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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Un día de postmo-furia
Por Jorge Hill
31 de diciembre, 2010
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Hay una nueva clase social que surge de la acumulación del dinero en una esfera extremadamente estrecha, pero mundial. Estos millonarios ya no quieren tener en casa un tiziano o un delacroix, sino signos exteriores de riqueza. Y eso es lo que les proporcionan las galerías que les ofrecen tiburones dentro de tanques de formol o juguetes sofisticados como los que produce Jeff Koons.
– Marc Fumaroli

Estoy terminando de mudarme y sólo me hacía falta recoger una silla cómoda en Office Max para terminar con gran parte de las cosas esenciales. Escogí una sillita giratoria que se veía cómoda y un nuevo mouse inalámbrico, ya que el mío, entre clickazos videojuegueros y el pr0n de internet, ya las está dando. Todo iba en orden, hasta que después de pasar a la caja y ser despojado de mis varos, el “poli” de la salida debía quitar de mis productos el aparatejo que hace que una alarma suene si te quieres pasar de listo y ser el Robin Hood del mundo oficinista: no tenía “el imán” necesario para desactivar “el chunche”, no tenía idea dónde estaba y parecía no estar muy interesado en buscarlo u obligar a los demás empleados a hacerlo. Me tomé con cierta calma el asunto e incluso intenté divertirme mientras veía cómo un empleado tras otro se echaba la culpa de haber perdido el “coso”, pero a mí no me solucionaban nada mientras los lentos minutos pasaban.

Eventualmente empezaba a pensar que lo que debería de hacer era simplemente romper “la onda esa” y salirme como si nada, total, problema mío no era, pero más hueva me daba la posibilidad de tener que explicarle mis actos a algún pintoresco ejemplar trajeadillo o uniformado con ínfulas de fantasiosa autoridad corporacional o institucional.
La inutilidad y desidia de los artificialmente sonrientes engafetados, que en dominguero ritmo supuestamente hacían sus tareas, acabó por sumirme en ese letargo semi-autístico que por defensa psicológica aparece en mí ante este tipo de incoherencias externas: ¿Qué culpa tengo yo de la inutilidad ajena? ¿Tendría que soportar que un grupo de empleados mal pagados, aburridos y con claros conflictos internos entre ellos lograran sacarme de quicio? ¿Pasaría esto si no viviera yo en la república bananera en la que vivo y hubiera tanto una cultura de servicio al cliente como una cultura de un cliente que sabe que paga por algo y lo exige sin chistar? ¿Veinte minutos de mi tiempo en estado autístico valen la pena? ¿Tendría que soportar al grupito que ante mí hablaba en voz alta para que escuchara yo cómo no tenía la culpa uno, sino el otro, sino el otro, sino la otra, sino “la huevona”, sino “el poli nuevo” sino…?
“No me importan sus problemas internos, tengo prisa, me arreglan esto o en 2 minutos me salgo y se hacen bolas con su pinche alarma” el diablo en la boca y en los ojos, y en los de ellos, algo helado. No pasaron 30 segundos y las cosas se habían arreglado.
Así es como se hacen las cosas en este terruñito del mundo olvidado por la coherencia, llamado Distrito Federal, o mejor, México.
Muerto de hambre acabé por sucumbir ante el Burger King de al lado, que no disfruto, pero ya era demasiado. Deliciosas fotos de brillantes, gigantes y jugosas variedades. Pedí un no-sé-qué-madres Angus something-something chiki-super-wow con mil ocho mil cosas. Más sonrisitas artificiales me entregaron el artificial paquete con artificial aroma, que nada tenía que ver con las fotos, que como imágenes de santitos, sacralizaban el interior de esa iglesia-franquicia del fast-food, nuestro pan de todos los días, gracias Tío Sam, alabada sea la comida para hormigueros mudos.
En este punto no pude evitar recordar la película de Joel Schumacher “Falling Down” con Michael Douglas, Barbara Hershey y Robert Duvall, mejor conocida por acá como “Un día de furia”, que muchas veces es leída como la historia de un “loquito” que se vuelve más “loquito” un día y se rebela contra todo y le acaba yendo re-mal. Me parece que la lectura correcta de la película es “Un hombre psicológicamente inestable pierde lo poco que le quedaba de sanidad mental un día que decide confrontarse a la falsedad e incoherencia de la sociedad moderna esquizofrenizante”, pero claro, todo queda a interpretación, no faltará el psicoanalista mamón que diga que el pedo es mío, ya ven cómo les encanta tener la razón a esos, si afirmas das la razón, si niegas, estás en negación defensiva: Águila, gano, sol, tú pierdes.


Y ahí va el pinche Hill a quejarse, el neuras, el amarguetas, dirás tú, estimado o no tan estimado lector. Y sí, bienvenidos al congal, que por algo se adjetivó como “postapocalíptico”.
La semana pasada comenté que este post sería de arte postmoderno y las cosas que en él me hacen vomitar un poquito en la boca, y se preguntarán ¿Qué carajos tiene que ver una silla, empleados regañados, hamburguesas y el arte posmo? Tiene todo que ver, tiene que ver “a nosotros”, a una sociedad en general, y en lo particular mexicana, que está achicada ante lo exterior, castrada ya de entrada, convencida de no ser lo suficiente como para exigir más, de su comida, de sus servicios, de sus instituciones, de las personas que la conforman, de sus artistas, de sus medios, de sus ideologías.
Hoy en día cualquier erizo a medio flashback de ácido escupe en la pared, le pone un marquito alrededor, invita a sus cuatitos a ver el gargajo, les cobra una lana, justifica su “obra” con algunas frases de Deleuze, Zizek, Eco o Barthes sacadas de contexto y sacadas de la manga (¿apología?) y se hace, ante la masa zombie postmoderna, “el nuevo y transgresor gran artista”. No queremos saber nada, no queremos confrontar, no queremos enterarnos, no queremos decirle nada, mejor vamos a la “expo”, nos tomamos los vinitos de cortesía, felicitamos al artista y nos vamos a la casa pensando “ah, pos es que así es el arte ahora, manto…”. Y sí, así es, pero también es, o era, lo que salía de lo normal, el talento ya sea en bruto o pasado por la academia, el maravillarse ante la genialidad, la belleza que pocas personas podían lograr, lo fantástico, lo hermoso en lo hermoso, lo hermoso en lo grotesco, lo hermoso en lo que con trabajo y cualidades únicas se lograba y se paría con dolor.
Hoy, el mundo del arte se ha convertido en una olimpiada en la que se da medallas ya no a los que llegan en último lugar pero que lograron estar ahí por méritos válidos y propios, si no a los que se quedaron detrás, a los que ni siquiera entraron a la competencia con los grandes, que embelesados y protegidos por un velo que escupe a “la academia” a los “estándares” y a las “vacas sagradas” termina únicamente en glorificación de la mediocridad y el absurdo, la moda y lo “cool”, la tendencia que Mamá Televisión y Papá Revista Cool Del Momento nos van inculcando año con año, un camaleón interno que responde al capricho externo, sin preguntar, sin chistar… sin enojarse, porque también, en este postmomundo cobardón, el que se enoja pierde: es un outcast, un anatema, inadaptado… un neuras y un amarguetas 😉
Para darle más vuelo a quien le interese, recomiendo leer y buscar información de uno de estos grandes amarguetas, el ensayista y pensador Marc Fumaroli, neuras de La Sorbona que ha dedicado buena parte de su vida a escribir acerca de las grandes falacias culturales y artísticas de nuestros tiempos y los anteriores. Un hombre que llama snob a Duchamp, sin culparlo de nada e incluso respetarlo, que se ríe del arte de Warhol y que de entrada dice “No llamemos arte al arte postmoderno” es para mí, una lectura obligada.
Y como si la comida, el arte mediocre, los utensilios de la vida cotidiana y la cultura de la no exigencia no tuvieran relación, los dejo con un video que engloba todo lo anterior: Bajo el pseudónimo “Pizza slut” (Puta de las pizzas), la “artista” Natacha Stolz, rodeada de un grupo de hipsters enloquecidos por novedad y apantalle, expone su obra “nihilista” llamada “Interior Semiotics” (Semiótica interna). Tengan ustedes paciencia y lleguen al final, que es cuando viene lo mejor, aviso que es NSFW (o sea que no lo veas enfrente de tu jefe, tu mamá o tus pequeños hipsters).
Atención al sonido del público al final “YEAH! ART!”… hay que tener tantita madre, neta.

Felices fiestas en estas épocas del cumpleaños del suit beibi brayan yisus santoscoy, y recuerden que la cosa no es comprar afecto y esas ondas, lo importante es celebrar la venida al mundo del hijo del señor barboncito volador ese que te dio libre albedrío, sólo para mandarte a que te quemes por toda la eternidad si no lo usas justo como él quiere.
Ah, Dios y los artistas postmodernos, ustedes mejor denles las gracias y no se pregunten nada, ellos trabajan de maneras misteriosas, sociopáticas, narcisistas y extremadamente imbéciles.

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