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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Siempre quise producir películas cochinas
Por Jorge Hill
11 de agosto, 2012
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Esta entrada tiene contenido adulto, léalo y difúndalo bajo su propia (in)discreción.

 

La gran mayoría de los hombres tienen la fantasía de ser “estrellas porno”. Esto significa que en la mente aparecen las imágenes de estar rodeado de bellas mujeres llenas de agresión sexual y glamour, ser millonario, tener lujos y hacer viajes, vivir la vida en grande sin hacer gran cosa, algo parecido a ser diputado mexicano. Pero lo que mantiene a estas fantasías unidas, el pegamento que les hace ser parte de un todo, parece ser una fantasía más profunda, una que se conecta con esos oscuros lugares del cuerpo donde la mente deja de funcionar a través de palabras y se mueve gracias a extraños mecanismos evolutivos: la fantasía de ser “muy hombre”.

 

Como así.

O sea, muy lleno de wins.

Aunque estas imágenes pudieron haber sido ciertas durante la adolescencia, mi fantasía toma otra forma. El sueño social de ser muy hombre siempre se me escapa de las manos y fallo en casi todo momento. No me gusta el futbol y no entiendo sus pasiones, el desvivirse por un equipo, el llegar a los golpes defendiendo “la camiseta”, símbolos que se me hacen un tanto descerebrados, a pesar de entenderlos teóricamente como necesidades de grupo, tribu contra tribu, jauría contra jauría, zombies vs zom… ok, ya no aplica. Siento feo cuando veo el box, dos tipos golpeándose para ganar dinero, miles de tipos y tipas con las hormonas hasta arriba pagando por ver ese “espectáculo” que me parece el primo más bruto de la familia de “deportes” que consisten en hacer daño a otro ser vivo con el fin único de “divertir” a las rebabas de personalidad romana que nos quedan. Las “culturalísimas” y “artísticas” corridas de toros encabezando la lista. Un gradiente con muchas tonalidades de grises en las que cada persona escoge el grado de negros que lo hace sentir todavía cómodo, ese grado relativo en el que cada quién se detiene porque el siguiente ya lo hace sentir “demasiado salvaje”.

 

Regresamos después de estos comerciales a Televisa Deportes.

 

Mi completa falta de interés por la maquinaria industrial, las herramientas de “alto poder”, los autos deportivos, las motos, la velocidad, los músculos, las ambiciones de ser señor y dueño de la compañía tal, el mejor traje, el mejor reloj y una tendencia a fumar cigarros mentolados me ha ganado varias veces el mote de “la señorita” y en casos recurrentes los dimesydiretes de “Pos igual y es gay”… y pos, no.

Igual y es un problema hormonal… NOT.

Mi interés por la pornografía, entonces, no sólo tenía el contenido voyeur gracias al que es una de las más exitosas industrias mundiales. Me fascinaba el imaginar el proceso por el cuál era posible tras bambalinas. Así que aparte de ver pornografía como todo ser en el mundo, me empecé a  interesar por entenderla. Ver algunos documentales, leer al respecto, buscar los “detrás de cámaras” para encontrar que ese mundo de supuesto glamour no era otra cosa que lo mismo en el “efecto Hollywood”, la magia del cine y la televisión. El “actor” porno raras veces era pagado más de la mitad de su contraparte femenina y aunque pudiera vivir bien, tampoco se hacía millonario y sus vidas privadas a veces estaban plagadas de inestabilidad, ambiciones desmedidas que los llevaban a acabarse la vida en ciclos de adicción cada vez mayores, algunos terminando en la pobreza o en clínicas de rehabilitación. La estrella porno masculina, al igual que la femenina, funciona como un receptáculo de fantasías, una ilusión más de la pantalla. En las épocas en las que no existían las cámaras digitales y todo se tenía que hacer pasito a pasito (el cambio de rollos, de iluminación, etc.) existía un puesto específico en la industria, mujeres que querían iniciarse en la pornografía para llegar a ser una “gran estrella”. De la misma manera que uno inicia como mensajero en una empresa para poder ir subiendo de puesto, estas chicas iniciaban como las llamadas “fluffers”, encargadas de dar sexo oral a los actores entre toma y toma para que estuvieran “listos” en cuanto el señor director dijera “acción”. Constantes cortes y descansos, cremas para desensibilizar y otros curiosos trucos, como el de Ron Jeremy de imaginar animales atropellados, se cuentan entre los cientos de mañas que hacen creer al espectador y espectadora que estas personas tienen el súper poder de no venirse nunca. La otra parte la haría la otra magia del cine, la de la edición, el “moneyshot” era (y es aún) grabado en el momento en el que el actor lo requiriese, para cortar, bañarse, volver a maquillar y que el continuista reacomode la escena para dar esa sensación, después de que la cinta sea editada, que le da su nombre: la continuidad.

Reclutar actores también escapa de la fantasía en el imaginario colectivo. Poco importa el tamaño, el aguante, la cara o el músculo si el asunto no está levantado cuando el señor director dice “acción”.

Se para o no se para, he ahí el dilema

Sabiendo desde hace tanto las mañas del cine, pornográfico o no, y siguiendo la línea caótica de milusos de mi vida, decidí hacerme guionista, pero aunque el cine siempre será una de mis pasiones, la idea de entrar al mundo cinematográfico para buscar cómo producir pr0n fue una constante en mi vida durante algunos años. Sí, producir y dirigir ¿actuar, qué? ese lugar se lo dejaría a quien todavía tuviera fantasías de machín y no supiera la chinga que se iba a parar (“Parar”, got it? tee-hee-hee). Yo quería agarrar una cámara, poner a un par o un trío de personas con disposición a tener sexo enfrente de mí, grabarlos, editar y buscar cómo distribuir. Sería un bonito negocio propio dentro de los marcos legales, pero al mismo tiempo algo que escandalizaría a familia, amigos, conocidos y no conocidos. Sonaba como una misión para Jorge Hill.

Desgraciadamente, la fantasía duró poco al toparme con nuestra mojigata realidad, y después de haberme ganado un par de bofetones sólo encontré a una amiga que estaba dispuesta a tal hazaña. A tanto conocido “machín”, macho alfa “rechingón” con motos, coches y mucho futbol, les daba por convertirse en mansos gatitos temerosos ante la mínima idea de aparecer frente cámaras demostrando su “hombría”. Un poco más tarde, me enteré de que dos de las grandes compañías gringas de pornografía ya estaban haciendo “scouting” en México y ofreciendo miles de dólares y hasta casa en Los Angeles a mis potenciales actrices, y que muy hábilmente las buscaban entre strippers en los “afters” de la ciudad de México. El monopolio pornográfico hacía de las suyas y yo estaba afuera, no sólo afuera, yo era inexistente para esa industria.

Hoy el mundo de la pornografía ha sido el más golpeado por este escabroso y confuso tema de la “piratería”, esta criminalización de lo que hemos hecho toda la vida: compartir. Cuando digo “golpeado” significa que productores y actrices se compran una casa y un Lamborghini al año, en vez de los 5 que hubieran podido comprar hace 10 años. ¡Oh por Dios, están destruidos! ¡No hay mañana!

Yo sólo quería tener una casita, una pantallota para ver mis películas y jugar mis videojuegos. Coche no, porque no pienso nunca ser parte de ese gran problema en el que todos creen que “ellos sí necesitan un coche”, y así todos nos ahogamos y neurotizamos poco a  poco gracias a todos los demás, bonito ¿eh?, esta gran conciencia que tenemos sobre nuestro mundo.

¿Qué ya no puede uno hacer nada en este país? ¿En este mundo? ¡Yo sólo quería tener un trabajo decente y honrado!

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