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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Tocar a los intocables
"¿Qué derecho crees que tienes tú a hablar sobre algo con lo que yo me identifico?" una de las preguntas más estúpidas que se sigue haciendo la gente que vive en un supuesto estado de libre expresión.
Por Jorge Hill
26 de julio, 2013
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Hace un par de semanas hacía algunas bromas en Twitter sobre la maternidad, todo en buen rollo, pero como siempre tirando por ahí algún quiebre con sabor como de nalgada a media cogida, que duela poquito pero que se note que es con cariño, que llame a la complicidad. La mayoría de mis followers están ahí desde hace mucho y conocen el tono y la intención, pero no falta el nuevo que llega con bríos y toda la actitud de mostrarte lo mal que estás y cómo toda tu vida y todo lo que piensas es un gran autoengaño. En esa ocasión fue una chica que me mandó un reply que decía algo así como “¿Y tú qúe derecho crees que tienes para juzgar y burlarte de la maternidad? aparte eres hombre” o algo en esas clichosas líneas. Después de un par de intentos por las buenas y recibir las tres respuestas predecibles siguientes, contesté con no recuerdo bien qué palabras exactas lo que me imagino quedará claro en este escrito.

En cientos de ocasiones en persona, en este Congal, en escritos, en cuentos, guiones, letras de canciones y en las redes sociales me he expresado en contra de las religiones, normalmente en un tono burlón y smartass. En cientos de ocasiones he encontrado de vuelta la misma estúpida pregunta “¿Tú qué derecho crees que tienes para hablar de mi religión?”.

Apple-hype

 

Hablando de idolatrías y pensamiento circular religioso…

La banda Molotov pasa por mi vida sin pena ni gloria, buenos músicos con rock chistoso para brincotear. No soy de brincar y cuando escucho música me gusta irme muy, muy lejos gracias a ella, no reírme. Pero hoy  me encuentro con esto aquí en Animal Político. Algunas ONG y grupos pro-gay piden a Molotov que no toquen en su gira por Estados Unidos su canción “Puto” por ser un llamado a la agresión contra los homosexuales. Aunque los de Molotov aclaran lo que ya es muy pinches claro, que es  una canción contra el gobierno y el “puto” se utiliza como “cobarde”, esto no es suficiente para los señores gay que quieren emancipar a través de la prohibición. Pero, uy, no te vayas a meter con otro más de los intocables, otro tema sensible de avanzada en el que si no estás a favor, estás en contra. Si no acatas la orden es porque seguro eres antigay. Cui-da-di-to con estos temas y con estos puntos sensibles, que basta no estar de acuerdo con algo para ser tachado como un fascista, un retrógrada, simplemente un hijo de la rechingada, peor aún, obviamente homofóbico; aunque tengas amigos y amigas homosexuales, de esos que te caen todavía mejor porque se autonombran “putos”, “jotas” y “lenchas”, de esa gente rara que entiende cómo funciona el lenguaje, pues. Me dio gusto leer que Molotov los mandó al carajo con algo que deben estar hasta la madre de repetir: Que no, que no, chingao, que apoyamos a la comunidad gay y que la canción no tiene nada que ver con ella y que decir “puto” no va a hacer que la gente salga a madrear homosexuales a la calle. Esos grupos ya existen, y esas ONG y esos activistas deberían estar más preocupados por eso que por estar lavándole la boquita a los niños del mundo con agua y con jabón. Resumamos este párrafo en la traducción “¿Y tú que derecho crees que tienes de decir la palabra “puto”?”

La parte más lamentable de lo anterior es que sean estos movimientos “progresistas” los que a veces más abogan por la prohibición, mientras glorifican esta acción enseñando un fin lejano maravilloso, “el fin justifica los medios”. Curiosamente, las palabras y la ideología de prácticamente todo aquel que se quiera acercar a lo totalitario y dictatorial, al control. Peor aún es que sean las cabecillas de estos grupos, que deberían estar enterados de cómo funciona el lenguaje, los que menos saben y están dispuestos a destruir palabras, cuando es el contexto y lo que rodea a la palabra lo que hace discernir su significado. Palabra sola es palabra muerta, un cascarón vacío. Contra eso pelean tantos grupos a veces: contra cascarones vacíos. Habiendo tantas otras luchas en el mismo campo de batalla que sí podrían traer algo de provecho, algo real y tangible, algo que no se meta con la libre expresión que esos mismos grupos tanto piden. “Los límites del derecho a la libre expresión” dicen, como si tal unicornio volador que vomita arcoiris existiera.

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¡Wiiiiiiiiiiii!

En el mundo del arte y el entretenimiento tenemos a tantos intocables que sería imposible nombrarlos, aparte todo depende del género y de la comunidad de la que hablemos, pero los más próximos que vienen a la mente son The Beatles. Los grandes intocables. No hay cómo. Expresar tu opinión sincera si no te gustan es convertirte automáticamente en un pinche hater, un niño sin amor, alguien con oscuros y terribles secretos que deben hacer que su personalidad odie sin control a “Los padres del rock” y al mundo entero, a los pandas y a los koalas, a las ranitas bebés fluorescentes del amazonas. Importantísimos los señores en la historia de la música, en mucho del desarrollo e influencia de la cultura de los sesentas y setentas, sí sí, claro. De ahí en fuera no doy un pepino mordido a medias por su música, sus canciones no me mueven ni las fibras más sueltecitas que tengo y la mitad de sus historias sé que son más mitos y repeticiones de boca en boca que una realidad. Encuentro mucha música de la misma época muchísimo más interesante, sea más compleja o menos, y encuentro en ellos a la primer boy-band de la historia, los primeros New Kids On The Block, los primeros One Direction. Esto no se le puede decir a un beatlemaníaco de frente porque te arriesgas a ser descuartizado al momento, al igual que no se le puede decir a un Tarantifan que la última buena película de Tarantino te parece “Pulp Fiction” y que lo demás es puro fanservice, que “el chico malo de Hollywood” lleva demasiados años siendo exactamente eso, el chamaco con un juguete de millones de dólares que hace todo lo posible para que los amiguitos que lo rodean, lo adoren. Sabe cómo, sabe con qué y en qué momento, la saturación es impresionante. Si a alguien le mueve sus fibritas ¡chingón!, desgraciadamente para muchas personas que no gustan de la heterogeneidad, las opiniones son como los culos: todos tenemos.

Assholes Are Like Opinions

Hace un tiempo, en una reunión, platicábamos de gustos y este tipo de cosas, una amiga me preguntó -de manera que me pareció muy cagada- si yo estaba muerto por dentro, que si no me gustaba nada. Le respondí que como bien lo sabía, me apasionan miles de cosas, hasta las lágrimas, lágrimas de risa, de enojo, de melancolía, de felicidad; pero que simplemente no compartía los gustos del grupo que estaba en ese momento frente a mí. Cuando una abeja pica, muere tratando de escapar, el aguijón aserrado se aferra a la carne y su cuerpo se parte en dos, liberando químicos que alertan a las demás abejas que es momento de atacar, en masa, sin piedad. Algo así pasa con la mayoría de los humanos cuando sentimos que lo nuestro está en peligro. Así fue como se cernió el pequeño panal sobre los gustos que yo iba proporcionando, las armas que con gusto les daba para que tomaran por el mango. Un bashing constante de la nerdada ñoña sobrevalorada de Doctor Who, los forevers Pink Floyd, los chillones de Katatonia,  los infantiles videojuegos, las mamonerías pseudointelectuales de Ingmar Bergman y Tarkovski, los pedantes temas incomprensibles de la lingüística y la filosofía, los sensibloides ya afresados de Anathema, el subnormal frustrado de Lovecraft que comparte esas características con casi toda la escena del horror, la fantasía y el sci-fi.

El ataque de las abejas asesinas duró menos de lo esperado al no encontrar en mí sufrimiento, ojos húmedos o barbilla temblorosa. La noche siguió normal, una buena peda. Mi amiga me preguntó más tarde por qué no me había enojado o había defendido (?) mis gustos, por qué no me había defendido… que si neta “Estaba muerto por dentro”.

Todavía sigo sonriendo cuando lo recuerdo.

¿Qué más vivo y sensible puedes estar que entendiendo que las cosas que te gustan, las cosas con las que te identificas, las cosas que apasionan e incluso las que te han formado, son simplemente cosas y están allá afuera, que no son un Yo?

Que yo soy yo.

Nada en este mundo es sagrado.

Nada es intocable.

 

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