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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Resignificando el año nuevo
Sobre el acomodo de los astros, los ciclos, la felicidad de Bertrand Russell y un sueño postapocalíptico.
Por Jorge Hill
27 de diciembre, 2013
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melancholia

La civilización como la conocemos se había terminado. Un puñado de sobrevivientes me acompañaba por un camino que alguna vez habría sido una carretera, ahora llena de huecos y pavimento suelto. Íbamos en camino hacia lo que se rumoraba que era un asentamiento de sobrevivientes. Una barricada con maderas y clavos nos impedía el paso. Por una improvisada entrada se aparecía un joven, con un arma y mirada de rabia; venía desde adentro, desde el asentamiento de sobrevivientes. Sabía que si no lo matábamos, nos mataría a nosotros. Un pico de escalador aparecía en mi mano y antes de que el joven pudiera apuntar su arma, se lo clavaba en el cráneo, certero y seguro. Con un sonoro “¡clac!” retiraba mi arma de su cabeza, sabía que la necesitaría más tarde. El asentamiento humano era lo que esperábamos: un grotesco grupo de seres que habían olvidado las reglas de un mundo anterior. No habían perdido su humanidad, estaban siendo fúricamente humanos.

El sueño perdió rápidamente su escenario y formato típico de novela/película postapocalíptica y se convirtió en lo que se tornan, y son, todos los sueños: una masa amorfa de imágenes y sentimientos, resultado de disparos neuronales azarosos a los que intentamos dar una coherencia narrativa cuando despertamos. Otros intentan interpretarlos de manera mística o a través de caducas teorías psicológicas. Yo dejo de idealizarlos para ir con la ciencia contemporánea, esas descargas neuronales que parecen servir al cuerpo manteniéndonos dormidos, o simplemente una compleja rebaba en la experimental fábrica de nuestra perpetua evolución, sirven también como semillas creativas.

Desperté para encontrarme con el descubrimiento que los sueños postapocalípticos, comunes en mí desde la adolescencia, habían estado más presentes de lo normal en las últimas semanas. Será que los restos diurnos de los que toman su material también habían estado más presentes. Regresaban otra vez: en la cama, con los ojos todavía cerrados, pensé que la tierra estaría pronto en el mismo lugar respecto al sol que el año pasado y esto sería motivo de celebración. Pero qué idiotez, si la tierra siempre está en el mismo lugar respecto al sol que hace un año, siempre… o casi siempre; o no, porque en los principios del sistema solar todo era diferente. O nunca, porque incluso en los últimos siglos la gravedad de otros planetas y el mismo sol la moverían un poco más cerca o lejos, y en otros grados de inclinación en un espacio donde no hay arriba o abajo, constantemente.

En fin, que tal vez sólo estaba buscando otra manera de trivializar el año nuevo, tal vez esa y tantas otras razones sean reales al trivializarlo, siendo trivial de entrada, para después simbolizarlo como significativo y más tarde re-trivializarlo.

Recordé que en la naturaleza sí existen ciclos y hay renovación, pero la chaqueta mental pronto se detuvo con el pensar que la compleja vida humana sólo sigue estos ciclos en su manifestación más natural, en los cuerpos, no en las mentes; que los complejos sistemas bajo los que vivimos y forman a nuestra sociedad no cumplen con ciclos naturales, son artificios, muchas veces tan absurdos que me llevan a la náusea sartriana.

Entonces vino a mi mente un regalo que me hicieron hace unos ocho años. “La conquista de la felicidad”, ese libro con un desafortunado nombre que lo hace aparecer en las secciones de autoayuda en vez de las de filosofía. Obra de Bertrand Russell, uno de esos pocos accidentes felices que a cuentagotas nos regala el caos molecular del universo: filósofo, matemático, estudioso de la lógica, activista pacifista, Nobel de literatura y mentor de Ludwig Wittgenstein, entre muchas otras notables características.

Transcribo aquí un extracto de la contraportada:

“Cuantas más cosas interesen a alguien, más oportunidades de felicidad tendrá”, afirma, para concluir que el ser feliz es el que se siente ciudadano del universo “y goza libremente del espectáculo que le ofrece y de las alegrías que le brinda”. Una obra de autoayuda… si no fuera porque se trata de un proyecto, de raigambre estoica, de repensar el ser humano y su posición en el mundo.

Así me regresa un poco el calor al cuerpo y la sensación de estar despierto, así tal vez sí pueda desearles un feliz año nuevo, y deseármelo a mí mismo, sea lo que sea que “año nuevo” signifique.

Feliz año nuevo, nos leemos en 2014.

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