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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
No puedo estar en contra de los veggies
No hay manera de estar en contra de alguien por sus hábitos alimenticios, pero sí por sus prejuicios, mitos asumidos e incoherencias internas.
Por Jorge Hill
11 de julio, 2014
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Después de una dedicada selección de ingredientes y algunas horas de cuidadosas aplicaciones de decenas de pequeños aprendizajes reunidos a través de media vida, pongo el colorido y humeante plato frente a ella. Sus ojos iluminados con sorpresa y gula van, desde el platillo, hasta los mios. Pregunta, con inocencia temerosa “¿A esto se le puede poner limón?”.

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La sencilla pregunta es suficiente como para que  muchos chefs, gourmets o simples cocineros amateurs obsesionados con la comida y la cocina, como yo, se vuelvan locos y despotriquen con ira incontenible, con todo y table flip.

 

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Aplico entonces en mí lo que me gustaría que otros aplicaran para todos los demás, pensar que cada cuerpo y cada mente es un mundo, una completa otredad, mis sentidos son sólo transmisores y mis sensaciones son sólo mías, imposibles de traducir al otro, y las del otro, imposibles de ser vividas por mí.

“Normalmente no se le pondría limón, lo más probable es que el limón domine y se pierdan todas las hierbas y sabores que hacen al platillo lo que es; pruébalo así, si quieres, y si quieres ponerle limón después ¡adelante!”, respondo, convencido, con auténtica empatía, con sinceridad.

Con los vegetarianos y veganos (a quienes me referiré aquí como “veggies” por pura practicidad, ya que las diferencias entre ellos son irrelevantes para el texto) que no comen carne por asco o por gusto, me pasa lo mismo. El asco, siendo una función completamente biológica y puesta ahí por la evolución, está también guiada por lo cultural. No confundir a la función con sus muchas manifestaciones. Algunos comemos insectos y vísceras, mientras otros no pueden verlos sin arquearse de asco. Algunas culturas le dan a los animales lo que en otras culturas se come en la mesa de todos los días. El asco y el gusto son un par de esas tantas individualidades que nos hacen completamente inasibles para la mente del otro.

Bien, que si se quieren hacer esas cosas que a la mismidad del autor le parecen incomprensibles, como ponerle limón a un chateubriand al whiskey, comerse camarones hundidos en capsuts o llenarse la boca con ramitas y sustitutos de soya de lo que en realidad quieren comer, que se haga, a nadie hace mal… y qué me importa a mí y qué le importa al resto de la humanidad.

Pero somos necios, somos individualistas, somos ego, estamos llenos de vacíos que queremos llenar con la acreditación o con la evangelización del otro. Somos capaces de inventar inmensos y complicados laberintos de humo conceptuales para convencernos a nosotros mismos, e intentar convencer a los demás, que nosotros sí sabemos, que tenemos la razón, que nuestros sentidos son auténticos decodificadores de la mismísima realidad, de la verdadera verdad de Dios de allá afuera que no soy yo.

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Como si no fuera suficiente con la creación de la quimera ahí arriba concebida, la politizamos, la llenamos de valores, la asociamos en una red de supuestas certezas, supuestamente relacionadas. Más adelante y como cereza del pastel, llega el peor y más importante paso a la confusión, la inyección de moral a nuestra quimera, la moral de nuestra quimera racionalizada como ética, la ética de nuestra quimera extendida como tentativa verdad ética universal, imperativo hipotético disfrazado de imperativo categórico en una actualidad en la que seguir lo que parece bien, sin detenerse a razonar, es lo cotidiano, lo bien visto, lo de moda, lo comercializable, lo trendy.

Así llegamos al veggie que no come carne, no porque no le guste o le dé un muy respetable asco, sino porque quiere hacer una declaración ética, moral y política a través de sus hábitos alimenticios y quiere que todos los demás lo hagamos de la misma ajena manera. Como buen pequeño dictador, está convencido de saber qué es lo bueno para todos. Poco importa la ciencia, los estudios, las realidades físicas o ambientales; el vegetariano que deja el discurso moral individual para convertirlo en uno político, asumiéndose moral e intelectualmente superior, se convierte en un predicador esquinero de la verdad. Otro Deepak Chopra en un mundo de Jodorowskys, Dalai Lamas de agenda de show de Oprah con Michael Jackson, homeópatas que se encogen de hombros ante las bases químicas que un estudiante de prepa sabe, Maussanitas de carlostrejicomedia.

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Poco importa que hayan tantos estudios que muestren que la carne es mala para la salud en ciertos puntos, como estudios que muestran que es buena para la salud en otros. Que es como casi todo en la vida, como casi todo lo que consumimos: nos hace bien en algún lugar, nos hace mal en otro… oh, el pendejo cosmos y su gran homeostásis de la que creemos poder dar una hipster posmoescapada moral.

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Poco importa que queriendo salvar al planeta, el veggie coma productos naturales que necesitan más campo y por lo tanto más destrucción de ecosistemas que el ganado; que se necesite más cantidad de combustibles fósiles para su crecimiento, mantenimiento y transportación u otras de las tantas razones que no hacen al vegetariano ningún salvador del planeta, lo hacen tan dañino o más que el carnívoro. Lo peor es que puedes tú, politizada y politizado amigo y amiga veggie, pensar que algún extraño resentimiento oculto tengo contra ustedes y que me invento cosas, pero debo informar que la burbuja se rompe cuando son estudios del Fondo Mundial Para La Naturaleza (WWF, sí, los del logo del pandita) los que aseguran este tipo de información.

Creo que la mayoría de los seres de este planeta, a menos de que seas uno entre ese 1% que nadan en dinero gracias a la explotación/apropiación brutal de la naturaleza y de la desgraciadamente borrega mente humana, queremos un mundo mejor y sistemas autosustentables, equidad, erradicación de la pobreza, resurgimiento de la naturaleza que ha sido destruida por nosotros, prohibición de la crueldad animal y tantas otras metas que deben ser logradas si en realidad queremos llamarnos una especie “racional” y no otra especie parasitaria que destruye el medio mismo donde habita -intentando ser coherentes con una ética racional, porque si de naturalezas inescapables hablamos, bien podríamos ser eso sin querer aceptarlo. pero dejemos de hablar de un realista nivel cósmico y regresemos a que hay gente a quien le enoja que alguien más coma carnita, no vaya a ser que se ñojen pior por tratar de ‘sacar de contexto’ el tema ¯\_(ツ)_/¯  -.

Pero no, escupiendo sermones moralistas sin fundamentos lógicos e informados no es la manera, tampoco vociferando la supuesta falta de ética o acusando hasta de una psicopática falta de empatía al que se come un pobre animal que estuvo en engorda y viviendo en condiciones deplorables sólo para terminar en una mesa. Como si dejar de hacerlo influyera en algo que no va a ser cambiado hasta que se regule por presión e injerencia política para que existan evaluaciones y regulaciones.

Por ejemplo: yo no apoyo a Apple, estoy convencido de que es el pináculo representativo de la compañía hipócrita y abusiva, manipuladora e irresponsable; motor, parte y al mismo tiempo resultado de la versión de capitalismo autodestructivo que vivimos hoy en gran parte del mundo. No compro ni he comprado uno sólo de sus productos, y con el simple hecho de usar el gratuito iTunes, me siento medio traidor a mí mismo. ¿Por qué viene al caso y cuál es la diferencia? porque sé, también, que eso no logra un carajo, estoy conciente de que lo hago como una decisión personal, prácticamente como un místico amuleto ético. Si bien puedo quejarme y tratar de romper mitos sobre la compañía y sus productos, a través de algún escrito o comentario, no ando por la vida tirando rollos predicadores de hueva a mis congéneres sobre sus iCompras o viendo feo a alguien cada vez que saca un iPod, iPad, iPhone o iTodasLasMadresEsas para después regañarlos y mostrarles una supuesta superioridad moral o ética; sé que no existe tal. Lo que existe es algo más grande, un engranaje complejo al que mi moral o ética le son irrelevantes. Y está bien, porque lo que le es relevante, y por lo que en dado caso se debería luchar, es contra los hechos y sus funciones, la evaluación analítica de los pros y contras, la decisión a la que eso nos puede llevar: las regulaciones, las políticas públicas, las leyes basadas en criterios, estudios y lógica.

Sí, estamos muy lejos de eso, pero al mismo tiempo peligrosamente cerca del otro extremo.

Así, entonces, me debo confesar un impulsor de los veggies, que coman lo que su inasible otredad les trae placer; un impulsor de los carnívoros, que coman lo que una falsa ilusión de no otredad me hace creer que somos parecidos.

No puedo estar en contra de los veggies, pero sí puedo y estoy, en contra de cualquier cretino o cretina que comiendo lo que sea, crea que a través de sus creencias y estructuras éticas, completamente míticas, pseudocientíficas y premiadas por medios y cultura mantenidos por el redituable motor de la trendyzación, va a venir a salvarme de mí mismo o salvar al mundo de mí o los “como yo”.

Es hora de asumir la destrucción compartida, hasta cierto grado necesaria, y partir de ahí. Lo demás es pura vanidad y ego premiado por un efímero y absurdo momento en la cultura, en nuestra historia como pequeñas olas que se piensan oceanos.

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