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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Un chairo fatalista con esperanza
Tener la esperanza puesta en otros lugares no significa desesperanza, y la indiferencia bien puede ser otra malinterpretación del hartazgo absoluto.
Por Jorge Hill
24 de julio, 2015
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“Para mí un naco no es un moreno, prieto, pobre o incluso mexicano, nacos hay de todas las clases y en todos lados, es gente sin educación”, he escuchado y leído frases como esas -que ya llevan implícito lo que quieren negar- mil veces, y siempre me hacen sonreír. Ver las marometas simbólicas y lingüísticas con las que la gente intenta salir de estas representaciones arraigadas del México clasista es maravilloso, en su muy particular belleza grotesca.

“La puta” es otra imagen parecida, toda mujer mexicana tiene que luchar contra el machismo fuera de control de este país a diario, pero muchas de ellas mismas (y de ellos) no tienen empacho en sacar la palabra de la boca con su “P” y su “T” bien marcada, con odio, desprecio, asco y urgencia de exclusión.

Pensaba en esto mientras leía hace rato el texto de Attolini “Mi peor enemigo, lo chairo“, esperaba a Paula en el mercado de Coyoacán y sudaba como cerdo en un viernes soleado. Pensaba en por qué pensaba que “sudaba como cerdo” si los cerdos no tienen glándulas sudoríparas, y al igual que perros y gatos, no sudan ¿por su olor? ¿porque al hablar de un “cerdo” estaremos hablando al mismo tiempo de un obeso a quien supuestamente se le derramaría la grasa por los poros a chorros? ¿más eufemismos rebuscados?

Ya por acá le había tirado un pequeño codazo a Attolini que nos llevó a seguirnos en Twitter y tener un distante e intermitente bromance digital fincado sobre nuestro amor a los videojuegos RPG, Foucault, la lingüística y otras geekadas. Me sorprendió encontrarme con el adjetivo “Chairo” y aparte significado como enemigo. Más me sorprendió identificarme con ese enemigo, ese fatalista determinista que denuncia la caja de tortura sin ser u ofrecer una solución. Ese que no cree, sino que sabe que un uno no es solución y que a veces lo podrido ya está tan echado a perder que tal vez sea mejor alejarse antes de que uno mismo termine en la pila apestosa, sino es que ya lo está, sin saberlo. Que a veces la denuncia lejana es lo único que la nata de poder, allá arriba, le permite a la gran mayoría.

No es que Attolini y tantos otros autonombrados “anti-chairos” sean necesariamente -o especialmente- clasistas, si es que los primeros ejemplos lo llevaron a creer que escribo eso, sino que su método para construir a su propio “chairo”, a ese “mi chairo, mi símbolo personal”, se va a la maroma, a la espiral del nunca acabar, a tratar de separar lo inseparable: si el símbolo no es compartido y nutrido por otros, caemos en el solipsismo, o más bien, en lo esquizoide, un neologismo único, perdido en la mente de su creador. “El Chairo”, como “La Puta” y “El Naco” (¿”Lotería”?) no sólo hablan de uno mismo cuando son proferidos, hablan de todos nosotros, de lo que somos en conjunto. No es un achaque moralista, mucho menos prohibitivo -Baby Yisus nos salve de los prohibidores-, es hablar sobre arquetipos que tal vez sólo existan en el imaginario colectivo, representando algo que nos molesta, una vil imagen unidimensional, artificio creado con palabras y palabras que definen en qué puntos se ancla eso que tan a ligera normalmente llamamos “realidad”.

Mientras, como decisión personal muy lejana a lo moral, sigo prefiriendo ni siquiera utilizar cualquiera de las tres palabras, para mí son como decir “Dios”, una construcción, un artificio, algo que sólo nos separa.

Será que somos los más “fatalistas” al mismo tiempo los más esperanzados, topándose con la realidad que nos dicta que uno sólo no puede hacer gran cosa, que tal vez la auténtica y pequeña burbuja sea no darse cuenta que uno no tiene por qué vivir en una burbuja podrida, buscándole solución heroica a lo que no está en nuestras manos, entendiendo que hay otras burbujas más limpias, donde nuestra influencia pueda ser palpable, donde nuestras ambiciones sí tengan un futuro. Y aquí es donde todos piden una respuesta, todos quieren una solución, ya no más quejas, “haz algo, no seas chairo”. El idealismo con el que algunas personas se mueven, creyendo que sus impuestos, trabajo o buena ciudadanía van a “cambiar las cosas” es tan ridículo que de hecho el PRI lo usa como campaña -digo, ahí nomás-. Estas repeticiones se restriegan en la cara de “su chairo”, ese a quien ya vistieron de “vividor”, de “sólo se queja”, de “incongruente”, el “lastre” y el “parásito”, sin saber nada sobre ella o él.

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Tener la esperanza puesta en otros lugares no significa desesperanza, y la indiferencia bien puede ser otra malinterpretación, en este caso, del hartazgo absoluto.

Paula llegó, comimos mariscos, compré en el mercado muchos kilos de costillas y otros ingredientes para preparar una buena cena a mis primos mañana.

Regresé a mi casa pensando, una vez más de tantas últimamente, que lo que me interesa por el momento es estar lo más lejos posible de la podredumbre, no ser un héroe.

Guardé las dos enormes bolsas pesadas, grasosas y medio sangrientas con tiernas costillas, me dije a mi mismo “Bueno, supongo que soy un chairo, ese “chairo” y probablemente algunos otros trajes que me queden de los tantos millones que cada quién ha creado en su cabeza… y por mí está bien, ya lo discutiremos entre chelas y videojuegos”.

Cerré el refrigerador con una sonrisa autoconciliadora y vine a escribir.

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