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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Ninjas negros, ninja blanco
Por Jorge Hill
22 de febrero, 2013
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Este congalito es presentado de manera corta y nocturna gracias a nuestro patrocinador, la compañía de luz.

Desde ayer nos está apoyando con una descarga eléctrica con fuegos artificiales en mi motherboard, tarjeta de video y pantalla-monitor.

El humo que salió de estos aparatos y que me imagino será para darle un extra visual y olfatorio al espectáculo, se rumora es traído desde el lejano Japón, en donde se utiliza para fabricar las bombas que los ninjas negros lanzan al piso para desaparecer de la vista de sus enemigos o víctimas. Mística técnica que utilizaría la compañía de luz si un ninja blanco, como yo, tuviera la falta de honor de acusarlos de algo, de pedirles que me sea restaurado el daño. Mejor asumirse ronin, samurai sin amo: no hay camino, no hay honor, sólo queda el seppuku.

Yatta! escribo desde una lap que se me presta por momentos, con un procesador que es más viejo que cagar sentado y a la que se debe pedir permiso y echarle besitos a la pantalla para que aparezca lo que uno va escribiendo, es como una distorsión cuántica, una mini-maquinita del tiempo que vive 5 segundos en el pasado. “Cotorro”, digamos, buena manera de darle cierre con broche de oro a este día singular de hacer gastos inesperados, abrir computadoras, cambiar todo, mover cables, respirar pelusa y piel muerta (polvo, le llaman ahora), pero ¿qué importa? todo eso soy yo mismo, un estilo alternativo de retroalimentación, o mejor dicho, de reciclaje.

Mientras avanza lentamente la instalación de mi changarro, que es extenso en cuanto a software necesario, pienso qué escribirles y me doy cuenta que no tengo nada más en la cabeza que mentar madres y rantear sobre esto. Si hay algo que cuido como si fueran mis hijos, ya que medio lo son, son mis aparatejos. Mis “ataris” y teclados para hacer música afortunadamente estaban desconectados, una buena práctica que pensaba obsesiva y que hoy me llena de orgullo y un “ay cabrón… qué bueno, porque ahí sí me muero”.

Mi encuentro real con ninjas negros fue hoy durante el mediodía y parte de la tarde. Pocos tan astutos y maestros en el arte del ninjitsu rapaz y sombrío como los entrenados en la Plaza de la tecnología, ese dojo secreto, escondido entre la bruma tóxica del centro de la ciudad de México.

Las lecturas de Sun Tzu y las enseñanzas de mis respetados y sabios senpai han permitido que guarde silencio y me muestre vulnerable, a veces hasta tonto frente al enemigo; debe pensar que uno es más débil, así mostrará su estrategia y puntos débiles.

Que si esta tarjeta de video, que si esta motherboard, que la manga del muerto, que el precio de importación, que la madre. Después de pasar por tres puestos donde me quisieron ver la cara, finalmente encontré uno decente, donde al final, ya con todo demostrado y probado, pude platicar un poco acerca de que uno de mis primeros entrenamientos, hace ya centurias, consistía en dar mantenimiento y armar computadoras.

Pasé con mis cajas de mercancía recién comprada y brillante como escamas de dragón frente a los puestos que me querían dar sablazos, mi porte como una katana curvada y precisa, mis ojos un par de sais lanzados desde la oscuridad.

El sol naciente se me fue hace horas y aún espera una larga noche de meditación frente a la pantalla y sus constantes y necesarias reiniciadas, pero los dejo con haikus (pinches):

I

Destello fugaz

Otoño de quincena

Mueran bastardos!

II

Sol en pelona

Chacales mudan pelo

Me la pelaron

III

Cadencia lunar

Paciencia de un viejo

Ya quiero chelas

 

¡Abur!

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