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Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Twee, mis pelotas
Por Jorge Hill
15 de agosto, 2014
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twee as fuck

… ok

Me topé ayer entre mis contactos en redes sociales un artículo llamado “Muera el hipster, larga vida al twee“. Decidí asomarme.

Use Lahoz, novelista y autor del artículo en cuestión, nos regala una relajada introducción al libro Twee: the gentle revolution in music, books, television, fashion and film (twee: la apacible revolución en la música, los libros, la televisión, la moda y el cine) de Marc Spitz, escritor y reportero de música que ha generado textos para algunos nombres grandes como Spin, New York Times, New York Post, Huffington Post y la inmamable Maxim, folleto y guía del buen macho mirreypster de hoy, ayer y siempre.

twee mirreypster

Foto Bossa.mx

El libro de Spitz, según Lahoz, engloba una supuesta revolución cultural que no se ha dado gracias a una generación, si no que viene forjándose desde hace más de un siglo gracias a figuras apacibles y tiernas, generosas, que no entran en conflicto, gustan de la melancolía y no buscan enloquecidamente la fama, el dinero y/o el crédito ante la exhibición, punto de encuentro de todo movimiento dentro de la cultura pop, incluyendo al hipster.

Se trata de un movimiento que arrasa en Estados Unidos gracias a iconos como Wes Anderson o Zooey Deschanel llamado twee, que es como los bebés pronuncian la palabra sweet (dulce). Este calificativo tan dadá define a los jóvenes simpáticos, educados, comprometidos, sensibles y nada engreídos. También admite a entusiastas de cervezas locales, galletas artesanales, mermeladas caseras, estética aniñada, cine de culto, verduras biológicas e incluso animales (si es un pájaro, mejor) a los que cuidar con mimo.

Así pasamos por todo lo infantil y tierno en la cultura, desde un Walt Disney hasta un Morrisey, pasando por Charlie Brown, los gatos, los pájaros, usar ukulele en canciones o videos y los lentes nerd. Vamos, que todo cabe.

Ningún rollo hay contra el buen Lahoz, que sólo nos informa, bien y con buen humor, sobre el libro; mejor vamos moviéndonos hacia el centro de gravedad. Es avergonzante error criticar un libro sin leerlo, así que no puedo hacer tal cosa, pero sí podemos intentar ver por dónde va todo esto de “una nueva revolución cultural”, ese término que en nuestros días se usa para todo -al igual que “genio”- y que nos podría dejar con un punto final después de un “Y no dice nada”.

Lo interesante es que sí dice, y dice mucho, habla sobre nuestra apreciación actual y sobre cómo se nutre nuestra cultura, de manera más importante habla sobre desde dónde se nutre hoy nuestra cultura, qué la alimenta, qué hace que algo se convierta en cultura, moda, trend o “revolución” de dos días sin impacto o injerencia en absolutamente nada más que en un tipo de incesto intercultural, pequeñas construcciones efímeras influyendo sobre otras pequeñas e incipientes construcciones efímeras dentro del mismo pequeño círculo ¿qué las genera y qué mantiene su mitósis en ese círculo incestuoso?

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Para que un Twee entienda la mitósis.

Foto: Kevin Van Aelst.

La muerte del hipster estaba anunciada desde su creación -asunto del que escribí hace unos años en “La plaga hipster” y retomé hace poco en “La vendimia de la normalización y el #normcore“-, tremenda obviedad tendría que ser visible desde el conocimiento de que ninguno de los “movimientos” pop (así se digan “underground”, LOL) que existen hoy en día se ha generado con los términos “cultura”, “revolución” o “movimiento” en mente. Las revoluciones culturales se hacen por la gente poco a poco y para la gente, siendo ellos mismos manifestaciones de movimientos en la historia mucho más complejos de lo que podríamos vislumbrar, catalizadores en una historia de engranes.

El movimiento cultural se forja a través de las artes e ideologías que lo manifestan y crean al mismo tiempo, alimentándolo y haciéndolo crecer, forma asociaciones gracias a la apreciación común de sus manifestaciones y tiene siempre una característica final: su meta es simplemente mostrarse, hacerse visible, conmover, hacer pensar y sentir al otro. A eso, niñas y niños, le llamaban “arte”, “movimientos culturales” y “revoluciones culturales”.

El “movimiento cultural” y las “revoluciones culturales” de hoy en día no son forjadas por grupos urbanos, artistas con una nueva manera de manifestar y ver su entorno o por intelectuales con intenciones teleológicas a través de sus análisis. No, se dan en grandes agencias de publicidad con pitches creativos y gordas carteras de clientes con miles de productos esperando a ser categorizados como “hipster”, “normcore”, “twee” o el siguiente trend para darle más combustible al “movimiento” y dejar que crezca de la mano del siguiente en la cadena: las masas ya están bien amaestradas y solas hacen las cosas, abren cuentas de Tumblr, Twitter, Pinterest y Facebook encantados por esta gran novedad, esperando los suficientes seguidores para que la selfie con el look trend que promueven llegue a miles de likes, favs y RTs. Así, dan contenido de éxito garantizado a reporteros, autores y blogueros de moda y trends (que son millones en una industria billonaria), dándole el giro completo al ciclo que inicia una vez más, ya sea nutriéndose para hacerse más pop o para iniciar la mitósis, disfrazarse un poco, ser bautizado con otro nombre y de vuelta a la pista después del paso por los pits.

¿ Y las pinturas, esculturas, obras de teatro, obras cinematográficas, obras musicales, manifiestos ideológicos y libros que son ese movimiento en sí y serán su legado y evidencia en la trascendente “revolución cultural” que supuestamente lograron? En efecto, nos quedaremos con una novelilla de alguien que se subió a la ola, una que otra “instalación” o “performance” y miles de canciones de miles de grupos que nadie escuchaba antes (porque no existían como el producto que son) y no volverá a escuchar jamás, gracias a asumir su lugar, momento y obra como desechables, por crear su obra a partir de esa misma idea de ser tan desechable como un iPhone cuando llega el siguiente. Al cliente lo que pida.

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Ahí la molestia de algunos, entre los que me incluyo, al leer tremendas mamarrachadas como que Wes Anderson, Sigur Ros o M83 -entre tantos otros- son “de hipsters” o “de twees”, o del estúpido “movimiento” que se invente mañana y pasadomañana para intentar darle “identidad” a un mazacote de basura pegajosa sacado de la manga y rodado sobre lentejuelas y brillantina. Hay que aprender a diferenciar entre lo creado por hipsters para hipsters y lo que los hipsters, twees o cualquier mamón que de entrada se considere “equis cosa”, se apropia sin tener la más mímina idea de una carrera demostrada durante un par de décadas haciendo arte valioso y complejo. La cosa es que pedirle a este gente una visión más allá del single que la radio les vendió o de la película que les tocó a los sweet 21 años, es imposible: no perder el tiempo, la saliva y las letras en abismos sin fondo es un aprendizaje invaluable.

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No hay que darle muchas vueltas para entender la absoluta diferencia entre un movimiento que tiene como intención crear, exhibir, visibilizar, conmover y hacer pensar, y una “revolución cultural” que tiene como meta tener feliz al cliente mientras lo hace sentir parte de algo nuevo, cool y trendy, generar muchos dineritos a cualquier compañía o persona que se suba al tren creado y hacer a varias agencias de publicidad más ricas y famosas, ahí “el juego que todos jugamos”.

Así se nos empieza a mover el hipster -que habrá sido “alguna otra cosa” antes- para otro lado, un tanto avergonzado y arrepentido al ver el fracaso de su “revolución cultural” snob: con la cabeza gacha y la cola entre las patas recoge algunos tiernos juguetes que ya tenía y con los que todavía se le va a permitir jugar, se escabulle cómodamente con un ligero cambio en la ropa que tan cuidadosamente había escogido y comprado,  aplaca sus palabras para lograr un discurso más incluyente, menos agresivo intelectualmente y lo matiza con una conmovedora nostalgia y melancolía (probablemente la que ahora conoce gracias a la pérdida de la propia dignidad).

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I don’t think so, baby.

El exhipster-luego-normcore-ahora-twee, finalmente sonríe, tiene lo que siempre buscó: ser trendy y tener los ojos de los demás encima de sus vacíos internos retacados de productos in, porque hoy existe una cultura que enaltece lo desechable, porque siempre habrá un autor que busca ese estado de estrellato que se da entre los reporteros y escritores de moda y trends: que alguien más lo cite como el que tuvo la “genialidad” de ver y dar nombre a la “revolución cultural” que vivimos hoy, esa que se acaba mañana para dar inicio a otra y que no generó nada, más que ventas, entre ellas, las de miles de libros que nos guiarán hacia la siguiente revolución,  surfeando sobre eso único que da oleaje eterno aparte del mar: la gran farsa de El Mame Contemporáneo*.

Twees mis pelotas.

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—-

*El Mame Contemporáneo es una Marca Registrada y nombre de mi siguiente libro, que narra y nombra la meta-revolución cultural que vivimos actualmente gracias a estar tragando camote con brillantina toda la vida. Agencias de publicidad, marcas de ropa y productos: pueden contactarme a través de mi cuenta de Twitter. Hagámonos millonarios juntos, beibes, las masas están ávidas.

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