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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Princesitas Jaguar y Caníbales
Por Jorge Hill
12 de febrero, 2011
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El día de ayer fue largo y cansado, entre diversas actividades y chambosidades no pude escribirles como con gusto lo hago cada viernes, pero aquí estoy, para rantearles de algo, como suele ser mi costumbre.

Había pensado escribir algo acerca del Aristegui-Gate y el asunto “libertad de expresión”, pero como entre más averiguo del tema, más cloacas apestosas se destapan, prefiero únicamente opinar que: No doy dos centavos por la martirización de la Carmela que a veces da síntomas de estar infectada del virus PejeZombie, no doy tres cacahuates por el alcoholismo o salud mental del presi (Desde que nací en 1975, todos los presidentes que he visto pasar, toman decisiones que parecieran dictadas por una psicósis causada por intoxicación alcohólica) y mucho menos doy una pelusa de ombligo por el Norroñas, digna imágen del tipo de funcionarios públicos y gobernantes que esta república bananera parece no solo merecer, sino también, adorar.

Mientras daba vueltas por este terruño olvidado por la coherencia, llamado Distrito Federal, pensaba en el largo día que me esperaba viendo y supervisando tres de las mil ocho mil películas insoportablemente pretensiosas y lentas que se escogieron para el FICC; hoy en día parece que todos quieren ser Bergman o Tarkovski, creyendo que lo van a lograr dejando quince minutos de silencio “contemplativo” en su película. Fue cuando mordisqueaba estos no tan agradables pensamientos que en mi camino cruzó una pareja, joven, discutían acerca de algo. Él parecía querer pasar por una parte de la calle que estaba llena de puestos y gente comiendo, a lo que la chicuela le respondía vehementemente con un gesto como si le hubieran colgado un pedacito de mierda abajo de la nariz “¡Ya te dije que odio pasar por donde está lleno de nacos, me dan asco!”.

Como si nada hubiera pasado, la pareja continuó su camino por el lado en el que “no había nacos” y se perdieron de mi risueña, extrañada y perturbada mirada. El asunto me tuvo dándole vueltas a muchas cosas en la cabeza, sobre todo, cuando la chica en cuestión no era ninguna aria, de hecho, sólo le faltaban algunas plumas y decoraciones de jade para ser toda una princesita jaguar.

“¡Retocemos lejos de los nacos, en el jardín de la infanta!”

A veces este país me da risa, me hace lolear a fondo, me llena el corazón de patetismo que no encuentra otra salida que la última, la que viene después de la resignación y la desesperanza: la carcajada del sarcasmo. Me da risa cómo este país se presenta al mundo como amistoso, como “caliente y con sabor”, como “afectivo”, cuando la realidad es muy diferente… ese habrá sido el México de los sesentas, setentas, tal vez. Hoy, nuestro país es otro, es sobrevivir a través de pisotear, es humillar, es ser arribista, es vivir con la sociopatía a flor de piel. Hoy el mexicano se quiere agarrar de sus imágenes del ayer, de otras generaciones, tapar con otra máscara más la carne viva del racismo y clasismo brutal que vivimos a diario en tono de auténtica agresión, con un centro impulsor perverso, con intención de dañar al otro, no de hacerlo reír, de reírse juntos, no, no somos “Top Gear”, somos unos hijos de la chingada.

Y es que nacos y ñeros en este país hay un chingo y nada tiene que ver el adjetivo con el tono de piel, la manera de hablar, el extracto socio-económico ni la educación que se haya recibido. No, el ñero no es gatazo por que sea “blanquito” o “morenito”. Ñero es el saltapatrás que tira basura en la calle como si fuera su casa; el gato chamagoso es el que no puede estarse callado dos minutos en un cine; el nahualazo insoportable es el exhibidor y distribuidor de películas que se traga un 300% más de lo que debería mientras se lleva al hoyo a cineastas, industria y público por igual; el jodido nacayote es el funcionario público que cena en un restaurant de lujo con tus impuestos y al siguiente día llega a rascarse las pelotas a su oficina como todos los días; el chacalazo zarrapastroso es el que te clava las uñas a fondo, no nada más para que no avances, también para pasar sobre ti cueste lo que cueste.

Los “pinches nacos” son en realidad, los que creen que el naco es naco por ser pobre, moreno o no tener una educación privilegiada; de pinches nacos está lleno este país, de nacos y caníbales.

Pero claro, ¡Viva México! ¿No?

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