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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Solondz, incorrecciones políticas y lecturas correctas
Por Jorge Hill
24 de diciembre, 2010
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Bufaba de inconformidad, no le cabía en la cabeza cómo una película podía tratar de esa manera a la comunidad judía, a las mujeres y a los discapacitados, utilizar el sexo de manera agresiva y mordaz, machista; promover el prejuicio y el antisemitismo. Le expliqué a mi hiperventilada amiga, que se consideraba de ideales sólidos y definidos, defensora de causas, activista política, feminista liberal y diputada de centro izquierda, que Borat era un falso documental y que todo lo que aparecía en ella era comedia, negra, pero comedia al fin y al cabo, vamos, ficción.

Con lo anterior no buscaba que a mi amiga le gustara la película, cosa que no me interesaba en lo mínimo, buscaba que la interpretara desde la fuente misma y su exposición esencial, que le diera la lectura correcta. Esto no la detuvo y la discusión nos llevó al lenguaje, a sus usos y su poder. Me extrañó escuchar a una mujer que conocía desde la secundaria y que tenía en calidad de “liberal y liberada”, satanizar el uso de la palabra “vieja” para referirse a tu novia o esposa, el de la palabra “güey” para novio o esposo, y tantas otras, que no por “vulgares”, sino por “incorrectas” o “agresivas” debían ser eliminadas de todo discurso “serio” o “amoroso”. Arremetí contra ella con todo el arsenal Foucaultiano: el disciplinamiento de la lengua tendría que tener un dulzón tufo a control que llevaría finalmente al disciplinamiento del cuerpo, y de manera más terrible aún, de la mente y sus epistemes.

Aún rebeldona, hubo que apaciguarla con lo cotidiano: conociendo ella a mi pareja de entonces y sabiendo que no era ninguna sumisa, y ninguna tonta, le dije que a mis amigos les comentaba por teléfono que “iba a estar con mi vieja” y no podría verlos, y que a la novia en cuestión no le molestaba en lo mínimo, o a mí, que dijera “mi güey”. Lo ahora obvio brotó entonces como manantial prístino: no son las palabras, son sus cadenas y sus contextos los que las hacen vibrar de maneras diferentes, es la pulsión detrás de ellas y el hilo conductor del discurso el que las aparece ante nosotros con diferentes máscaras, así sean las mismas letras delimitadas por un espacio anterior y uno posterior, haciendo posible la detección de su identidad, más no la de su intención.

Esta historia tiene ya muchos años, y hoy me congratulo de poder entender (a mi modo, claro) qué contexto sirve para cada cosa y también de intentar fomentar el sentido en que la transgresión no es (únicamente) una revelación de pulsiones agresivas sin pies ni cabeza, que puede funcionar de manera maravillosa, reveladora y de alta eficacia para dar un punto a entender y sobre todo, para romper velos innecesarios y capas de barniz en la realidad, para insertarse como parte del mundo que gira gracias a la confrontación, abrazarla, tomarla; retomar el que don Hegel no fuese ningún pendejo (sí, ahí dice “pendejo” ¡Oooga boooga!) cuando afirmaba que el constante y necesario choque de dos polos ideológicos lleva siempre a una síntesis, que más tarde deviene en tesis para iniciar de nuevo el ciclo que hace que el mundo humano se mueva, cabalgando sobre la montura que llamamos “historia”.

Con esto, al conservador se le frunce el cicirisco, al religioso se le rompe la virgen madre (solita, porque a esa nadie la toca) y al pusilánime, como diría otra amiga “siente que se le cuelga un enanito de los huevos” o como bien diría @elgab “les arden sus nalguitas” o como… bueno, ya.

Son las repetidas y cansinas reacciones de gente que no puede ver más allá de sus narices, que no puede entender que dentro de una pintura con una rata muerta puede haber belleza, que en unos acordes brutales con guitarra eléctrica puede haber talento, estructura y profundidad; finalmente, que el fondo o tema no muere al utilizar un lenguaje “no académico” o “cortés” en un contexto o formato siempre a disposición de la interpretación del lector o crítico, ya pasado a través de la red y filtro, a veces tara, que representa la moralidad propia ( “Moralina” tal vez corregiría Nietzche) y los parámetros, tantas veces repetidos, clichosos o aprendidos sin respingar, de la apreciación estética o formal. Y es que es la forma vil lo único que parece importarle a este tipo de gente, y no el fondo, la carnita que hay que morder debajo de la piel. En una muy personal metáfora culinaria, es el comensal que pide tacos de maciza sin voltear a ver el menú, sin saber que la costilla tiene la misma textura pero más sabor y jugos, ¿para qué hablarle de la nana y el cuero carnudo?

Hay millones de artistas, escritores, pensadores y simplemente gente que resulta persona non grata en muchos círculos, cada quién tendrá un espectro diferente para aceptarlos o no; si han leído mis colaboraciones anteriores en este blog, sabrán que a mí, la mayoría de los performanceros, instaladores, artistas del arte-objeto y artistas del arte efímero, simplemente me hacen vomitar un poquito en mi boca, habrá quien me pueda llamar conservador por esto, pero habría que ver también, los puntos que se exponen; pero no me adelanto, que la siguiente semana de eso se tratará este congal, citando algunas ideas del pensador y ensayista Marc Fumaroli que de entrada dice “no llamemos arte al arte contemporáneo”, sabrosón… ¿o qué?

Pero antes de que se me quemen las habas, quería yo recordar a una de esas no gratas personas que hacen que a los lectores asiduos del “Manual de Carreño” se les caigan los calzoncitos hasta el piso, accidente acompañado de un necesario “¡Oh, Dios mío!” y mordida telenovelera melodramática de falange en dedo índice derecho: el guionista y director Todd Solondz.

Siempre luchando contra corriente y ganándose la acérrima enemistad de sectores conservadores de la población, prácticamente imposibilitándose a sí mismo el esencial product placement para levantar una película, Solondz ha logrado, después de muchas trabas, darnos 6 magníficas películas y otra más en filmación ahora mismo, titulada Dark horse. Inició su carrera con una muy personal Fear, anxiety & depression, se mueve posteriormente al terreno de la confusión e ira adolescente en Welcome to the dollhouse, dándole la madurez para presentar Happiness, la obra con la que se conectó definitivamente con el público y crítica, tratando los temas de la perversión sexual y la complicación de las relaciones humanas con completa transparencia y crudeza; parece dar un pequeño bajón con Storytelling, que siendo una excelente película baja un poco el ritmo que llevaba con Happiness y muestra la desesperación de familias e individuos disfuncionales gringos para lograr la fama, el glamour y el brillo opaco que da la pretensión en los logros alcanzados por medios mañosos y prefrabicrados; Palindromes es una suculenta confrontación de las ideologías a favor y en contra del aborto, con una de las más deliciosas y risibles críticas que he visto a la doble moral cristiana; Life during wartime nos lleva a revisitar a los personajes de Happiness muchos años después.

Todas las películas anteriores están impresas con el sello de Solondz: la muestra cruda de la realidad como es, la flameante ofensa ante la ajena y alienante aceptación social del absurdo cotidiano, el asco y la pena ajena ante las convenciones sociales doble-cara y el borreguismo ciego. Solondz expone sin chistar la perversión sexual, la crítica a una sociedad a la que parece considerar ya desmoronada desde un núcleo familiar esquizoide, ambiguo y confuso, el humor negro con la incomodidad que causa y lo hace funcionar como un género y fenómeno en sí; la confrontación, sin miedos, sin velos, sin palabras condescendientes, sin tratar al público como imbécil, sin la cortina de humo del eufemismo que aparece tan seguido en nuestro propio cine, el mexicano, que para “criticar” necesita ponerlo todo en broma, “es una comedia buena onda, no hay pedo”, todos contentos a su casa sin haber hecho una nueva conexión neuronal.

Es esa “incorrección política” que funciona como catalizador cultural de una sociedad que está aterrada en decirle al otro lo que en verdad piensa, en no poder escribir lo que se quiere con las palabras y el tono en el que se quiere por miedo a perder amigos, contactos, “chambas”, “cerrarse puertas”; en no twittear lo que se piensa porque entonces no sería congruente con lo que supuestamente se es públicamente (ahí les encargo a varios famosos escritores que hasta se disculpan antes de twittear “malas palabras”, como si tal chingadera como “mala palabra” existiera fuera de ser un concepto mamón), con pensar que la confrontación ideológica mata, lleva a la agresión, “causa guerras”.

Por favor, detengamos el instinto evolutivo de succión para la sobrevivencia, o sea, ¡dejemos de mamar! las palabras no matan, se mata la gente pendeja que no se puede entender a través de ellas, la gente aterrada de la incertidumbre, de que se derrumben débiles pilares sobre los que una estructura ideológica está mal cimentada, los temerosos de ese “algo”, que tal vez no se han dado cuenta, que está únicamente dentro de ellos mismos.

La incorrección política es, bajo una correcta exposición y lectura, otro método más que se reviste continuamente de antítesis para hacer girar el mundo, le guste a quien le guste, a quien no: se aclimata, se aclimuere o se aclichinga.

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