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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Sobrevivir las elecciones siendo "izquierdista" no AMLOista
Por Jorge Hill
22 de junio, 2012
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Entre las preguntas más curiosas que recibo a través de twitter, en otros medios y en persona, aparte de “¿a qué hora sales al pan?” (not) es la de mi “posición política”. Parece que todavía es muy difícil entender que uno pueda estar en contra, de entrada, del sistema político como se le entiende hoy y su decadencia global, esta gran farsa a la que se llama “democracia” y que hoy únicamente funciona como una capa opaca que divide de manera efectiva el poder de los de abajo y el poder de los pocos de arriba, la oligarquía revestida y disfrazada de “decisión del pueblo”, legitimada a través de los medios y la cultura general, la compartimentalización del conocimiento que ya viene circunscrita en el sistema educativo actual y un sistema económico en el que naces debiendo, para vivir trabajando, para morir debiendo; y junto a la deuda económica, la deuda de una vida entera que dejó de lado sus intereses, su libertad inherente, su potencial creativo y dejó de mirar hacia arriba para clavar la vista, eternamente fija, en el gran hormiguero a ras del piso, sus falacias, sus juegos absurdos, sus convenciones cotidianas delirantes e ilógicas. El juego que todos jugamos.

 

 

 

Pero, como no nací en ese improbable futuro en el que la gente entendió que vive en un gran ecosistema finito, en el que no hay moneda, religiones, todos tenemos los mismos derechos y beneficios de la tierra de la que todos somos propietarios e hijos, las fronteras han desaparecido para dar lugar a una sociedad global conectada e informada, basada en la administración efectiva y no ambiciosa de recursos naturales, sin necesidad de líderes o sistemas de opresión, tengo que chingarme y escoger algo, el menos peor de lo menos peor; sentirme feliz y afortunado de poder escoger al dictador, al equipo y al congreso que decidirá “el bien de todos”, viendo por sí mismos y por los intereses de arriba. Cuando digo “arriba” no hablo de expresidentes pelones satánicos ni de los iluminati decidiendo el futuro del mundo en un yate secreto, hablo del gran masacote del poder, el muégano del horror siniestro que es el que en realidad mueve al mundo, un organismo instintivo formado de miles de voluntades e intereses, que tiene como única misión comérselo todo, pasando encima de quien sea y destruyendo la tierra misma sobre la que esparce sus tentáculos, siempre en busca de algo nuevo que integrar a su gran masa devoradora de objetos, recursos y poderes; dentro de ella, son muy pocos los que obtienen tan grandes beneficios de esa infinita voracidad.

Tu amiga, la amoeba.

Entonces llegan las mentadas elecciones a México y tiene uno que escoger, porque no hay de otra y porque eso del voto nulo, por más que quiera uno defenderlo, termina en la inutilidad al no ser legitimado como protesta auténtica en el gran sistema, de manera muy conveniente para el sistemita partidista este que nos tiene a todos peor que en un América – Chivas o eso, lo que sea… no sé de futbol, pero el encuentro me suena a “¡se van a matar!”.

El bosón de Higgs y la curvatura del tiempo-espacio

le siguen a estos misterios del universo, 

en mi mente.

Pensando así, se ve uno obligado a darle un “bajón” al discurso, a lo escrito y a la acción, por lo menos temporalmente, en lo que pasa el furor electorero. Debe uno de dejar de pensar y escribir “mamadas idealistas” para bajarse hasta el peldaño menos evolucionado, en el que vivimos, el del partidismo, las izquierdas y las derechas, el entorno obliga y no perdona.

Ser insertado en este extraño mundo, que al mismo tiempo da la impresión de ser completamente cotidiano y coherente, significa ver al apartidista no como un alguien con la mirada hacia enfrente, con los ojos puestos en el gran esquema y en un futuro de auténtica libertad y voluntad, sino como un cobarde sin ideologías, sin lugar y lado, un ente etéreo y flotante que no ha tomado la responsabilidad necesaria que toma forma de engrane, uno más que ayude a mantener la gran maquinaria que en un principio se considera descerebrada, añeja y tremenda barrera que tantos, de entrada, consideran infranqueable. Peor aún, en los más confusos, rabiosos y desgraciadamente más comunes de los casos, significa confundir al apartidista con el apolítico, vital factor para entender lo perdidos que podemos estar, creyendo estar todos por el camino correcto, todos muy juntitos y todos muy de la manita. Somos machos y somos muchos. Mientras, los pastores se enorgullecen de lo manso de sus rebaños, de que voluntariamente las ovejas no voltean a ver hacia ningún otro lado, el mundo se llama “ahí enfrente”, el mundo se llama “es lo que hay”.

 

 

Hoy, sigue pareciendo estúpido llamarse a sí mismo “ciudadano del mundo”, tratando de dejar en los demás la semilla de un futuro sin patriotismos manipuladores y orgullos venidos del cumplimiento del deseo ajeno, anhelos por el entendimiento de una visión global y sistémica, un “¿cuánto tiempo te vas a resistir a entender que no hay de otra? ¿hasta que te des cuenta que lo único que queda es dinero y no es comestible?”; el cómodo, el nihilista-cool, el individualista, el religioso embotado por sus creencias y sus paraísos, el gran empresario y el banquero prefieren pensar que estarán muertos antes, que no es su problema. En épocas de elección estos temas se vuelven impensables, ¡blasfemias! “Se debe empezar por la casa” dicen muchos, cuando la casa está virtualmente derruida, desde adentro hacia afuera, gracias a todo el ecosistema inestable que no sólo la rodea, es poblador y amo de ella. Así, las casas del mundo, y todos nos miramos por las ventanas, con la misma cara de desesperanza; teniendo la puerta para encontrarnos en la calle decidimos que es mejor “arreglarlo todo” al seguir poniéndole parches temporales y resanadas a vigas y paredes que ya están podridas por dentro, listas para vencerse ante un ligero cambio en las fuerzas, de adentro o de afuera.

¡Gracias, abuelos!

Es así como uno, a pesar de estar en contra de una persona que se proclamó a sí mismo presidente legítimo en una delirante ceremonia digna de la risa de los dioses, que en vez de defender con uñas y dientes los derechos sobre el propio cuerpo y sexualidad los somete a votación y que llama a las masas a través de un “moreno” discurso de vírgenes regionales y santitos, terminará votando por él. Porque acaba representando, entre la gran plasta de asquerosidad en ese estorbo opaco al que se llama la élite política, la opción más parecida, aunque muy lejana, a lo que uno quisiera como parte y juez de nuestro entorno próximo los siguientes años. Las otras opciones son, para mí, impensables, ni de loco, más mocherías, más tradicionalismos, más represión, menos entendimiento de nuestro presente y futuro como comunidad global digitalizada o el regreso imbécil, inexplicable por todo medio lógico o argumentativo, de quienes fueron los dictadores. No me cabe en la cabeza.

 

¡Hay que ir limpiando la humilde casita

para recibir el myrreinato!

 

Supongo, entonces, que seguiré escribiendo sobre “idealismos idiotas” y “anarquismos” después de las elecciones, cuando pueda retomarse sin tanto temor el diverso tema de crítica ante eso que, entre tantas otras fantasías cotidianas, parece tenernos a todos creyendo que el enorme universo de la voluntad y la potencia influyendo en el futuro propio, el regional y el global, se resumen en el ínfimo y cuasimístico acto de regalar un voto en este gran disfraz al que hoy llamamos “democracia” .

 

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