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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Los carritas de Fucó
¿Son niños o niñas? Unas idas al mercado y varios posts de Facebook dicen todo sobre mis carritas, y mucho más sobre nuestros prejuicios.
Por Jorge Hill
11 de diciembre, 2016
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Para cargar y mover ingredientes, cuando no tienes ni quieres un coche, lo que necesitas es un “carrito” que te acompañe al súper, al mercado y a los lugares donde cocinas. Hace un par de años inicié la aventurilla y pequeño negocio de cocinar a grupos pequeños; mi novia me regaló uno de esos carritos.

Al principio no llevaba el carrito al súper, no era tan práctico. Fue hasta que me acompañó a las primeras cenas cuando me empecé a dar cuenta que su presencia revelaba cositas. Algunas miradas extraviadas, algunas sonrisas, comentarios en secreto que lo señalaban para terminar en risitas contenidas. Lo entendí cuando la gente agarraba confianza o mis comensales eran amigos. El pecado del carrito era tener bolitas de colores, en especial muchas rosas y ser manipulado por un hombre alto, barbudo, pelón, con piercing en la ceja y que parecía no darse cuenta de una tremenda ironía visual.

En efecto, no me daba cuenta. No registraba que yo tendría que tener un señor carro, no una pinche carrita.

Nos cambiamos de casa y el mercado está a dos cuadras. Mi primera ida trajo un “¡Qué chula te ves con tu carrito!” desde la seguridad de un auto en movimiento, también un par de francas risas y señales en el interior del mercado. Llevé la narración a Facebook, donde se generó una nueva capa de revelaciones. Mi carrito era todo un catalizador y a mí me parecía muy pinches interesante y enteretenido. El asunto se tornó en un tipo de experimento para mí, con unos toques de trollismo.

Esta nueva capa consistía en narrar mis experiencias de ida y vuelta al mercado, poner un par de fotos, poner post públicos y esperar. Algunos entendieron rápidamente que detrás de todo el asunto, interconectado por muchos posts, había una crítica a nuestros juicios y prejuicios alrededor de los roles de género, las clases y nuestras esferas de pensamiento. Otros siguieron insertos en la reconfortante circularidad. Sin ser muy beligerante e intentando llevar todo por el camino del humor, preguntaba cosas simples a los comentarios que reafirmaban mi ridiculez o la del carrito, con la intención de llegar al meollo del asunto ¿por qué era ridículo, el carrito o yo? Se imaginará usted, que cuando le va quitando las capas de intelectualización a la cebolla, el centro va quedando claro y visible, ineludible: 1) Tenía rosa y ese color sólo es para niñas y mujeres infantiles, 2) Los carritos de mandado y los mercados son “Para jodidos”, 3) Los carritos de mandado son para mujeres, en especial para señoras… y jodidas, claro.

No faltó quién mencionara que el intelectualizador sería yo. Cómo no podría ver mi propia ridiculez y cómo no podría ver que en realidad estaba enojado, con todo mi narcisismo negador, ante las terribles burlas y embates bien merecidos. Tal vez eso tan claro que se ve alrededor, todos los días en esta ciudad y país, eso que se cruza con géneros, colores, estatus y clases, sería puro producto de mi paranoia; tal vez mi colonia estaría especialmente pinche, tal vez sólo necesitaría un carrito “más masculino”, tal vez todo esto debería ser tratado sin humor, con solemnidad y correccion política quirúrgica para no levantar ámpula en los extremos del espectro; tal vez tendría que hablar más claramente sobre lo que otros y otras querían, sobre “lo que sí es importante”, no sobre mi pinche carrito y yo. La frase “missing the point” pasaba más seguido de lo que quisiera por mi cabeza. “Que fluya solito”, pensé… yaestareadediós.

Al que hoy es conocido como “El carrita gender-bender” se le unió una hermana menor (todo parece indicar que son más niñas que niños, las-los dos), más pequeña y más exótica. Tiene un estampado atigrado blanco y negro con cierto charolazo platinado general.

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Si lo lleva mi novia no genera gran cosa, si lo llevo yo, sonrisitas. Pero sólo ha tenido un par de experiencias, es muy pronto para saber qué tanto nos puede revelar la nueva hermanita. Le nombré “El carrita Fashion Monster” en honor a Kyary Pamyu Pamyu, y que Dios no permita que alguien me cache cantando sus canciones en mi japonés inventado o bailando sus pasitos con absoluta torpeza. Porque ahí sí, lo que llamo en conjunto “Los carritas de Fucó”, gracias al pelón francés a quien le encantaba mostrar lo que las masas no quieren que les muestren sobre sí mismas a través de las cosas con las que creen que las están callando, serían lo menos revelador de mi “jotería” bien eufemizada como medianamente aceptable “ridiculez”.

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El experimento sigue en pie -sólo depende de no dejar de hacer lo que ya hacía-, veamos cómo florecen estas niñas y qué nos siguen diciendo. Un poco sobre mí, seguro, pero más sobre lo que somos en conjunto y dónde vivimos. Un poco sobre lo que decimos que somos y decimos que hacemos, pero más sobre lo que sí somos y sí hacemos.

@JorgeHill

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