Marina y los monstruos - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Marina y los monstruos
La obra de Marina Abramovic, olvidada por los "performanceros" de hoy, nos recuerda qué es un performance valioso y nos da un espejo de la sociedad.
Por Jorge Hill
10 de octubre, 2014
Comparte

Freaks (1932)

Era 1974 y una manifestación artística no gozaba de la mejor fama mientras veía su subida al “mainstream”: el performance. En efecto, la nebulosa disciplina había sido en gran parte un nido de charlatanes y exhibicionistas sin contenido (y lo sigue siendo hasta ahora). Ha sido, también y en mucho menor grado, un lugar de exploración válida e interesante para algunos artistas que han sabido dar y expresar un significado coherente y valioso a través de él.

El performance y otras manifestaciones como las instalaciones, el arte efímero y las llamadas “intervenciones”  en el mundo del arte casi siempre han sido algo así como el Twitter y el Youtube del mundo de la autopromoción y la actuación: lugares de subida rápida a la fama con contenidos de baja calidad que suelen centrarse más en el culto a la personalidad que en el contenido u objeto mismo que dicen exponer o crear; de plano excluyen o rehuyen de las estructuras que le pueden dar un esqueleto rico a su creación para insertarla así en un contexto donde “todo vale” y de refilón hacen una supuesta rebelión (ya vieja y superada desde los 20s y sus ismos) contra lo que llaman con sorna “academia”, interpretada como todo aquello que les exija algo de dónde asirse para una apreciación estética o una coherencia y solidez ideológica, por lo tanto la posibilidad de una valoración cualitativa, una obvia amenaza contra la que se debe “pelear”. “Si no entro en estructuras claras, mi obra no puede ser criticada, para bien o para mal, no hay cómo aprehenderla”, ah, tan mañosillos en esa supuesta volteada de tortilla intelectual, retórica 101 y perecedero autoengaño. Tan redituable a corto plazo y tan inocente como corta la dignidad y vida artística e ideológica de sus autores.

How-Twitter-can-make-you-famous

¿Malo? no, ¿efímero? segurito.

Pero si algo se aprende, también, es que en todas las disciplinas artísticas y todas manifestaciones de la vida, sobre todo en las “nuevas” y de apariencia fácil (no necesitan de grandes conocimientos teóricos y mucho menos de práctica diaria para ser logradas), tenemos un patrón que se repite una y otra vez: hay una cantidad inmensa de basura, hay un grupo más reducido de cosas interesantes y existe una pequeña punta de personas con verdadero talento que logran transmitirlo de manera genuina, original, conmovedora y valiosa. Sí, con esto quiero decir que claro que existe una punta de muy talentosos y valiosos DJs, performanceros, interventores, artistas de lo efímero, standuperos y hasta youtuberos. Que exista una gran mayoría de charlatanes que se suben al tren durante un par de años, en lo que la gente se harta de ellos y son desenmascarados, es otra cosa: nuestra cultura actual de “usar y deshechar” está llena de vivaces y energéticos voluntarios inocentones, y un público ávido de usar y deshechar.

RYTHM 0 (1974)

Marina quiere explorar la relación entre público y obra, decide poner en un salón una mesa con diferentes objetos y quedarse quieta durante 6 horas. En la mesa hay objetos que pueden ser usados para el placer o para la violencia, se encuentra una flor, un perfume, un pedazo de pan, uvas, vino, tijeras, martillo, clavos, una pistola real y una bala real del calibre correcto para funcionar con la pistola.

Las instrucciones para el público son claras: Yo también seré un objeto, pueden hacer lo que quieran conmigo y yo tomaré la responsabilidad de todo durante 6 horas.

Marina se queda inmóvil al lado de la mesa. Algunos la miran de lejos, esperando algo que no llega. Minutos después algunos se acercan y la miran a los ojos. Alguno se anima a darle la rosa, dejarla en sus manos, otro la besa, otros juegan con ella e intentan hacerla reír.

Más adelante algunos se sumergen en la obra y la cargan, le pintan los brazos, otro le hace cortes en la cara y bebe su sangre, otros cargan la pistola, la ponen en su mano y la dirigen hacia su cabeza, le cortan la ropa con las tijeras y la dejan desnuda, la tocan, le pegan cosas en los pezones. Las lágrimas de Marina humedecen su rostro, cuerpo, obra.

063-rhythm-0

Después de las 6 horas acordadas Marina se mueve, regresa a ser persona para dejar de ser objeto. La gente que unos minutos antes la utilizaba ahora le huye, no pueden mirarla a los ojos, no pueden confrontarla, la mayoría sale del salón, apresurados, temerosos.

Con el “regreso” de Marina el objeto de arte termina su manifestación y envuelve la diversidad de significados que se fueron añadiendo durante las 6 horas, la obra no “se formó”, no “se hizo”, la obra iba siendo: el público, creyendo ser público, se ha convertido en la obra misma y su significado es claro: un espejo.

 

Era 1974 y las épocas del amor ya miraban sus ideales caer uno tras otro, no era cierto que “todo lo que necesitas es amor”, no era cierto que “todo era posible”, no era cierto que la libertad y la paz venían. No, lo cierto es que hay poderes más grandes, intereses más grandes, controles más grandes de los cuales tal vez era imposible escapar a través del amor y la inocencia… no, no “tal vez”, definitivamente imposible así.

Me pregunto qué sería de una obra así hoy, en 2014, donde la utilización del humano ya es aceptada e introyectada casi por todos, donde el hombre ya ha aceptado como “normalidad” su función como engrane de una maquinaria y como “fuerza creativa” de 8 horas diarias con una de comida,  donde “libertad” es sinónimo de “vacaciones en la playa una vez al año” y “democracia” de “escoger el mal menor”, donde “humano” se ha resignificado como “cosa”, como número, como menos valioso y más valioso en virtud de su capacidad de consumo y producción de bienes y servicios a consumir.

Los monstruos de Marina Abramovic dejaron la obra, están libres: La obra es mundo.

Sígueme en @JorgeHill

 

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.