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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Tentáculos, delicias de la crisis eterna.
Por Jorge Hill
2 de marzo, 2012
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Los pulpos, junto con los tiburones blancos, siempre han sido mis animales favoritos, será que significan muchas cosas para mí en aspectos muy diferentes.

La gran pelea en mi cabeza

Dejando de lado la psicología de libro de Sanborns que marcaría que yo me identifico con un pulpo por alguna payasada como que fui un adolescente con tentáculos muy mañosos o que soy baboso pero sabroso, los pulpos son criaturas fascinantes.

Soy un amante perdido de los animales, siento que todos me hacen carita de “llévame y hazme parte de tu vida”, me imagino que es lo que sienten las niñas fresas con cada prenda de nueva temporada del palacio. Aún así y para escándalo de muchos de mis amigos y conocidos más “vegantsss” creo en la eterna entropía del universo y en la realidad del humano como depredador en la natural cadena alimenticia, así que no sólo como pulpos, me encantan y aprendí a cocinarlos hace poco.

Méngache pacá

A veces me siento culpable por tanto animal que corto, hiervo, quemo y muerdo. Después recuerdo que no podría vivir pastando como vaca y que mejor vaca como, no es como que me haga huevitos de tortuga en la mañana, me vista con pieles exóticas o tenga un tigre de mascota. La terrible realidad que al vegetariano más castroso no le gusta ver, es que la agricultura masiva es tan dañina para el planeta como lo son la caza y pesca, miles de kilómetros de bosques y selvas se destruyen al año para crear campos de cultivo, causando inestabilidad o destrucción de ecosistemas y especies, junto a los típicos males de cualquier otro medio de producción masiva: contaminación por transporte, químicos en el proceso y como siempre, algún grupo de poder que se beneficia económicamente de eso con ganancias más allá de lo justo y la explotación de los trabajadores.

D:

Lo siento, así es la perra vida.

Aunque me gusta hacer burlas de los vegetarianos, creo que cada quién es libre de meterse en la boca lo que se le dé su gana y es muy respetable (las bromas a lo respetable suelen ser las mejores). Vegetarianos o carnívoros,  nos hagamos todas las ideas que nos hagamos acerca del bien o mal que le hacemos al mundo con nuestros hábitos alimenticios, estamos en el mismo barco de cadenas de producción masiva no sustentable (no se lo digan a un vegetariano, porque los muerde).

Yo, querido lector mío, mejor me dejo de chaquetas mentales y de esclavitudes extras, que ya de por sí el hecho de evitar comer en cadenas (Mcdonald’s, Burger King, etc), comprar en mercado y no en súper e ir a la tiendita de Don Beto en vez de al Ottso, me ha sido suficiente autocondena. Me chento mi pulpito y listo.

Será que tanto problema viene porque no hemos aprendido a vivir en comunidades sustentables, o más bien, será que no nos han dejado de otra, no nos hemos dejado de otra.

El “no hay de otra” es el nuevo “a mí qué me importa”

Estuve cerca de un mes en Barcelona cuando el euro no tenía más que un par de meses entrando en España, lo que vi, ya en proceso de derrumbe, fue algo que me abrió los ojos y que hasta hoy me parece uno de los ejemplos más claros de la voracidad cretina en la que vivimos hoy como “normalidad”. Barcelona era todavía el “Pequeña Nueva York” europea, multicultural, diversa, con nichos para todos, con aceptación y fomento a esa diversidad. La gran diferencia entre la N.Y. original era básica y central: prácticamente no existían, en toda la ciudad, grandes cadenas de ningún tipo. La ciudad se sostenía completamente con los negocios locales que iban desde el kebab de la esquina, hasta el restaurante de súper lujo, pasando por los bares de todos tipos, colores y sabores, para el pijo (fresa) o para el jebi (metalero), las tiendas desde artículos de lujo hasta los mercados clásicos con la pesca fresca local. Hoy, España, con todo y su hermosa y ejemplar Barcelona, es uno de los países más golpeados, dirían muchos “por el euro”, dirían otros (en mi opinión, más correctos) por la economía global desestabilizada gracias a la voracidad de aquellos pocos en la punta de la pirámide.

Por cierto, fue ahí donde me comí el pulpo a la gallega más rico que he probado en mi vida.

Omnomnom

Para el que se dice “hombre moderno”, como si auténtica evolución estuviera representada en el término, la vida en comunidades pequeñas y autosustentables es “regresar al pasado”, es ir a lo viejo y una muestra de derrota, una opción del pasado para un mundo que tiene la vista en el futuro… mamadas, pues. Para ellos, los que quisiéramos comunidades basadas en oficios y talentos, y lo vemos como una auténtica (y probablemente única) solución para el futuro, somos hippies o hispters o mariguanos o algo, no sé; estamos acostumbrados a etiquetar para no argumentar, lo último es un lujo racional y lógico que el hombre robótico no quiere, y no tiene tiempo para ello, está demasiado ocupado en trabajar y “sobarse el lomo” para comprar, algo, lo que sea; para mantener la ilusión de que todo está bien mientras él pueda seguir comprando cositas e ir subiendo de estatus como consecuencia.

Esperemos que a estas personas les guste comer billetes y morder monedas, porque cuando no quede otra cosa más que eso en una Tierra sin recursos naturales, supongo que tendremos que hacer sopita de centavos mientras platicamos algo como “¿Sí estábamos bien pendejos, veá?”. Pero así es esto de las garnachas del mundo, la humanidad nunca ha aprendido de otra manera más que a la malagueña, a putazos.

Si tú sientes que te pica la colita

en una de esas

tienes humanos.

Ahí el otro pulpo, el Kraken de los mil tentáculos, todos insertos en nuestra cultura, moviéndonos a voluntad para creer que somos todos unos modernos y futuristas gracias a nuestros hábitos de consumo, nuestros gadgets y aparatejitos de glamour. Tentáculos invisibles como los de las criaturas lovecraftianas.

Ahora, como el calamar mexicano es bien moderno, nos sentimos orgullosos de que nuestros cefalópodos estén nominados para liderar grupos de farsa global como el FMI o que tengamos la presidencia por un año del G20, dos de los interminables grupos diseminados por todo el mundo destinados a “ayudar a países con economías emergentes” o a “acabar con la crisis financiera global” y todas estas falacias que hacen que todo suene muy bonito y muy importante; al mexicano eso le hace sentir algo como si fuera ganar un partido de la selección, aunque no se tenga idea de la gran decadencia y abuso que significan estos grupos en la realidad. Sólo falta ver las geniales decisiones, bueno, no “decisiones” en plural, siempre es la misma: los “bailouts” a bancos y grandes corporaciones que terminan hundiendo más a los países, pero haciendo más millonarios a los grupos élite de un lado y del otro, una belleza del cinismo en la economía global actual al que estamos tan acostumbrados que ya ni siquiera vemos con sorpresa, o simplemente no nos enteramos; Loret y Dóriga y demás monines de la televisión no entran en los detalles incómodos, no le conviene a los patrones, ni a los patrones de los patrones.

Los medios tradicionales en afortunadas vías de extinción

Sólo falta ver la pasada cumbre Davos en la que supuestamente un “replanteamiento del capitalismo” iba a ser un tema principal: a lo que muchos llaman “el club de privilegiados” se hicieron completamente pendejos a la hora de intentar tocar el tema, no se va a poner en tela de juicio el sistema que los ha puesto en ese lugar de privilegio, a pesar de que en el globo las economías sigan cayendo una a una, con los ejemplos brutales de Grecia, España, Islandia e incluso Estados Unidos, con la peor crisis desde su gran recesión antes de la segunda guerra mundial, gracias a la que floreció. “La guerra es dinero”, dicen por ahí.

Tal vez lo único que queda es ver cómo los tentáculos del pulpo ajeno nos van jalando hacia el abismo, porque así queremos, porque nos hemos dejado, porque pensar de otra manera “es de chairos”.

Mientras, yo me chingo un pulpito a la diabla, masticando lento, por aquello de que necesite abrir la boca y no ser un pelado con el hocico lleno a la hora de tener que abrirlo para decir “Ash… se los dije”.

Se supone que esta entrada se iba a tratar de pulpos, las leyes de la correcta escritura marcan algo muy diferente del resultado, tendría yo que haber hecho por lo menos unas metáforas más astutas al respecto y cerrar con unos punchlines pulperos bien acá, manejándole a usted el ritmo y la narrativa de maneras nunca vistas, magistrales. Pero como esas mamertadas y eso de seguir los manuales de Carreño del escritor cada día me aburren más, así queda.

Les deseo un fin de semana espulpocular… (samamada qué)

 

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