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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Obra, autor y justicieros sociales enardecidos
Nuestros justicieros sociales, su confusión obra-autor y sus llamados a la quema de cultura. ¡Edad media here we go!
Por Jorge Hill
14 de mayo, 2016
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“Nadie debería leer a Bukowski, era un macho y un alcohólico amoral”, rezaba más o menos el RT que llegó a mi timeline de Twitter hace unas semanas, uno más de tantos en una oleada de “llamados a la justicia social” que va y viene en los últimos años. “¿Y quién pensará en los niños?”, pensé yo.

En los últimos días también he visto en Facebook, Twitter y algunos medios el “indignado” llamado a sabotear la obra de Woody Allen por “violador, pederasta, poderoso intocable y pretencioso elitista”, después del ya sonadísimo ensayo que escribió Ronan Farrow.

Podríamos preguntarnos, muy indignados nosotros también ¿cuándo empezó el mundo a partir de la presunción de culpabilidad en vez de la presunción de inocencia o de un simple y real “yo ni sé”? Pero los inocentes seríamos nosotros al preguntar eso, la respuesta es: siempre, por eso se necesitan órganos del estado que se encarguen de dar juicios justos a los presuntos culpables, partiendo de la presunción de inocencia y obligando al acusador a que pruebe lo que acusa; sí, eso de “inocente hasta que se pruebe lo contrario”. Sin este mecanismo, el mundo sería cárcel. Un mundo que al parecer, adorarían muchos justicieros sociales de hoy, esa turba que “evolucionó” sus trinches y antorchas hacia iPhones y laptops.

No se confunda, no tengo el menor interés de defender crímenes o actitudes reprobables de ninguna persona, sea quien sea. No a un Bukowski, cuya obra me encanta y de quien existe suficiente material, incluso filmado, para demostrar que era maltratador de mujeres, machote y violento. Lo de “alcohólico y amoral” no sé a quién coños pudiera interesarle como cosa horrenda u horrendo defecto en un autor, a menos de que sigas con una moral victoriana o una visión sobre la vida y las artes que no sobrepasa la punta de tu propia nariz, o que no te hayas asomado a la vida común y normal de buena parte de los artistas de todas las épocas. Quién sabe qué sería del arte si todos fueran como sus juiciosas majestades, muy adaptados a una sociedad profundamente enferma. ¿Defender a Woody Allen? ¿como para qué o qué? Yo no sé, ni tú, ni nadie más que Allen y su hija, si en efecto “la tocó de manera incorrecta”. Lo mismo con Polanski, lo mismo con miles y miles de artistas y no artistas. Hay que acordarse más seguido de aquel histórico caso de la Rolling Stone, que en vez de hacer reportaje e investigación con rigor y criterio, se subió al popular ariete contemporáneo de la indignación compulsiva y la supuesta justicia social bajo pantanosos términos, para terminar su aventurita en consecuencias terribles para todos los inmiscuidos, y una lección extraordinaria sobre el rigor periodístico, la subjetividad, la irresponsabilidad de los medios y la impulsividad de las masas ante las imágenes mediáticas.

Hoy, no asumir sin chistar la supuesta maldad y perversión de quienes son mostrados así por los medios o familiares y amigos en discordia, es ser inocente, idiota, justificador de crímenes, cómplice y parte del problema. La impulsividad está subida en la montaña rusa y no se quiere bajar porque ahí todo se siente muy bien, muy rápido, los hechos se ven de lejos y los cercanos se dejan atrás rápido, rapidito, saetas ya olvidadas en un parque de diversiones creado para no tener necesidad de contextos y demás tontísimas complicaciones de la vida.

Dos consecuencias graves traen todos estos asuntos, en lugares muy diferentes. La primera es el empuje y presión de las masas “empoderadas” para que estado y sus órganos partan de la presunción de culpabilidad, una puta locura que nos llevaría de vuelta la edad media y a esa inquisición que tantos parecen extrañar un chinguísimo… hasta que se vuelve en su contra y “ay, ¿¡pero khé pashó!? Si yo aquí era el bueno”. En segundo lugar, casi tan grave, está el llamado a la quema de arte y obra por lo que se piensa, se cree o se sabe sobre la vida, hábitos o ideologías de sus autores. Si no puedes ver, escuchar, tocar o leer la obra de un autor porque sus vicios o virtudes personales te causan repulsión, e incluso llamas a que se destruya o a su sabotaje, has perdido toda visión de lo que es el arte y su apreciación. Has caído en dos de las más primitivas trampas autoimpuestas: confundir obra con autor y poner tu moral subjetiva -como la de todos- sobre la de los demás. Un consuelo de tontos se tiene: ser mayoría. Felicidades.

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La crítica común a estas ideas es que no podemos apreciar obra sin autor, que las artes serían sólo un muégano sin identidad si no pudiéramos diferenciar un autor de otro. Es triste ver que todo este tipo de respuestas, las grandes respuestas a este problema, sean únicamente falacias que muestran en sí mismas la incapacidad de salirse de un ouroboro o la muy consciente necedad mañosa de mantenerse ahí, normalmente como último y endeble recurso retórico para impulsar la propia ideología.

  • Si una obra no puede hablar por sí misma, sin ayuda de interminables choros posmo de su autor o entusiastas, poco valdrá como obra y arte. A menos de que seas uno de esos tantos que “aprecia” cubetas de plástico en MACO.
  • lesperNo todas las obras tienen una carga ideológica, si tienen una carga ideológica bien puede ser una contraria al autor o simplemente otra.
  • La historia y la actualidad del arte está llena de seudónimos, de artistas anónimos, de personajes, sátiras, parodias, trolleos, inventos, inventados e inventadas, abstracciones camp que hacen tributo y crítica en el mismo cuerpo. ¿Les pedimos identidades reales, cuestionarios sobre sus ideologías, constancia de que no nos están choreando y constancia de no antecedentes penales o de probables futuros crímenes?

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  • Nos enteramos más a fondo de “la vida” de algunos pocos artistas únicamente si fueron o son famosos, hay contadas excepciones. ¿Ahí sí nos importa ya y esa información es relevante para la obra? ¿Sólo cuando creemos saber sobre el autor? ¿Qué será de la vida e ideologías de todos los miles de integrantes de todas las bandas que te gustan?… Exacto, ¿a quién le importa? No tiene relevancia alguna.
  • Los autores cambian de ideologías durante el tiempo y la mayoría no tienen el menor interés de estar avisándole a nadie sobre eso. Son personas bastante comunes como tú y como yo, aunque quieras satanizarlos o endiosarlos, you know? 
  • Muchos artistas, tal vez la mayoría, han hecho obra desde la cárcel, la soledad, el “manicomio”, la manía sin control, la depresión, el  hambre, la intoxicación, la psicósis, la “perversión”, la alienación o la exclusión por las causas más justas e injustas.

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Recordé que en un libro biográfico de David Lynch se relata que el director creyó alguna vez haber descubierto el secreto para crear un motor perpetuo, cosa que salvaría a la humanidad. Cuando intentó patentarlo le explicaron con mucha cortesía por qué su invento no funcionaría. ¿Qué hago, justiciasocialeros? Bajo su lógica ¿dejo de ver las películas de uno de mis artistas favoritos porque qué pinche oso, güey?

Los fanboyismos que protegen ciegamente a autor-persona en vez de a obra-cultura y las enardecidas justicias sociales que llaman a las quemas de los dos, son manifestaciones de lo mismo, dos caras de una moneda. Unos de un lado y otros del otro en el mismo vagón de un descarrilado tren de motor perpetuo alimentado por puro mame, dispuesto a satanizar o a endiosar a quien sea, las teles bien prendidas, las revistas y páginas de escandalitos de celebridades bien abiertas.

Se habla, en el caso de Allen-Farrow y algunos otros, de un problema de poder, donde aquellos -pocos- poderosos de Hollywood o del arte mundial serían “casi intocables”. Este es un problema aparte, con sus propios problemas internos, y al que habrá que ponerle mucha atención. ¿Esto hace automáticamente culpable al autor que sea o de alguna manera justifica el llamado a la destrucción o sabotaje de su obra?

Ahora, puedes usar los ya típicos súperpoderes postestructuralistas que la Francia intelectual setentera le ha dejado de legado al merolico mundo del social justice warrior e “interpretar” muy libre y salvajemente, casi artísticamente, que este texto y cualquier otro parecido, en realidad son una defensa a las fallas éticas o a los crímenes que seguramente cometieron las personas mismas Woody Allen, Polanski, Bukowski y cualquier otro a quien tu antorcha ilumine el día de mañana.

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¡Voilá, posmomagia!

@JorgeHill

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