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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Nosotros, los mamertos del arte.
Todos podemos y debemos dar nuestra opinión, sobre lo que sea. Pero ¿es lo mismo una opinión a un análisis en el arte? Ah, las pasiones y sus traiciones.
Por Jorge Hill
11 de octubre, 2013
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you sir

No sólo estoy convencido que todo mundo puede dar su opinión sobre el tema que sea, incluso si no lo conoce y se basa en sus primeras impresiones; también estoy completamente convencido que todo mundo debe hacerlo, eso te interna en el tema y te hace parte de él, tal vez sea el primer paso para interesarse más y buscar más al respecto, hacerse de contextos más amplios y siempre en crecimiento, así lograr lecturas cada vez más profundas y diversas.

A muchas personas les molesta la apertura que ha dado internet, la frase “ahora cualquier pendejo puede dar su opinión” es cosa de todos los días para los que se quedan en el paradigma anterior. Estos, no se han dado cuenta que “cualquier pendejo” siempre ha podido dar su opinión y llevan dándola toda la vida, sólo que anteriormente, el pendejo en cuestión estaba legitimado por algún gran medio o estaba lleno de credenciales que en tantos casos sólo sirven para adornar una pared. Bien dice la frase, por ahí “El doctorado no quita lo tarado”. Pendejos auténticos, pienso, son aquellos que no se han dado cuenta que mantienen en adoración y rinden pleitesía a demasiados pendejos subidos en pedestales de papel.

Pero, el asunto de la opinión no es cualquier cosita. Cuando escribo acerca de que cualquiera puede y debe dar su opinión, y que es completamente válida, me refiero a una opinión en el sentido más estricto del concepto. No una opinión que se quiere hacer pasar por argumento, no una opinión que termina siendo una típica falacia informal, no una opinión que busca invalidar o validar estructuras, formatos o teorías. No, no. Esas no son opiniones, esas son mamarrachadas típicas de aquel que no sabe decir “me gusta” o “no me gusta” en vez de buscarle chichis a las lombrices y tratar de hacer pasar su gusto o disgusto por un picudísimo y deconstructor análisis.

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La opinión es un sentir, es una impresión que no pasa por lugares muy análiticos o profundos de la cabeza, es como ver en la calle un par de redondos y macizos glúteos que se contonean de un lado al otro y llegar a platicarle la situación a tu amigo con un “Acabo de ver las mejores nalgas de los últimos meses” y no un “Encontré una mujer que llena todas mis expectativas, incluso intelectuales, y creo que estoy enamorado”. No, no mamen. Si vas a opinar, entonces opinamos por arribita, por lo que se ve y se siente. Si vamos a analizar y nos vamos a clavar, entonces analizamos y nos clavamos hasta donde nos lleve el abismo, y no hay vuelta atrás, no hay de que “No, ya spérate manito”, nada de “Pero no te claves…”. No.

Pero ¿cuál es la diferencia entre una opinión y un análisis o un argumento a favor o en contra? muy fácil: para analizar se deben de tener bases, esas bases suelen ser teóricas. Todo arte, todo entretenimiento, todo oficio y toda disciplina tiene detrás mucha, mucha teoría. Ah, pero ahí sí ya nos da hueva. Ah, pero también queremos opinar y darle peso a nuestra opinión como si de un análisis se tratara.

Conozco “melómanos” y conozco compositores y músicos. Los primeros suelen llenar de terabytes de mp3 sus discos duros y darle una pasada a cada una de las miles y miles de canciones que tienen, conocen muchísimo, pueden ser bibliotecas andantes de música, lo suyo es conocer y conocer. No tiene nada de malo. Los compositores y los músicos académicos están más interesados en cómo se forma la música, la teoría detrás de ella, eso que muchos melómanos no músicos y público en general a veces ven como “magia” ¿cómo se forman esos sonidos? ¿cómo se forman esas armonías y esos cambios melódicos que nos pueden llevar desde un abismo hasta la euforia total? Lo que a muchos no les gusta ver, es que detrás de eso hay teoría, y la teoría musical es prácticamente matemática, su fondo es completamente científico, la música se puede entender lógicamente.

De la misma manera, el cine, la literatura y todas las artes, así como el lenguaje y tantas cosas que parecieran “abstracciones” desde una visión idealista y romántica, se pueden entender desde una lógica, desde un esqueleto base estructural sobre el que se mueven escondidos músculos y órganos. Lo que vemos, el resultado final, es la piel, un cuerpo funcional. Pero es sólo la capa externa.

A algunos nos gusta abrir la piel y picotear los músculos para ver cómo funcionan, quitarlos y mirar los órganos, tratar de entender qué hace cada uno y cómo funcionan y se retroalimenten entre ellos, llegar hasta los huesos para ver la estructura primigenia, las articulaciones y los pesos que soportan.

En un mundo actual pop de música con esqueletos endebles, con cine para desconectar el cerebro en vez de conectarlo, con fast-art hecho para usar y tirar al igual que casi todo lo que se nos vende, con melodías para escuchar de fondo mientras se platica y con una tendencia general a lo que se resume simplemente en “no pensar” y “no analizar” en absolutamente nada de lo que nos rodea, hoy por hoy, nosotros, los mamertos, los pretenciosos, los pseudointelectuales, los snob, los alzados, los puristas, los académicos y otros adjetivos y falacias ad-hominem que de fondo no argumentan ni dicen absolutamente nada, somos los que exigimos que lo poco que queda de artes, entretenimientos y teorías para pensar, no sólo se mantengan, sino que crezcan.

En un mundo en el que se confunde más y más la opinión con el análisis, y la opinión con el hecho de tener contextos y recursos lo suficientemente vastos como para poder darle no sólo una, sino diversas y muy diferentes lecturas a un sólo esqueleto, los que exigen son los indeseables. “No está cool, no está padre, weee…”. El pensar y el sentir como oposición binaria fantástica en su más funcional brutalidad.

Las funciones son claras: de un lado vender, del otro consumir; de un lado normalizar, del otro legitimarse como un satisfecho normalizado, ser parte de algo; por un lado producir en masa a través de formatos simples, por el otro disfrutarlos porque no nos exigen demasiadas conexiones neuronales. No pensar está bien, está de moda, es aceptado, es correcto, es lo que se espera de ti, es lo que se glorifica y es lo que le da más combustible a este mismo motor autoalimentado. La millonaria máquina de no pensar que a cambio te da un sentido de pertenencia, un cómodo y calientito lugar en el que el otro es un satisfactorio espejo, casi un clon, un doppelganger que sin ser uno mismo, se convierte en una confortable y placentera extensión de nuestro ego.

Hoy, creo que es importante poder aceptar y asumir que no sólo todos pueden opinar, sino que deben hacerlo. Pero que no se debe confundir un “no me gusta” o “sí me gusta” con una disección.

Aprendamos a decir “no me gusta” y “sí me gusta” en vez de estar soltando una sarta de mamarrachadas sólo para intentar validar una opinión.

Noticia: la opinión no necesita ser validada, es eso, una opinión.

Deje usted de lado el ego y si va a opinar, opine, si va a meterse al pedregoso terreno de lo argumentativo y analítico, lleve sus rayos X y sus argumentos, contextos, lecturas, disecciones, mapas de funciones y articulaciones… no opiniones.

Para más “mamertadas pretenciosas” puedes seguirme en @JorgeHill

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