, para la niña… ¡En la compra de dos el tercero es gratis!

Hay creencias que me parecen restos del humano primitivo, muchas de ellas parecen normales ya que son, justamente, la norma; la repetición y la intersubjetividad las terminan materializando como realidades aunque no exista una sola evidencia que las soporte. Las más representativas son las religiones. Una buena parte de los religiosos, los menos castrosos y castrantes, aceptan que si hubieran nacido en Estados Unidos serían cristianos, si hubieran nacido en algún país árabe serían musulmanes, si hubieran nacido en una comunidad judía practicarían el judaísmo y si hubieran nacido en Japón probablemente serían budistas o seguirían esa bonita y mística tradición de seres espirituales, ese interesante sincretismo al que se llama sintoísmo y que le da a las películas de horror japonés un algo tan ajeno a lo occidental, que termina por maravillarnos y hacernos sentir perturbados, alienados.

¡Ay, ojeras de perro negro!

La parte impresionante de todo esto es que con la siguiente exhalación, el mismo mexicano dirá que sea como sea, “Dios”, la virgencita y Jesusito son los únicos dioses verdaderos de todas las religiones. Si a esto no se le llama escisión esquizoide entonces no sé cómo se le puede llamar -aparte de delirio socialmente aceptado, claro-.

Habiendo tantos de estos delirios realizados por intersubjetividad y normalización, la gente no tiene suficiente, nunca es suficiente cuando de llenar vacíos se trata, el deseo siempre se tiene que mover, siempre tiene que ir tomando nuevos cuerpos y símbolos. A veces, los encuentra en auténticas imbecilidades como las profecías del fin del mundo. Si nos vamos a la historia, podemos ver que en cada final de siglo se temía que el mundo acabara y en la edad media pensaban que se les iba a acabar todos los días, al siguiente día. Todo un show vivir una vida así, supongo, entre la peste, las guerras, la inquisición, finalmente la vida era un pequeño apocalípsis diario.

Así lo retrata Bergman, con Max Von Sydow jugando ajedrez con la muerte-peste

en “El Séptimo sello”

¿Pero hoy qué? ¿cómo es posible que a estas alturas, con la cantidad de información que existe y el supuesto acumulado de conocimientos que tenemos gracias a nuestros antecesores, podamos seguir creyendo en estas mamarrachadas? A quién sabe qué charlatán se le ocurre decir que el fin de un ciclo en el calendario maya marca el fin del mundo, y entonces el mundo enloquece.

Hay que creer tantas idioteces juntas, para poder creer en el fin maya del mundo, que se convierte en un chiste mal contado. Se debe creer, en primera, que hay algo que no está en ningún lado, o sea, que el calendario maya está representando el fin del mundo, cosa que ningún antropólogo o arqueólogo con dos gramos de seriedad diría. Después, se debe creer en las profecías. También, se debe creer que los mayas tenían el poder de predecir cataclismos. También se debe creer que los mayas eran imbéciles o que eran muy trolls o que eran muy pinches pasivo-agresivos, porque dejar como legado sólo una escondida y críptica señal de EL FIN DEL MUNDO MUNDIAL en un calendario… eso, eso es de ojetes malamigos.

La conspiranoia detrás del cataclismo maya tiene toda la estructura de cualquier conspiranoia: los que la creen, sienten que son algún tipo de elegidos, que sólo ellos lo comprenden y pueden ver con claridad lo que otros no, ese narcisismo típico de la paranoia “Yo lo sé”, “Ellos me siguen a “, “Sólo yo puedo verlo”.

Tanto se ha extendido esta suposición automática del poder místico de los mayas, que en Rusia y en Estados Unidos se han tenido que dar algunos comentarios “oficiales” para que le bajen dos rayitas a su desmadre, algunos ya tienen preparado el bunker. De los gringos no me extraña nada, aparte recordemos que a buena parte de ellos se les fue la oportunidad del “Rapture” el 21 de mayo de 2011, día en el que el profeta cristiano Harold Camping quedó “abatido y perplejo” al no poder explicarle a sus millones de seguidores en todo el mundo, el por qué seguían en sus casas en vez de estar codeándose con los angelitos del señor.

¡Wiiii! ¡Mira, mamá, sin pensamiento crítico!

¿Qué pasa con esta necedad de que de la nada el mundo se acabe gracias a algún acontecimiento místico? ¿Será que la gente está esperando con eso una última e irrefutable prueba de sus creencias más endebles?

Más interesante, y mucho más preocupante, me parece el hecho de que sean tantas de este tipo de personas, las que esperan una vida ultraterrena y que piensan que esta tierra es un regalo interminable de Dios, los que menos se preocupan por el lento, pero prácticamente seguro apocalípsis que poco a poco hemos ido creando gracias a nuestros hábitos más cotidianos, a nuestra negligencia. Al mundo se lo va cargando la chingada poco a poco con nuestros contaminantes, con nuestro consumo irracional, con un sistema económico-político que a leguas podemos ver que no funciona y que si se sostiene es gracias a la colusión de la clase política con grupos con poder económico e influencias… ah, pero eso qué ¡El mundo se va a acabar así de bolas! ¡Yo ni tengo nada que ver! ¡Lo dijeron los mayas!

Dios, qué manera de mamar.


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