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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Por eso no puedes tener nada bonito
Está arraigado en nuestra cultura el no poder tener nada bonito, porque lo rompemos. ¿Así es en todos lados? ¿así debe ser? ¿no hay de otra?
Por Jorge Hill
29 de noviembre, 2013
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Vending Machines in Kamakura

Máquinas vendedoras de refrescos y pequeños postres coloridos se encuentran en las ciudades, en los pueblos e incluso en las carreteras. No han sido vandalizadas, no se ha intentado robar los productos o el dinero que está dentro de ellas. Están,  de hecho, limpias. Obviamente esto no es México, ni siquiera occidente. No es una sociedad utópica de alguna novela de ciencia ficción, tampoco es la romántica sociedad que proyecta Zeitgeist o el Venus Project. Es Japón, que con sus muchos problemas, como todo país, parece encontrar -o por lo menos buscar- ese difícil ejercicio mental que hace entender a la mayoría de sus individuos que existen los otros, y que aunque no estemos de acuerdo con ellos, o incluso los odiemos: son, existen y tienen los mismos derechos que los demás. Asumir esto para la generalidad, no sólo de la raza o el país, sino de manera universal, hace que una sociedad reaccione con disciplina. No una disciplina militar o fascista, misma de la que los japoneses despertaron después de la segunda guerra mundial, más bien una disciplina basada en ideología, en una moral básica sin tintes religiosos, una moral pura, de empatía: no “asumirse”, saberse igual al otro.

Bien se me podría tachar de romántico por mi declarada y abierta fascinación ante las culturas orientales, en especial la japonesa. Bien se me podría tachar de poco conocedor al decirme que en Japón también hay restos de clasismo, donde se ve como ciudadanos menores a algunas etnias antiguas que buscan mantener sus tradiciones y dialectos, a esos que nosotros llamaríamos “indígenas”, con un tinte muy diferente,  dado que Japón no ha pasado por esa historia típica que vemos en latinoamérica y otros lugares donde la cultura fue reestructurada desde sus cimientos, gracias a alguno de los tantos imperios que se dedicaron a expandirse a través de la violencia, el saqueo y la exterminación. Eso que tanto nos han dicho: nuestra cultura chingada. A lo anterior sólo podría contestar con un “Desgraciadamente, no hay sociedad perfecta”.

Tener una máquina vendedora de lo que sea en la calle, es impensable en México, probablemente en todo occidente, incluyendo los países más desarrollados y relajados de Europa. La división idealista oriente – occidente se rompe también aquí, afortunadamente, como una construcción reduccionista. Es muy probable que en China, Vietnam o Tailandia tampoco dure mucho algo que pueda ser saqueado o vandalizado. Hablamos entonces de algo más localizado, que pudiera venir de una sociedad que ya se manejaba desde mucho antes con un orgullo y honor espectaculares, que supo cómo levantarse después de la humillación y devastación con un espíritu nuevo. No, no podían volver al imperialismo y la servidumbre, no podían volverse esclavos de otra cultura y ser transformados en un mini-me gringo (como nosotros) y mucho menos podrían asumirse como chingados (como nosotros). Lo que se tuvo que asumir fue un mal camino, dejarlo atrás y reconstruir sin miedo a lo nuevo, con la vista puesta en un futuro en el que sus ciudadanos, políticos y empresarios tuvieran, en su mayoría, la visión, educación, preparación y empatía suficientes como para no desear chingarse entre ellos, sino salir adelante, juntos, aunque sus ideologías fueran muy diferentes. Hoy, ese Japón, en términos prácticos, existe.

Hoy, a este proceso de reestructuración desde algo completamente nuevo, se le llama “utopía” por la mayor parte de nuestros actuales ciudadanos (ya estamos chingados). Hay quienes incluso buscan en la genética la “incapacidad” para lograrlo, una genética que ya nos ha dejado más que claro que no existe gen de la maldad, la envidia, la sociopatía, el derrotismo o la violencia: lo que existe es un ambiente externo que los promueve, o que promueve valores, personalidades e ideologías completamente diferentes. Ambientes que crean redes mentales a las que más tarde asumimos como “universo”. Mostrar otro universo, aunque exista en lugares lejanos, es como intentar explicarle a un pez que lo que respira es agua, y que arriba y a los lados, existe todo un otro universo en el que hay aire, y se respira. Esta misma estructura que no nos permite ver otros universos mentales y sociales posibles está tan arraigada que nos convierte, en nuestras más cotidianas y asumidas creencias, en algo parecido a los cristianos renacidos y los creacionistas, pensamos que lo que hay es lo que siempre hubo y siempre habrá, hemos perdido la capacidad para pensar en tiempos, condiciones y universos simbólicos diferentes. Es así porque así es, es así porque así debe ser, porque siempre ha sido así y así siempre será.

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Ante la necedad cuasi-religiosa a veces sólo queda la ternura

Un par de ejemplos típicos de la incapacidad para salirnos de nuestra propia pequeña y efímera vivencia, en la sociedad actual, me vienen a la mente:

– Pensar que dormir en la misma cama, perder la privacidad y dejar los ocios o gustos personales es parte de la normalidad al vivir en pareja: es deseable, es bien visto, es lo que se debe. La realidad es que hace pocas generaciones, si no vivías hacinado gracias a la pobreza, cada quién tenía su cuarto, hacía sus cosas, tenía sus horarios y cultivaba la mente y cuerpo de alguna manera hoy considerada ociosa y mal vista, una manera no productiva de vivir. Se podrá decir entonces “pero las condiciones económicas y de vida eran muy diferentes”, exacto. Llegamos a que la normalidad e incluso nuestros hábitos más cotidianos se convierten en universo gracias a un sistema más grande que los rige, administra, fomenta o evita. Aunque puedas explicarle esto a cualquier persona y pueda estar de acuerdo al entenderlo lógicamente, no use usted la palabra “sistema” porque está prohibídisma, es “de chairos”, de esos que piensan en otros universos mentales posibles que abren universos posibles afuera de la mente.

confusion

Ni es tan complicado

– La “independencia” en las generaciones: Mi generación y anteriores crecieron con la idea generalizada que la independencia de los hijos venía en un momento específico para cada uno, tenía sus circunstancias y se entendía como “independencia” el que el hijo o la hija estudiaran o se prepararan en algún oficio, con miras hacia tener un negocio propio, un consultorio o alguna manifestación de un talento propio que los diferenciara de los demás y generara éxito en lo personal, gusto por lo que se hacía y remuneración económica. Entre mi generación y las que siguieron, entró la tendencia gringa de sacar de la casa a los hijos en cuanto cumplieran la mayoría de edad y se las arreglaran como pudieran, de ahí salieron los famosos Yuppies de los 90s, los jóvenes emprendedores de 2000 -Ewww- y otros ambiciosos jovenazos de ese entonces que son hoy los toma-todo de Wall Street, y los banqueros y políticos de tantos países, principalmente de Estados Unidos, que tan bien se portaron, que hasta crisis global causaron en 2008. Ser “independiente” hace no mucho significaba tener tu negocio o mantenerte gracias a un talento y oficio, pero estaba mal visto estar en casa de tus padres después de los 25. Hoy el límite en lo bien visto-mal visto anda por los 30 y la independencia viene gracias a trabajarle a algún patrón, teniendo como meta subir lentamente un escaloncito tras otro y tras otro y… y ya.  Como el adicto que deja una droga para convertirse en católico fanático: vaya “independencia”. Las circunstancias nos obligan a todos a muchas cosas, muchas veces a hacer cosas que no deseamos o que realmente odiamos, pero de ahí a justificar, enorgullecerse y hasta glorificar los hilos de la marioneta: uf, no chingues. Y las reacciones a este tipo de temas suelen ser:

attack-of-the-puppet-people

Será por todo lo anterior, y muchísimo más que escapa a este texto y a mi mente, que los mexicanos, al igual que tantas culturas, sociedades, tradiciones y países, no podemos tener nada bonito: porque lo rompemos. Lo que considero el problema realmente grave en todo esto es que somos como esos perros inmensos y felices, esos labradores o golden retriever que van por la vida moviendo la cola, tirándolo y rompiéndolo todo, no sólo sin importarles: en un universo aparte, sin siquiera saber que lo están rompiendo.

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