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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Los beneficios del mitote
¿Qué obtenemos al mantener neciamente la idea de un fenómeno que se nos demuestra como altamente improbable o simplemente imposible?
Por Jorge Hill
4 de julio, 2015
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Uno de los mitos que más me llaman la atención por su absurdo es el de aquel adolescente que murió por chaqueto. Sí, por jalarle el cuello al ganso, por pulir el cohete, como quiera llamarle, el chiste es que el joven de ese mito urbano repetido por generaciones murió por masturbarse.

Cuando yo era adolescente tenía un amigo muy cercano; iba a su casa casi diario y a pesar de que el papá y la hermana medio me odiaban -desde entonces causo rechazo intenso y automático a algunas personalidades-, la madre y reina de la casa me quería, y yo a ella. Comíamos todos juntos como una extraña familia con un añadido, a veces con más, otros cuatro amigos que siempre andaban alrededor. La bandita, pues. En una de esas comidas familiares la madre contó el mito, y lo contó como una absoluta verdad: era el hijo de una amiga de una amiga. Mientras la familia entera aceptaba la historia como una verdad con su tácita lección y amenaza, yo me preguntaba atónito cómo esas personas de clase media-alta, con una educación privilegiada, podían aceptar sin chistar como verdad que un adolescente se desplomara muerto después de 30 chaquetas en el baño de una escuela porque “se acabó su propia energía”.

No me tomó mucho tiempo entender que la aceptación no venía de un asunto de educación, clase u otros privilegios a los que dotamos de algunas cualidades casi mágicas (otro mito), sino que venía de un lugar interno, algo que que compartimos todos de manera psicológica y que a veces se asoma hasta en el escéptico más crítico. La necesidad de un orden superior que acomoda las cosas según nuestra propia moral e ideología es muy difícil de rechazar.

En los niveles más bajos y simples de estas simbólicas esperanzas están las religiones y las supersticiones, esos cuentos que nadie se cree del todo, pero prometen algo demasiado hermoso como para negarse y algo demasiado terrible como para fallar a sus principios. En el siguiente nivel podrían estar los mitos clásicos, y más adelante los mitos urbanos, que siempre se estructuran de la misma manera que un guión de película de terror y bien podrían ser sus antecesores directos: alguien ha hecho algo moralmente reprobable, algo que “no debía” hacer, alguien ha fallado a un cierto orden y fuerzas paranormales, divinas, animales o humanas harán que pague por ello. Esas fuerzas -supongo que sobra escribirlo- son nosotros, nuestro deseo de justicia proyectado, nuestras ideologías y morales buscando hacer encajar a la realidad, a huevo, empujada por nuestros propios términos.

Con esto en mente leía los comentarios de este post de Dana Corres, donde llama la atención a la inmensa cantidad de anomalías en la certeza histórica de la frase “Hoy es un día soleado”, que supuestamente habría dicho Zabludovsky al iniciar el noticiero “24  horas” el 2 de octubre de 1968, día trágico para este país y que no, no se olvida y esperemos que nunca se olvide. No tengo el menor interés en vapulear o defender al difunto, sino a llamar a la mirada crítica hacia los cientos de posts que suponen la frase real, pero sólo remiten el uno al otro en un círculo que no lleva a ningún lado, a la falta de videos cuando en Youtube y otros archivos podemos encontrar lo que se quiera de cualquier época mientras haya estado en televisión, a la incompatibilidad de fechas y horarios, a los estudios que no dicen nada sobre eso, a remitir a las citas pasadas como reales de ese Zabludovsky ficticio que escribe Leñero, disculpándose por todo.  Ante lo que podría parecer una derrota en una acalorada discusión de “Sí pasó – no pasó” y encontrar que la segunda opción es mucho más probable que la primera, empieza la siguiente capa de mantenimiento, se empieza a pensar que lo importante no es que haya pasado o no, sino que significa o representa algo, ese algo que queríamos demostrar desde un principio. Represente ese probable nada un algo o no (tremenda subjetividad en la que nos iríamos a meter), lo interesante es que hemos jalado la palanca para meter segunda, haciendo funcionar el mismo motor, nuestra ideología y moral intentando hacer encajar a la realidad, a huevo, empujada por nuestros propios términos. El todo o nada, los intermedios cómodamente olvidados, de un extremo y del otro.

No se clave con Jacobo, es sólo un ejemplo reciente, que lo mismo da el chef o cocinero que no quiere aceptar que sellar la carne para mantener sus jugos es un mito, a pesar de que está lleno de escritos y videos al respecto demostrándolo con los instrumentos y metodología correcta y rigurosa, a pesar de que se puede demostrar en casa por uno mismo con un buen par de gordos cortes y un medidor de humedad. Al final, las creencias de este tipo, arraigadas e incrustadas en los inconscientes colectivos no hablan necesariamente de nuestra ignorancia o nuestro dominio de ciertos temas, que es justamente lo que querríamos demostrarle al interlocutor. Hablan, creo, sobre cómo el humano es capaz tanto de negar o afirmar categóricamente algo sobre lo que no tiene la menor prueba, siempre y cuando traiga una sensación de razón, de rompecabezas armado, de que allá afuera el mundo funciona gracias a las maquinarias y coreografías que nosotros mismos le hemos regalado.

Sí, qué dura es la realidad, pero creo más duro el que nos vayan a encontrar agonizantes en el baño de alguna escuela por seguir haciéndonos tantas chaquetas mentales.

 

@JorgeHill

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