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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Nosotros, los robots
Otra revolución "copernicana" estaría en puerta y a la gran mayoría no le parece bien aceptarnos como lo que probablemente seamos: máquinas sin destino o finalidad.
Por Jorge Hill
6 de agosto, 2016
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Le dije que han habido varias revoluciones que nos han ido acercando a la certidumbre de nuestro no-lugar. La revolución copernicana nos sacó del centro del universo, la darwiniana nos enseñó que somos animales y que muy poco tenemos de especial, la freudiana nos mostró que ni siquiera somos completos dueños de nuestra propia mente.

Es un error común de toda época y de cada ego creer que se ha llegado al pináculo y que no nos esperan otras revoluciones, que no estamos viviendo una. Se ven a lo lejos, se acercan poco a poco y sin parar causando el horror de conservadores y el temor intelectualizado hasta de los que se dicen progresistas.

Me interpeló con lo que llamó “consecuencias de la ciencia” y usó el ejemplo de los estudios científicos de género o raza, de nuestras similitudes y nuestras diferencias. Le preocupaba, como a aquellas personas de hace unas cuatro décadas, que la ciencia encontrara diferencias en nuestros cerebros. No se había enterado que esas ya son noticias viejas y que sólo los políticos y los ideólogos utilizan verdades como estas para ponerlas en puntas de lanzas cargadas de intención y de agenda. Tener diferencias generales físicas no nos hace, o debería hacer en un mundo no tan idiota como el actual, menos o más ante derechos y oportunidades. Uno pensaría que la gente se tomaría en serio el mantra que a veces repiten tanto a la ligera “Abracemos a la diversidad”.

Bien dice Steven Pinker, uno de nuestros genios vivos, que las verdades son sólo verdades. Que la verdad no puede ser sexista, racista, clasista o ningún tipo de “ista”. Son los políticos e ideólogos mismos quienes las revisten, quienes hacen armas de ellas, quienes le temen a la piedra y la usan después de conceptualizarla como arma.

“Consecuencias de la ideología y del poder, de nuestra evolución incipiente u otra manifestación de nuestra especie fallida. Casi seguro que todas las anteriores al mismo tiempo. No de la ciencia”, respondí. Terminé con otra de esas obviedades que parecen escapar tan fácilmente a los ideólogos actimismos actuales: “Einstein hacía ecuaciones y teorías para entender el universo, no hacía bombas”. Me imagino, por su silencio pensativo, que habrá comprendido la analogía que cubría como manto a toda una manera de no-entender, o de forzar el mundo a un pequeño cajón ideológico, a la deshonestidad intelectual que mantiene a algunas personas con una única herramienta mental ideológica.

Cuando sólo se tiene un martillo en la caja de herramientas, todo empieza a parecer clavo.

Hay quienes terminan rezándole a Dios Clavo y predicando su palabra. Todos deberíamos ser clavos y habría que clavar a quien se resista, concluyen.

Parece que la revolución actual sigue siendo inaceptable para muchos: Somos materia acomodada en una máquina que no ha llegado al nivel evolutivo -y tal vez nunca llegue- en donde se pueda ver a sí misma como algo poco complejo, que funciona en los niveles que nos parecen “superiores” sólo gracias a un tipo de programación en un código genético que permite la autoreplicación con pequeñas variaciones al azar, logrando una complejidad mayor a través de millones de años. Muchas otras veces, logrando individuos y especies enteras que no resultaron adaptables a su entorno, desapareciendo por completo. Impensable para conservadores y religiosos, demasiado ominoso incluso para actuales progresistas ideólogos a los que poco suele importar la realidad pura y dura cuando no se puede ajustar a su pequeño cajón de ideas, utopías, limitaciones moralinas y mundos ideales. Parece que con todo y nuestros avances, con todo y nuestras lecturas, con todo y nuestras sofisticaciones, queremos seguir encontrando algún tipo de alma, una inteligencia mayor que nos guiaría con mano invisible o que sería nuestro ideal escondido, que habría en nosotros potencia y allá afuera habría un acto al cuál llegar. Que en esta época donde se manipulan partículas subatómicas y pocos misterios quedan, todavía habría lugar para misticismos y metafísicas, aunque algunos las disfracen de filosofías o agudas ideologías. Otra revolución tendríamos allá a lo lejos, muy lejos. A unos aterra, a otros nos hace suspirar con la nostalgia de lo que nunca se ha tenido: la muerte de la ideología y los poderes que hacen uso de ella, la entrada al reino de las verdades puras e ineludibles.

Parece, entonces, que no habrá gran amor, respeto o aceptación para nuestros hermanos robots en el futuro próximo, cuando sean prácticamente indistinguibles de nosotros. No podría haber aceptación para ellos si no hay aceptación de nosotros mismos y nuestra propia naturaleza como maravillosos, magnánimos, complejos y al mismo tiempo simples,  pequeños, previsibles, deshonestos y mañosos robots sin programador o armador a la vista, aprendiendo a hacer “artificialmente” lo que llevamos millones de años haciendo “naturalmente”: a otros a nuestra imagen y semejanza.

Parece ser la repetición inevitable de las maquinas sin destino, propósito o camino. Absolutamente libres, absolutamente aterradas de nuestras propias verdades, absolutamente aterradas de nuestra absoluta libertad.

@JorgeHill

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