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El congal postapocalíptico
Por Jorge Hill
Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, mi... Hace música, escribe y cocina de manera independiente. Nada le embona. Psicólogo de carrera, milusos en la realidad. Twitter: @JorgeHill. (Leer más)
Vacaciones digitales intermitentes
Tal vez a todos nos hacen falta unas buenas vacaciones de las redes sociales.
Por Jorge Hill
1 de abril, 2016
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Hace un mes expresaba por aquí una duda que va y viene desde esos tiempos inmemoriales de MySpace y los inicios de Facebook: ¿La gente que evita las redes sociales será más feliz o más creativa?

“Pero qué idiotez de pregunta” se podrá pensar rápidamente. Parece no estar muy lejana de las preguntas retóricas que se hacen aquellos horrendos pretenciosos acerca de las telenovelas, el fútbol, el reggaetón o cualquier manifestación cultural de apariencia autohipnótica de las grandes masas.

Como el diablo está en los detalles y encuentro tanta identificación -o tan poca, da igual- con con mis congéneres telenoveleros como con los “horrendos pretenciosos”, no hay manera de evitar la irritación que trae la pregunta cuando se aparece, esa comezón que no se va por más que te rasques y no desaparece con la evasión.

Tuve el privilegio de contar con internet desde que fue disponible en este gran rancho sin ley, plagado de desigualdad, en el que me tocó ser parte de esa clase media casi extinta hoy en día. Soy de esos perritos pavlovianos nerdos que aún salivan cuando llegan a escuchar el olvidado sonido de un modem conectándose a la línea telefónica, de esos que intercambiaron documentos en diversos BBS y esperaron un par de horas para bajar unas fotos pixeladas donde se podría distinguir una cara famosa en revistas y un par de pezones. De esos que fueron tan activos en diversos foros y comunidades que terminaron siendo moderadores, esas figuras que al mismo tiempo eran amadas, respetadas, odiadas y temidas. Una cosa rarísima, pues.

Será pertinente, entonces, confesar que no encuentro amor más auténtico, profundo y arraigado que el que se le puede tener a la comida y a internet.

Habremos estado por mediados de los 90 y la creciente complejidad en la programación de páginas había abierto la posibilidad de pasar desde una estática exposición de información hacia un dinámico intercambio de opiniones. Desde entonces se podían vislumbrar los problemas por venir. Los trolls gozaban de completa libertad y anonimato, el choque de tantas y tan diversas culturas y opiniones era devastador para muchos, las pocas y ambiguas reglas se podían torcer mucho más fácilmente. Ese encantador viejo oeste que sigue siendo internet es un paraíso de civilización y ley comparado con el de aquellos días.

Entonces llegaron las redes sociales.

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Qué padre, qué chido, qué bonito parecía todo al principio. Podíamos encontrar a esos amigos a los que les perdimos la pista, a esos familiares con los que no teníamos contacto antes. Podíamos “conocer” gente nueva aunque la mayoría estaba aterrada de conocerse en persona, muchos aún lo están. Podíamos exponer nuestras bandas, cortometrajes o cuentos a gente que no los hubiera conocido de otra manera. Podíamos organizarnos en pequeños grupos o en grandes masas para lograr cosas que de manera individual no podríamos lograr. Podíamos organizarnos en pequeños grupos o en grandes masas para no lograr nada pero crearnos la fantasía de estar haciéndolo por picar un par de botones. Podíamos sentir pena ajena y terrible cringe por las opiniones que no sabías que tenían esas personas que dejaste de ver, o que siendo más cercanas, habían agarrado confianza en esa falsa sensación de privacidad y solipsismo que las redes traían y siguen trayendo a muchos.

Hace unos meses un amigo cerró su cuenta de Facebook, después me comentó “Facebook saca lo peor de mí”. Sólo pude pensar “Todas las redes sociales sacan lo peor de todos en algún momento” y “¿Sí será ‘lo peor de nosotros’ o sólo será que así somos, ‘peorcitos’, a ratos, seguido o casi siempre, todos?”

Durante todo el año pasado me fui alejando poco a poco de las redes sociales, no por compromiso, sacrificio o una idea clara, simplemente seguía mis instintos. El asunto culminó en un marzo 2016 en el que prácticamente no me asomé a redes sociales más que para darle publicidad a una canción que publiqué, a mi changarro de comida y responder a algunos replies, preguntas o comentarios.

El congalero asiduo sabrá de esa cosa que mancha todo este lugar digital y a la que prefiero no dar nombre o especificaciones, pero que otros llamarían “misantropía” o “ser antisocial”. Raro cuando uno ama y admira a tanta gente. Pero ahí está el meollo de todo este grotesco masacote: parece ser que hoy en día y gracias a la ilusión de “contacto” que traen las redes sociales, completos desconocidos creen saber cómo vives, qué haces, cómo piensas, cómo responderías a cierta situación, quién eres, qué eres, tus éxitos, tus fracasos, tus relaciones y los estados de las mismas, tu ideología, tus hábitos, cómo te rascas los huevos o las tetas bajo la varilla del bra.

Es la arrogancia que siempre ha existido, pero podríamos tipificarla con un nuevo cuerpo o encarnación, una arrogancia virtual inmamable que no habría existido antes.

“Algo te habrá pasado, algo habrás hecho, para que escribas esto.” Es lo que esa misma arrogancia o “anticipación” virtual le haría pensar a muchos. Para fortuna de alguien que no tiene gran interés en la fama o en los dineros ganados con escándalos o quimeras autoinventadas, nunca he tenido grandes escándalos o controversias por las pocas cosas que saco de la atesorada privacidad para mostrar públicamente, este congal siendo un ejemplo. Tampoco es que tenga centenas o decenas de miles de seguidores en Twitter, “amigos” de Facebook o lectores de este congal. Y así está bien, niches over bitches…. o algo.

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…ok, no.

Así llegaron de manera bastante natural mis vacaciones digitales, que no me han cambiado la vida, pero sería una mentira escribir que no han cambiado algo. Mis procesos creativos en la música y escritura son más rápidos, claros y productivos, mi visión acerca de mi actual changarro de cocina oriental a domicilio y la futura permanencia que anhelo en un lugar y cultura completamente diferente como la de Corea del sur o Japón se ha hecho un poco más clara y menos distante. He retomado lecturas incompletas o pendientes junto al proceso autodidacta que tanto amo y que depende casi enteramente de internet. El temor a la crítica negativa, que hasta el más valemadrista tiene, se ha disipado aún más (“¿A quién le importa? opiniones son opiniones.”); la necedad de contestar a necedades se aparece como algo aún más patético y ocioso que antes, los huecos que quedan después de retirar horas de pasividad abstraído en lo ajeno se llenan con lo activo y propio.

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ok, tampoco.

Verá usted, entonces, que da igual cómo le llame o a través de qué aplique la autohipnósis: fútbol, telenovelas, ebriedad, intoxicación, redes sociales o masturbación compulsiva. Nombres y encarnaciones diferentes que dan igual por sí mismas, sólo toman significado dependiendo de cómo y para qué se usen en torno y función de uno mismo.

Y mientras, en eso que ahora pareciera otro “allá afuera” más, trolls ríen y se congratulan de haber posicionado algún trending topic clasista, racista o misógino sabiendo que la gente caerá en la trampa y en la escandalización, caballeros y doncellas de la justicia social y la corrección política nos quieren seguir educando virtualmente acerca de todo lo que les molesta que exista, juniors exponen videos y opiniones sobre sus crímenes o abusos, funcionarios con tendencias autoritarias y empoderados por las masas hartas deciden que la exhibición y humillación en redes sociales desde las figuras de autoridad es una gran idea que nunca se le había ocurrido a algún estado que quisiera marcar públicamente a sus ciudadanos. El mansplaining se empieza a quedar corto ante el condescendiente y predador femsplaining de algunos muy “vocales” feminismos pop actuales capaces de interpretar misoginia en lugares donde un católico no encontraría ni a la virgencita(plis) o un conspiranóico a la mano del gobierno iluminati del Nuevo Orden Mundial. La nata puerca de políticos y empresarios corruptos tuitea con cínico humor porque todo lo anterior y lo que sigue les importa tres kilos de reata aplanada. La ilusión de que el contenido que lees es “controlable” por que has decidido a quién sigues y quién es tu “amigo” en lugares virtuales completamente públicos sigue en pie de manera inexplicable, el tren del mame y el hype por la siguiente gran producción Hollywoodera, serie o producto crece para después explotar en violento berrinche porque no fue lo que se esperaba, el fanboy al que todo le embona mienta madres porque no le embonó a todos los demás a quienes no les embonó, porque seguro nada les embona. El artista posmo glorificado por becas y foros que han perdido todo respeto ante la abrumadora caída de estándares, junto al hiphopero casual y el DJ de festival, siguen empeñados en tratar de convencerte de que sus artes tienen tanto valor y profundidad (“o hasta más”) que todas esas viejas y aburridas artes donde se tenía que leer, saber cosas y ¡hasta echarle ganas! El percibido derechairo sigue en guerra con el percibido chairo, el televiso contra el aristego, el Apple contra el PC, la PC Master Race contra los campesinos consoleros, el Social Justice Warrior blanco del primer mundo o de país en vías de desarrollo nos llama a checar nuestros estúpidos privilegios y a sentirnos como escoria por tenerlos, gente quiere seguir anhelando los cuerpos y estilos de vida perfectos gracias a Instagram o unos videos de YouTube, gente quiere seguir creyendo que esos cuerpos y vida perfectos en realidad existen y no son una cuidadosa curación de ángulos y momentos puestos en vitrina para ser anhelados. Los neopuritanos disfrazados de “progresistas” quieren deshacerse, en un gran despliegue de lo que llaman “izquierda” (?!), de digitales e ilustradas tetas, culos, pitos, tentáculos palpitantes en japonesas vaginas de “apariencia demasiado joven”, de bondage, sadomasoquismo y de palabras como las anteriores. Están muy interesados en llamar “pervertido”, “inmaduro” o “infantil” a todo aquel que guste de esas fantasías y que a diferencia de ellos, sepa la diferencia entre fantasía y realidad ¿Qué los aleja de aquel puritanismo victoriano autoritario, frígido y controlador que vio nacer a la pseudociencia del psicoanálisis nombrando desde la autoridad médica “perverso” e “infantil” a todo aquello que no fuera la realización tangible de una relación sexual pene-vagina?… nada ¡absolutamente nada!. Algunos de sus cercanos nos llaman a la globalización y a la igualdad, lo cual a casi todos nos parece maravilloso, pero al mismo tiempo llaman a no cometer el error de la “apropiación cultural” en una realidad donde la cultura de todo lugar en toda la historia humana ha sido una “apropiación” y absorción de las culturas anteriores y las cercanas. Se nos llama a brillantes ideales de ética superior o a la estigmatización a través de la alimentación o los hábitos del cuerpo, en un mundo donde la gran mayoría come lo que puede, cuando puede, si puede. Sobre todo se nos llama, tácita pero muy claramente, a no hablar de maneras negativas acerca de lo anterior o todo lo relacionado a ello, a no tener dudas de este reciente establishment en la cultura masiva, de lo contrario se corre el riesgo de ser linchado públicamente como algún tipo de “anciano”, “prejuicioso” o “reaccionario”… si bien te va.

“1984”, siempre creí que ibas a venir desde la derecha ultraconservadora… quién lo iba a pensar.

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La horrenda paradoja: pocas cosas representan la pérdida de tiempo y son tan peligrosas como el contacto excesivo con la cultura de masas. Pero al mismo tiempo, pocas cosas nos alejan más de la realidad como intentar evitarla del todo (cosa imposible, claro).

Primero, hagamos esa separación que a tanta gente le cuesta tanto trabajo: Internet no es “las redes sociales”. A internet se le puede seguir amando sin control y utilizando sin tener que tocar una sola red social si así se desea. Y segundo, la fea, habrá que asumir la fallida inocencia en ese tiempo ya olvidado de pensar a las redes sociales como aquello que destruiría a grupos de poder, élites y sectas, en vez de radicalizarlas, y nos uniría en un pacífico y civilizado intercambio cultural globalizador.

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Mi solución: Un permanente tratamiento de dosis muy pequeñas, intermitentes, sin grandes inversiones de tiempo, atención o afecto negativo hacia lo lejano o los lejanos.

La vida sigue, pues, y habrá que hacer de ella lo más parecido a una vacación de todo lo que se va yendo al carajo, hasta que se acaba eso, o la vida.

@JorgeHill

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