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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Pulpos a la mexicana
Un paseo por el Acuario Inbursa, al que hay que ir de buenas y no esperar demasiado. Una experiencia bonita... a la mexicana.
Por Jorge Hill
8 de marzo, 2015
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Como niño me llevaron al Acuario Inbursa, como niño la pasé y como niño le vengo a platicar. Como el niño neuroticón quejoso que soy.

Desde chico siento una gran fascinación por el mundo animal, en especial por la vida marina, más específicamente por los tiburones y los pulpos. Mis dos animales favoritos desde siempre. Maravillas de la evolución que poco entendemos y a los que llenamos de prejuicios y miedos.

La preparación psicológica fue de un par de días, había que tomar en cuenta colas enormes, tumultos, jetas, pasadeces de lanza. Lo común.

Compramos por las internetz hechas por el rico más rico del planeta los boletos para el acuario hecho por él mismo. Las fantásticas aventuras del país que tiene al señor Slim y al mismo tiempo una de las distribuciones de riqueza más ridículas. Lo mismo, pues. Gracias a nuestra astucia y privilegio internetero pasamos rápido, mientras veíamos las colas enormes y llenas de jetas en parálisis ante la taquilla. La gran mayoría en la cola no se veía de “no privilegiados sin internet”, déjeme decirle, antes de que ponga el grito de “pinche burgués” en el cielo o me saque banderitas con la cara del Che. La mala organización en la planeación y organización del acuario haciendo sinergia con las mismas características en la mayoría del público, a la mexicana.

Ya íbamos avisados, los comentarios generales del acuario tienden a malos desde el principio y el hecho de que fuera inaugurado y abierto al público cuando seguía casi en obra negra, con pocas especies y algunos tanques vacíos, no le ayudan mucho hoy que está casi terminado y poblado. Lo invito a checar algunas chuladas de comentarios en Foursquare, donde obtiene un mediocrón 5.7 que pensaríamos lapidario para un proyecto de esas dimensiones y características. Aún así, el lugar atiborrado.

Empleados apresurados y con cara de “no me pagan lo suficiente para soportar esto” nos guiaron hacia un elevador que baja tres pisos, donde empieza el recorrido hacia arriba. No vimos ningún guía más en todo el recorrido y después de los pésimos comentarios que hemos leído al respecto no buscamos o esperamos a alguno. Sólo en la sección de estrellas de mar y erizos habían dos personas informando.

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Nadan muy en chinga y nuestras cámaras/celulares son chafas, ni modo.

La primera impresión es un “Wow” que se va desangelando entre más atención se pone. El encanto e impresión de ver tiburones leopardo, tiburones aleta de cartón y grandes mantarrayas nadando entre otra gran variedad de coloridos peces más pequeños empieza a ser opacada mientras más tiempo pasas ahí. Los terminados del acuario, dentro y fuera de los estanques, son prácticamente inexistentes, empieza uno a notar “la obra negra”, la ausencia o falta de cuidado a los detalles, el “al aventón”, el a la mexicana.

Un recorrido serpenteante te lleva por abajo, a través y a los lados del primer gran estanque. Puedes ver a las especies por todos los ángulos, también ver los vacíos, las impasibles paredes negras de fondo y las grises columnas de soporte que evocan un “Écheme más mezcla, maistro”.

Llegamos a la sección de las medusas, una de las favoritas. Estanques pequeños y medianos con una buena cantidad de diferentes especies de esos pequeños animales transparentes y tranquilos, que se mueven como en un sueño, iluminados por luz de colores que aumenta la experiencia onírica. Hasta que uno se fija en los fondos, pisos, orillas. “Cositas” no hizo un gran trabajo para aquellas generaciones que la vimos.

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 Ver las miradas entre familiares en la sección de “almejas chiludas” es priceless.

Un estanque bajo deja ver a mantarrayas y un pequeño tiburón punta negra desde arriba. Se puede meter la mano y tocarlos. No sé qué tan seguro sea meter el dedo chiquito o la mano de un niño teniendo un pequeño tiburón punta negra ahí, pero supongo que el Acuario Inbursa sabe lo que hace. O no. No sé. Como yo no confío en el “a la mexicana” de nuestro todo, me limito a verlos muy de cerquita y admirar la gracia con la que las dos especies se mueven.

Ella quería irse conmigo y yo me la quería llevar 🙁

Huyendo constantemente de la masa familiar que nos pisaba los talones y a la que podíamos ubicar por siniestros gemidos y llantos infantiles acercándose, pasamos más o menos rápido por estanques con morenas, damiselas coloridas y anémonas. El pasillo desemboca en un espacio con un estanque lleno de bonitos peces payaso y tangs azules (cirujanos), sí “Dory y Nemo”. Qué bonitos, qué bonitos… corramos, corramos. Dejamos atrás la ominosa nube de “¡Mira, Dory! ¡Mira, Nemo!”. El Acuario Inbursa haciendo su agosto, no está mal, supongo.

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Viene entonces el piso y sección de peces tropicales, los de agua dulce. De los pequeños pude reconocer a muchos que alguna vez tuve. Gouramis, neones, zebras, cíclidos, ángeles, gatos, hacha y más de lo que encontraba uno en los acuarios grandes cuando este país no estaba tan jodido y mucha gente se podía dar el lujo de tener un pequeño o mediano acuario en casa. Sí, chiquitines, alguna vez en este país existió la clase media y no se le llamaba así a quienes hoy contestamos “Pues, bien, como y pago departamento”. Hoy, la gran mayoría de esos acuarios-tienda han cerrado y la opción es ir al “mercado de los peces”, opción que obliteró dos veces mis peceras completas gracias a infecciones.

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El camino del acuario nos guía hacia algunos grandes especímenes de agua dulce como el Gourami gigante y los pejelagartos, que por cierto no son ni la mitad de feos que Andrés Manuel.

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“¡Peces arquero, wiiii!”, le explico a mi novia sus maravillas: son planos de la parte de arriba, así pueden estar pegados a la superficie del agua sin perturbarla, sus ojos especializados pueden enfocar hacia arriba evitando la distorsión de la luz que hace a las cosas aprecer en un lugar donde no están, escupen a gran velocidad una pequeña gota de agua con la que tiran insectos de ramas que están arriba de ellos, los insectos caen en el agua y rápidamente se los comen. ¿Alguna mención o algo escrito sobre su tremenda chingonería? nah, nada, por lo menos nada a la mano, nada en la pantalla de su estanque más que su foto y nombre. Supongo que todo quedará en el “Así los hizo diosito, mijo”. Esa respuesta que explica buena parte de cómo estamos, como país, como mundo.

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¡No mames, Slim!
Un cocodrilo de unos dos metros echa la hueva a lo lejos mientras tortugas llenas de puntiagudas protuberancias carnosas nadan cerca de nosotros. Curioso ver que el límite superior del miniecosistema no es nada alto y se pusieron alambres con púas más arriba. Sí, alambres con púas. A la mexicana. Supongo que para que algún papá o adolescente no se lancen a “las luchitas” con el cocodrilo y demostrar lo machotes que son, muy a la Australia-Florida-México.

Llegamos a los tan publicitados pingüinos. No me siento nada bien al verlos, son hermosos pero el tamaño y calidad del lugar en el que están no me cuadra para animales tan inquietos, que nadan con esa velocidad, que gustan de aventarse clavados o salir disparados desde el agua hasta las rocas superiores. Su ambiente una vez más me da la impresión de estar hecho al aventón, al “ahí se va”, al “total, el mexicano de todas maneras hace colas inmensas, soporta mala organización y paga por esto”. Nuestra veldá. Pero yo qué voy a saber de eso, ningún especialista soy en las dos cosas.

El último piso del recorrido, que es el que está a nivel de la calle, es una recreación de una playa rocosa. Tablas de surf, olor a bronceador de coco y toda la onda. La artificialidad y malos acabados brincan a la vista también en este. Fuera de un par de mantarrayas y pequeños tiburones de especie diferente, la experiencia ya es francamente repetitiva. Los puffers. Los puffers, por Dios, parece que es la especie que no se acaba nunca. Su belleza y regordetillo encanto que cruza el agua con rápidos movimientos de sus cortas aletitas va menguando. Imagino el monólogo desde el teléfono: “Señor Slim, se están muriendo las otras especies y no nos llegan las que le había prometido al público… OK, OK, pues echamos más puffers”.

Creo reconocer un gran pez ángel emperador en un hueco que forman las falsas rocas con terminado de artista de brocha gorda. Pero ¿cómo saberlo? la información sobre las especies de los estanques es mínima, y cuando se encuentra, resulta estar mal. Para esas alturas mi novia y yo llevábamos un rato jugando a reconocer las especies que no estaban en el estanque que tenía sus fotos e información en otros estanques, donde no estaban sus fotos e información. Hay que sacar provecho lúdico de la mexicanidad, esa técnica que más o menos nos salva a diario de la psicósis pero nos acerca más y más a la sociopatía, trastorno favorito del país y parte esencial de su estructura y cultura. La diversión en la utilización del desprecio como última esperanza en nuestra pecera sobrepoblada, mal hecha, mal mantenida, mal pensada, donde la mayoría ha decidido que la única manera de sobrevivir es comerse a los otros que percibe como más pequeños.

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Salgo feliz del acuario -aunque usted no lo crea- porque he visto muchos peces, tiburones, mantarrayas, colorcitos y colorsotes, movimientos que me hunden en un letargo y me hacen olvidar lo que está alrededor, aunque esté ahí, a dos centímetros de mí; porque ha sido una buena experiencia como pareja también. Pero tal vez sabemos que se la debemos más que nada a la existencia de los animales y el uno al otro, a nuestra decisión voluntaria y consciente de admirar, apreciar y pasarla bien, aguantar, soportar. No se la debemos tanto a los creadores, organizadores y una parte del público del acuario. Despojándolo de lo mío, lo nuestro, de complicidad, podría parecer una experiencia realmente mediocre, vendida a los mexicanos como algo que no es. Nada diferente a lo que vende el señor Slim y otros tantos más allá afuera en sus otros tantos negocios. Ventas a la mexicana.

Intercambiamos impresiones en el Goguinara, restaurante coreano de la zona rosa mientras veíamos que sus apresurados y atolondrados meseros mexicanos no le explicaban nada a sus clientes mexicanos. No les dicen que la parrilla que les han dejado prendida sobre la mesa debe estar lo suficientemente caliente para empezar a poner pocos trozos de pork belly y filete coreano en su superficie, que no se debe poner demasiado para que se cosa todo bien. Que se va por partes, se va de poco a poco, de a “un poquito de todo”. No se les dice que se pone en la parrilla y qué no, y créame, el “sentido común” a veces no funciona con la comida oriental.

No se les dice que la decena de pequeños platos que tienen en la mesa son kimchi (lechuga napa picante, salada, fermentada, fuerte, ajosa), pasta de frijol fermentado, aceite de ajonjolí sazonado, pasta picante de gochugaru (polvo de chile), papas dulces, nabo agridulce picante y espinacas cocidas con cebollas en aceite de ajonjolí. Que las hojas de lechuga que les aventaron por ahí son su “tortilla” para hacerse “tacos” con todo lo que se va poniendo en la parrilla, acompañado de una, algunas o todas las guarniciones que les dejaron en los tantos platitos sin una sola palabra escrita en el menú o dicha por el mesero.

Mientras rascamos y mezclamos nuestro plato de bibimbap, con un arroz un poco más pegajoso de lo que se debe, vemos a un grupo grande de mujeres creando en sus dos parrillas cazos dignos de puesto de tacos de suadero, longaniza y tripita. Las cosas se desbordan, están blancas y secas, no se han cocido bien. A morder suelas deshidratas sin sabor. No se ven nada contentas. Reímos un poco, una risa agridulce con cierto picante como el nabo daikon de nuestra mesa. Ellas no tienen la culpa, sabemos bien que su experiencia podría haber sido fantástica si no se las hubieran opacado por clásica omisión, hueva o ignorancia, por hacerlo todo al aventón, a la mexicana.

¿Y mi pulpo?

Nunca lo vimos, ni en el acuario ni en nuestra mesa.

@JorgeHill

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