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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
El niño ahogado en un campo de pozos abiertos
Ganó Trump y parece que tanto nuestros extremos como nuestros intermedios ya quieren empezar a hablar de lo fundamental. Yay o too little too late?
Por Jorge Hill
19 de noviembre, 2016
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Parece haber algo fundamental en el humano, estará en nuestros genes, en la manera en la que procesamos el pasado y su relación con el presente, en cómo tomamos las decisiones cotidianas y ponderamos -o no- sus consecuencias inmediatas y a corto plazo en la máquina disfuncional de la que somos parte. Parece que somos, en masa, incapaces de vernos a nosotros mismos como parte de ella.

“Ve nomás a este pendejo”, y parecidos, leí incontables veces en internet ante aquel “incendiario y viral” video del tío Zizek, en el que afirmaba que si fuera estadounidense, votaría por Trump. Como es costumbre, ahí es donde se quedó la lectura de tantos: ¡El pendejo mamón este votaría por Trump! ¿Qué no era deizquierdas? No soy tan fan de Zizek, ni de nadie que siga utilizando la mítica religión perdida pseudocientífica del psicoanálisis como parte o todo de su método, pero se necesita ser casi igual de circular y sectario que un lacaniano de hueso colorado para dejar pasar desapercibida, o de plano ignorar, la idea central que manifiesta en esos pocos minutos el último filósofo rockstar público que nos queda. No es tan complicada y alude a las bases primarias del aceleracionismo: estamos tan jodidos como especie y tan avanzados en lo profundo de un sistema disfuncional y autodestructivo, que tal vez, la única manera de salir de él sea llevándolo a sus últimas consecuencias. Revelar el grotesco desde sus entrañas y no dejar que nadie se pueda seguir tapando los ojos. Gore.

“Qué crueldad”, leía también por ahí. La ironía. La auténtica crueldad sería seguir perpetuando y amando a un sistema que todo se lo come, que todo empobrece, que todo esclaviza, que no se va a detener solo y que depende de la voluntaria ceguera de sus mayorías, de sus impulsos irracionales diarios y de sus individualismos, de sus incapacidades para salir de la cámara de eco dentro de sus miles de grupos separados.

Más perturbador aún, el anacronismo e ignorancia de tantos críticos a los críticos del capitalismo neoliberal y la democracia no-representativa actual. Ellos creen que sólo existen, como seguras opciones del crítico, regresar al pasado, al satanizado comunismo o al socialismo, que no hay para adelante, que esto es lo que hay y que esto es el todo. Otra cámara de eco. No se puede ser tan duro con ellos y sus prejuicios, es cierto que tenemos a demasiado rebuznocionario marxista ortodoxo, igual de anacrónico y trasnochado, haciendo lo suyo en redes sociales.

Fueron muchos de los mismos individuos -no es hipérbole, falacia o meme-, medios y discursos generales que pendejearon al tío, los que unos días después de la sorpresiva e inexplicable -¿neta?- victoria de Trump, quienes empezaron a hablar y escribir sobre “repensar” nuestras bases, nuestros sistemas más arraigados, nuestros mitos sesgados y mañosos con agenda bajo el brazo sobre un Trump que sólo habría llegado al trono del poder “por odio, misoginia y racismo”. Sí, los mismos, la izquierda progre radical y la derecha ultraconservadora, esos dos que tienen desde hace más de una década hablando a los medios y hablando a través de ellos. Las dos grandes voces separatistas de nuestras épocas contemporáneas que ensordecen a todo lo demás. Trump habló al inmenso hueco entre ellos, sí, con lengua viperina. El hueco escuchó. Hoy, los extremos empiezan a escuchar al hueco, no les quedó de otra. Anti-zizeks zizekeando. ¿No es maravilloso, desde lo histórico, hasta lo negro e irónico?

Trump es hoy, en este texto y tantos otros recientes, no el individuo, sino el resultado y símbolo más representativo de una revelación, de un rompimiento y colapso que cada vez nos queda más claro. Es el no de Colombia, el sí al Brexit, el África sólo recordada en documentales de elefantitos, el oriente medio destruido que contraataca con terror, el regreso de la mano dura y fría tanto en una latinoamérica siempre atrasada como en una Europa que ya no evoca al París lunamielero o a aquel de exquisita intelectualidad de Cortázar y de tantos otros artistas, el fin de la Venecia de góndolas, de los banquetes en pedregosos riscos mediterráneos, los coloridos tulipanes y la cabaña suiza; el fin de aquel oriente místico, poético y contemplativo, de orgullo en la comunidad, que hoy se reviste de grupitos boyband poperos occidentalizados, individualismo, extrema soledad y efímeros lujos compensatorios. Tal vez nunca existieron fuera de una idealización inocente o del prejuicio ignorante, pero las realidades que apuntalaron esos mitos, hoy son ruinas recientes o lanzas con puntas al rojo vivo que regresan para recordarnos dónde estamos parados: a espaldas de un barranco que sólo necesita un pequeño empujón.

De auténtica, unificada y funcional globalización digitalizada, ja, ni hablemos. Sueños húmedos de utopías marca Silicon Valley que el sobrevalorado entrepreneurismo contemporáneo ha convertido en los nuevos grandes tiranos.

Los monstruos de verdad, como el símbolo trumpista materializado, no se hacen en un día, tienen un pasado complejo e interconectado. Tampoco son personas, son ideas y son resultado de nosotros mismos. Somos nosotros, y nuestra inconsciencia, quienes los creamos.

Ahogado el niño, tapado el pozo. ¿Por qué esa renuencia animal a no ver el campo inmenso que se pierde en el horizonte frente a nuestros ojos, plagado de pozos abiertos? Será que somos especie fallida acercándonos más a lo irremediable de nuestra era y tocando lo inherente, o será que la esperanza es lo último que muere, y que la última esperanza es que caigamos todos en el mismo pozo.

No sé y me inclino por la primera opción, pero lo importante e interesante es que parece que ya podremos empezar a hablar globalmente de manera más abierta y profunda sobre estos temas fundamentales, que tienen mucho tiempo esperándonos, sin tener que recibir tantos “pinches locos” y “pinches pendejos” de aquellos que miraban con encanto cómo los niños se ahogaban uno tras otro.

Ya era hora. ¿Albricias?

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¿”Yay!” o “Too little, too late”?

@JorgeHill

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