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Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Terror y moral
El ataque terrorista a Charlie Hebdo ha hecho resurgir el debate de la libertad de expresión y sus supuestos límites. El terror avanza una casilla.
Por Jorge Hill
9 de enero, 2015
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No voy a mentir, no sabía de la existencia e importancia de la revista Charlie Hebdo hasta el ataque terrorista que sufrieron hace unos días y del cual, supongo, todos estarán enterados.

Al leer diferentes fuentes encontré lo que me pareció una revista sin tapujos, que no se anda por las ramas y dejó desde hace mucho tiempo la estorbosa corrección política que a tantos medios tiene en la omisión, el silencio o la hipocresía desde siempre.

Tampoco puedo mentir y escribir que me sorprendieron algunas reacciones, ya que son las que se esperan, las de siempre, las de El Siempre, este siempre que nos tiene tan paralizados a todos, tan en lo mismo, tan obstaculizados porque los que tenemos prisa estamos obligados a ir en el camión de los timoratos y los moralinos. No es Francia, no es México, es el mundo.

Ya no sorprende a nadie que automáticamente se escupan al aire cretinismos repetitivos vacíos como “Se lo buscaron”, con esas palabras u otras, con velos lingüísticos y desarrollos innecesarios que buscan el eufemismo intelectualizado. Al final, la lógica tan común (y tan vista en el mexicano) de culpar a la víctima por sus expresiones y por el ejercicio de sus libertades, termina cerrando su ciclo y logrando su función: atemorizar o devaluar, ejercer poder desde una moral específica (de las millones que existen) e instaurar la censura y autocensura para obstaculizar el progreso de otras morales, otros poderes, otros caminos, otras posibilidades.

Curiosamente -o no- se parece mucho al proceso terrorista. En el caso de Charlie Hebdo y otros parecidos, de la historia reciente y antigua, los dos procesos se unen para formar la aniquilación y el mensaje claro: “esto no se va a soportar, si lo haces, sufrirás el mismo destino”.

“Racista” y “excluyente”, exclaman quienes parecen no comprender la parodia y la sátira, la ironía y el sarcasmo, sus funciones como motores del discurso, como el contrario de la parálisis y el estancamiento que crean el miedo y el silencio mismo como ciclo que se retroalimenta.

“Provocativa”, su palabra favorita. De la misma manera en la que considerarían “provocativa” a una mujer en minifalda, “ella se habrá buscado la violación”. Y se pierden en largas y absurdas apologías, justificaciones y “diferenciaciones” de esta “lógica”, en tantos “yo no dije eso”, cuando se pueden decir tantas cosas a través de una “lógica” o método de pensamiento sin usar las tantas palabras y ejemplos específicos que los pueden ir revistiendo. Un método específico y tan simple de pensamiento no se puede usar cuando conviene y ocultar cuando no. O sí, es lo que algunos creen demostrarnos.

Así, aquellos reaccionarios y victorianos trasnochados que piensan que debe haber un “límite” para la libertad de expresión nos muestran “una evidencia más” de su lógica. “¿Ya ven lo que pasa?”. Entonces nos aliamos al terror, sin ponernos el uniforme, sólo uno de los calcetines.

¿Esto nos hará terroristas? evidentemente no. ¿Aterrados? probablemente sí. ¿Moralistas mórbidos que necesitan ejercer su poder sobre todos los demás? definitivamente sí. El pan de todos los días, lo “normal”. No vaya a ser que alguien se ofenda.

¿Qué importa si te ofende? ¿Qué importa que algo que para ti es sagrado, para otra persona sea un absoluto absurdo digno de risas?

Nada, si viviéramos en un mundo en el que la gente ha aprendido que su moral y su visión del mundo no es la única ni la válida, que es únicamente la suya aunque la comparta con otro puñado de millones.

Pero no, ellos quieren “límites”. ¿Desde dónde vendrá el límite? ¿Qué discurso, qué poder y qué moral lo impondrá? ¿Le hará gracia y le parecerá muy bien al que quiere poner “límites” cuando se los pongan a él, cuando se limite o se anule la adoración y expresión de sus símbolos más queridos y sagrados?

No, aquel que quiere poner límites a la libertad de expresión asume que se impondrán desde su moral, que serán cómodos para él, que estarán “de su lado”. Tremenda inocencia, la que deviene de vivir el delirio de una única y verdadera moral: ¿cómo habría otra opción?

“Y es que no existe la libertad de expresión absoluta, mira las leyes de cualquier país”, ¿y quién dijo que nuestro estado actual es muy correcto, que la historia se acabó, que las cosas no avanzan y que no hay mañana? ¿quien dijo que estas farsas actuales a las que se llama “democracias” realmente garantizan libertades?

Otro vuelo sobre los terrenos de la inocencia.

Cuánto miedo. Cuánta necesidad de ejercer nuestro poder sobre los demás en vez de dejarlos escribir, decir y adorar lo que quieran, así nos parezca grotesco. Porque no nos engañemos ni le busquemos tres pies al gato, las palabras nunca han matado a nadie, nunca lo harán, así hagan un llamado a hacerlo.

Sólo la gente mata, la que está sedienta de poder, los psicópatas, los hambrientos y esta casta grotesca de desesperados que hoy miran el desvanecimiento gradual de sus castillos de fantasía ante la razón y el pensamiento, lo han hecho durante todo el curso de la historia y lo siguen haciendo hoy mientras gritan el nombre de su Dios, de alguno de los cientos que se han inventado.

“Respeto” y “límites”, piden, ya sea con Dios o con una moral secular como bandera. Y quienes caen en el juego callan, “no vaya a ser”: El terror ha sido generado, el poder ha sido ejercido, la moral ha permeado su objetivo.

terror y moral charlie hebdo

Silencio.

@JorgeHill

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