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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Un estilo de vida... y algo más
Tanto estilo de vida que va y viene haría pensar que ninguno existió, que ninguno existe.
Por Jorge Hill
11 de junio, 2016
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Vas entrando a la universidad, al igual que la mayoría de tus amigos. Unos ya entraron hace un par de semestres o entrarán en los que siguen. Es una de las peores épocas del clasemediero promedio. El H. cuerpo educativo se convierte en una marejada de ponies desbocados repitiendo a sus alumnos que lo que están estudiando es un tipo de arte, una ciencia o algo tipo ciencia. Así “Tipo ¿sás cómo?” -porque hay muchos tipos-, o sea, como más o menos, así bien quién sabe cómo. El economista marxista o los posmodernos que hoy invaden toda disciplina de humanidades dan marometas imposibles para convencer a esas deliciosas mentes frescas sobre la validez de sus rollazos, publicistas y hasta psicólogos se avientan clavados estilo La Quebrada para que no parezca broma cuando te dicen que hay algo muy parecido al arte en los procesos que siguen.

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Así sus caritas después de decirlo

Mientras, los estudiantes de artes clásicas y de ciencias duras ahí andan… pues ahí nomás, chingándole.

El horripilante tsumame que esto genera suele amainar en los primeros cuatro semestres, cuando uno se da cuenta de que nada de malo tiene ser un ideólogo o un técnico, que lo único malo es estar obsesionado con ser algo que no es y ni se quería ser. Algunos se quedan varados toda la vida en la necia y suelen ser los que toman el lugar de sus anteriores maestros para continuar con el legado de la verborrea falaz.


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Algo parecido pasa con las olas de vida saludable y de “estilos de vida” que nos golpean una tras otra desde que grandes empresarios, publicistas -esos artistas- y mercadólogos se dieran cuenta de que son un negocio billonario. Ah, nuestros Mad Men.

Casi todos recordamos a la vida light como una superada y penosa época de la humanidad, un osazo del que es preferible no hablar. La vida gluten-free pasó lo mismo hace poco, desde que medios y público en general empezaron a hacer caso a los científicos que llevaban años avisándonos que podíamos dejar de jugar a las marionetas porque el gluten sólo es dañino para la población con enfermedad celíaca, calculada entre 1% y el 5% del mundo.

“Esto no es tal cosa, es un estilo de vida”, es lo que llevamos escuchando y leyendo toda nuestra existencia si nacimos después de los 60s, aplicable desde el rock hasta el botox. Y uno se pregunta cuáles de los últimos mangazos pasarán más rápido a la lista de “Más ridículo que bailar Livin’ La Vida Loca con auténtica euforia”: Runners, neosolteros, normcores, sapiosexuales, trendhunters, influencers, ecosexuales y otros motes utilizados en perfiles de Tinder, pláticas de Starbucks o bios de Twitter para tratar de convencernos a base de puro pitch de ventas, palabrería y clicks, a nosotros mismos y a los demás, de que somos muy diferentes, muy especiales, únicos copos de nieve.

Lo raro es que todos somos muy especiales y muy diferentes, siempre lo hemos sido, es una de esas cosas fundamentales de la humanidad. No tengo idea de si eso sea bueno o malo, pero qué cosa tan perturbadora esta de que todos queramos ponernos al final de nuestras descripciones alguna tontería extra como pensada por la tía Gertru, publicista sin gran éxito y ya retirada, cuando abrió su changarro “Chacharitas… y algo más”.

No se haga, tía, eran puras pinches chácharas y ya. Y así está bien, no pasa nada.

@JorgeHill

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